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TIEMPO La hora de los ferrocarrileros

Reflejo del reloj del Fórum

Por qué algunos creen que el día se nombra con 24 horas, cuando se sabe que son dos mitades de doce, que parece igual, pero no es lo mismo


“El tiempo solo es tardanza de lo que está por venir”, le dice Martín Fierro al Moreno, en la famosa payada escrita por José Hernández. Eso es la hora, lo que falta, lo que se viene. Los relojes son la verdadera arma cargada de futuro, porque van indicando lo que falta, lo que está por venir.
Fijesé, una simple manera de sumar de los sumerios o quizás los babilonios que, con un puño abierto y un puño cerrado indicaban seis, dio lugar a la docena y es por ellos que hoy se cuentan las horas de doce en doce y no por decenas. El mundo va todos los días desde la medianoche hasta el mediodía y vuelve a rolar hasta las doce de la noche.
La llegada del ferrocarril y los complicados cálculos que se deben hacer para saber horas de partida y llegada, hicieron necesario, a partir del mediodía, seguir contando hasta 24. Pero para la gente común, usted, su vecino, el almacenero, sigue siendo más cómodo hablar de las tres de la tarde y no de las quince. Si alguien se presenta en plena siesta, don, y usted quiere enfatizar la hora, dirá: “Eran las tres de la tarde, ¡las tres de la tarde!, y ese maula se prendió al timbre de casa”. Reemplace las tres de la tarde por “las quince” y la oración pierde en fuerza expresiva, parece la declaración de un expediente de comisaría.
Es curioso porque, como en muchas cosas de la vida, miramos una cosa y decimos otra, como cuando se dice a los hijos, “tirá la cadena”, sabiendo que en el baño no hay cadena. Así, un marido leyendo un anuncio en el diario podría decirle a la mujer: “Para ir al cine te vas a tener que preparar con tiempo, la función empieza a las 9 de la noche”. Pero el aviso dice que será a las 21.
Ahí tiene e reloj que antaño se llevaba en la muñeca, con agujas, y a cuerda a pesar de su aparente imprecisión, era mucho más exacto que los que tienen numeritos y no se atrasan ni adelantan medio segundo por día. Si alguien pregunta la hora, con los viejos relojes con agujas, uno informaba “las siete de la tarde”, en cambio ahora dirá “las diecinueve y dos”. Pero, ¿sabe qué?, el otro no quiere una exactitud que lo deja a medio camino entre pensar si en ese instante sabe la hora o usted es un estúpido sino, más o menos, darse cuenta de cuándo debe llamar a su señora.
Además, uno no pretende saber la hora, sino cuánto falta. Si le dicen las 8 menos cuarto, sabrá que le falta un rato para marcar la tarjeta de salida, pero si le anuncian las diecinueve cuarenta y seis, medio que se marea. Hablando de todo un poco, el consenso general sostiene que un rato son quince minutos, un ratito son entre cinco y diez, un buen rato es media hora, un rato largo son cuarenta y cinco minutos y después viene una hora, que es una hora.
Todo más o menos, porque en la vida no se anda con los milisegundos contados exactamente, cual reloj atómico.
El colectivo suele llegar a la parada, después de las seis y media de la mañana, lo que no quiere decir que a las seis y treinta y uno, ya esté llegando, porque a veces demora más, a veces menos. La vida no es la exactitud de una medida de tiempo, sino que empezó siendo medida por los sumerios, los babilonios, con cuentas, como se dijo, con los dedos abiertos de una mano y el puño de la otra.
Vaya este escrito para todos aquellos que se empeñan en sostener que salieron de su casa a las catorce, cero, uno, creyendo que son exactos y solamente hacen el ridículo, al tirarse de puntualmente exactos. Porque las 10 y cinco es la hora que en las manecillas del reloj iban desde el palito grande en el uno hasta que llegaba al dos como enseñaban antes las maestras en segundo grado.
De última, para qué quiere saber qué hora es religiosamente, con minutos y segundos, ¿tan exacta es su vida?, ¿en serio que anda todo el día contando los segundos? Aunque sea por una cuestión de lenguaje, debería dejarse de embromar con eso de “las veinte y veinte”, para no parecerse a los presentadores de la televisión, tan fieritos que te lo hablan. Además, todos se hacen los porteños, pero sería asunto para otro escrito.
©Juan Manuel Aragón
A 1 de marzo del 2024, en Loreto. Esperando La Unión

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