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FÁBULA Don León y el señor Corzuela (con vídeo de Jorge Llugdar)

Corzuela (captura de vídeo)

Pasaron de ser íntimos amigos a enemigos, sólo porque el más poderoso se enojó en una fiesta: desde entonces uno es almuerzo del otro

Aunque usté no crea, amigo, hubo un tiempo en que el león y la corzuela eran amigos. Se visitaban, mandaban a los hijos al mismo colegio, iban al mismo club, las mujeres salían de compras juntas e iban al mismo peluquero. Y sí, era raro, ¿no?, porque ya en ese tiempo se sabía que no había mejor almuerzo para un león que una buena corzuela. Pero, mire lo que son las cosas, en esa época era como que él no se daba cuenta de que ella podía ser comida para él y sus hijos. La corzuela entonces no era un animalito delicado como ahora, no andaba de salto en salto ni era movediza y rápida. Nada que ver: era un animal confianzudo, amistoso, sociable. Se daba con todos, conversaba con los demás padres en las reuniones de la escuela, iba a misa y se sentaba adelante, muy compuesta, con sus hijos y con el señor corzuela. Y nunca se aprovechó de su amistad con don León para sacar beneficio de nada: podría haberle pedido que le diera un puesto en la administración pública o de ordenanza en una escuela, pero no. Él era empleado de una verdulería y frutería, y su señora era ama de casa. Don León laburaba en el gobierno, tenía un cargo altísimo y le gustaba codearse con toda clase de gente. Por eso era amigo no solamente de la corzuela, sino también del hualu, del uturunco, de la charata y hasta de la señora acatancka.
El esposo de doña Corzuela era pobre, pero con libros. Un buen día se le dio por comprar, en una mesa de saldos, uno de Herberto Spencer que hablaba de algo nuevo para él: la teoría de la supervivencia del más apto. ¿Qué dice esa idea? En la lucha por la existencia, los que poseen rasgos más favorables para su ambiente tienen más probabilidades de sobrevivir y reproducirse, transmitiendo esas características a sus descendientes. Se quedó pensando un largo tiempo en esa hipótesis. Y un buen día, cuando estaban acostados, le dijo a doña Corzuela que al día siguiente tenían que salir a correr con los hijos, todos los días. “¿Por qué los quieres obligar también a ellos, pobrecitos?”, le preguntó ella. Él le respondió con sinceridad: “No sé muy bien, pero por las dudas, haceme caso”, pero sí sabía, mejor dicho, sospechaba algo, lo intuía.
Todas las mañanas, antes del amanecer, salían todos a correr por el bosque santiagueño, esquivando ramas, saltando por encima de troncos, haciendo gambetas en los caminos, viera de lindo. Adelgazaron, se pusieron en forma y el resto de los animales los admiraba. En lo demás, todo seguía igual: el león cazaba por otro lado, la acatancka empujaba bolitas de eso, doña charata despertaba a los dormilones por las mañanas. Hasta que un buen día don León vino con que iban a cobrar un nuevo impuesto a todas las aves del bosque. Ni el suri, ni la perdiz, ni la bumbuna protestaron. Pero don Corzuela sí, quizás porque los libros lo hacían pensar un poco más que a los otros animales del monte.
En un baile que hubo para festejar el cumpleaños de una catita, se le plantó. Le dijo que era injusto lo que iba a hacer, que no podía ser tan arbitrario. El león se enojó muchísimo. “Sos un desagradecido —le dijo— te olvidas de las veces que hemos salido a cenar y yo pagaba la cuenta, y que tu señora, esa fiera, se pavoneaba diciendo que era amiga de mi mujer, además, qué te calienta a vos, si el impuesto no te llega”. El otro le respondió que, aunque no le tocara pagarlo, iba a hablar por los demás, porque le tenían miedo. Se han dicho de todo, viera. Entonces el león recordó que era el capo de todos los animales y le prometió al otro que, en cuanto salieran de la joda, lo iba a comer con dos pancitos. Don Corzuela se fue antes y, esa misma tarde, agarró a la señora y a los hijos, se mandó a mudar a lo más profundo del bosque.
El vídeo de una corzuela, captado por Jorge Llugdar

Cuando los niños le preguntaron si don León los iba a comer, les respondió que no. Entonces les contó lo del libro de Herberto Spencer: “Por eso los hacía correr todos los días, para que se escapen del león, del cazador, de sus perros y de sus escopetas”.
Y así la corzuela se convirtió en el bicho hermoso y feliz que es ahora. Más que tímida, es desconfiada; más que veloz, es audaz en sus saltos y esquives. Come poquito, sólo toma agua del rocío de las plantitas y por eso su carne es sabrosa, pero seca. Y, lejos del poderoso león, a su manera, es feliz.
El que quiera entender, ya sabe: que entienda. El que no, hágase el gil y quédese con la fábula nomás.
Juan Manuel Aragón
A 27 de noviembre del 2025, en Bajo Hondo. Aplaudiendo mosquitos.
Ramírez de Velasco®

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