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POLÉMICA Silencio forzado en la catedral

El rezo del Santo Rosario

Los fieles que rezaban el Rosario en Valence fueron increpados y expulsados, desatando un debate sobre la libertad de culto

En la catedral de Valence, sureste de Francia, se ha desatado una fuerte controversia tras la prohibición de rezar el Rosario en la capilla del Santísimo Sacramento y la posterior expulsión de algunos fieles. En tres jornadas consecutivas, del 22 al 28 de agosto, un grupo de laicos que buscaba reunirse para rezar enfrentó la oposición del guardián del templo y luego del propio párroco, que puso un cartel prohibitivo. Se generaron tensiones verbales, acusaciones de abuso de autoridad y denuncias de discriminación en un espacio consagrado para la oración, justamente.
El primer episodio fue el 22 de agosto. A media tarde, varios fieles comenzaron a rezar el Rosario en la capilla del Santísimo. Según testigos, el guardián laico de la catedral interrumpió de forma brusca el momento de oración y exigió silencio inmediato. Cuando uno de los presentes le pidió calma, la discusión se tensó y el guardián llegó a invitar a los fieles a “pelear en la plaza”, antes de retirarse visiblemente enojado. Pese al altercado, la oración se completó, aunque en un clima enrarecido.
El 27 de agosto se repitió la escena. El mismo grupo llegó a las 2 y media de la tarde para rezar nuevamente el Rosario. El guardián irrumpió con mayor vehemencia, aseguró que estaba “prohibido rezar sin autorización expresa del sacerdote” e interrumpió el rezo mientras filmaba a los participantes con su teléfono. En medio de los reclamos, los fieles concluyeron la oración, aunque con la sensación de haber sido vigilados y hostigados en un templo que consideran su casa espiritual.
Al día siguiente, el 28 de agosto, la situación alcanzó su punto más crítico. Poco antes de las dos de la tarde, el guardián cerró el acceso a la catedral a quienes habían participado de los rezos previos. Alegó que actuaba por orden del padre Jean-Marie Teyssier, párroco del lugar. Un cartel colocado en la entrada confirmaba la medida: se leía “Prohibido el acceso a los fieles de Notre Dame”, una indicación que muchos interpretaron como una segregación explícita contra un grupo específico de católicos.
El aviso justificaba el cierre por “varios altercados” registrados en los días anteriores. Sin embargo, los testigos señalan que esos altercados no provinieron de los fieles sino del propio guardián, que intentó reiteradamente impedir la oración. Esta contradicción alimentó críticas hacia la administración de la catedral y generó indignación en ambientes católicos.
La controversia no se quedó en el ámbito parroquial. Plataformas católicas como Riposte-Catholique difundieron el conflicto y recordaron que, según la ley francesa de 1905 sobre la separación de Iglesia y Estado, los actos de culto no requieren autorización especial cuando son parte de la práctica religiosa ordinaria. Asimismo, recordaron que una catedral, en cuanto lugar de culto abierto, debe garantizar la posibilidad de oración sin discriminación.
Las críticas apuntaron también al padre Teyssier por avalar la actuación del guardián. En distintos comentarios se mencionó que el clero debería proteger la libertad de oración de los fieles en lugar de condicionar su práctica a permisos burocráticos. La tensión expuso un debate más amplio sobre clericalismo, derecho al culto y el papel de los laicos en la vida cotidiana de la Iglesia.
En días posteriores, el episodio siguió generando eco en redes sociales y en comunidades católicas que vieron en lo ocurrido un precedente preocupante. Que fieles sean expulsados de una catedral por rezar el Rosario encendió una polémica que, lejos de cerrarse, abrió interrogantes sobre la libertad de culto en Francia y la relación entre laicos y autoridades eclesiales.

Cuestión personal
Impedir a los fieles rezar el Rosario en una catedral, refugio de oración, es una contradicción que hiere el alma, la esencia de la cristiandad. Acallar la devoción popular genera división y escándalo. La decisión de cerrar las puertas y colgar carteles prohibiendo el ingreso no protege el culto, lo degrada. Un sacerdote no debería reprimir la oración, sino custodiarla con respeto y apertura. Pero, ya se sabe, el modernismo tiene acendradas fobias.
Ramírez de Velasco®

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