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SAMARCANDA La joya del Asia

Samarcanda

Es más hermosa de lo que se cuenta, la ciudad con un nombre ligado a la leyenda de los genios invisbles

En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso, escribo estas líneas para dejar memoria de la ciudad que brilla como un jardín en medio del desierto. Samarcanda, la noble, la espléndida, la joya del Asia, en el corazón de Transoxiana: ahí se cruzan las rutas de seda y caravanas. Cada piedra sobre piedra, si es queda alguna, guarda la huella de imperios y profetas. Así lo oí de labios de los viejos, y lo dejo escrito para quien venga después de mí.
Dicen los ancianos que Alejandro, llamado Iskandar por nosotros, pasó por aquí después de vencer a Darío, y que al contemplar la ciudad exclamó: “Todo lo que he oído sobre Samarcanda es verdad, salvo que es aún más hermosa de lo que se cuenta”. Y así quedó su nombre ligado a la leyenda de sus murallas, que parecían hechas para resistir no a hombres, sino a genios invisibles. Se dice que aún de noche se escuchan sus pasos, como si siguiera velando las puertas eternas.
Los sabios narran otra historia: cuando Tamerlán, el conquistador de cien pueblos, eligió Samarcanda como su capital, mandó traer arquitectos de Persia, India y Anatolia. Les ordenó levantar mezquitas y madrazas que compitieran con el cielo. En el centro de la ciudad está la mezquita de Bibi Khanum, llamada así por su esposa favorita. Cuentan que, deseosa de honrar a su señor mientras él guerreaba en China, quiso edificar el templo más grande del mundo. Pero el arquitecto encargado, embriagado por su belleza, se enamoró de ella. Antes de poner la última piedra, pidió un beso como recompensa. La reina cedió, y el beso ardió en su mejilla como fuego. Los vecinos cuando llegan a esta parte siempre sonríen, se miran y bajan la vista, sabido es que el Corán no permite nombrar lo evidente.
Cuando Tamerlán regresó y vio la marca en su esposa, ordenó la muerte del arquitecto, y juró que ningún edificio de Samarcanda volviera a ser tan alto, para que no desafiara a los cielos ni el honor de su casa. “Así perece quien olvida que el corazón de la reina es un espejo de Dios”, suelen sentenciar los viejos, y la sonrisa les vuelve a germinar.
También se cuenta que bajo la gran cúpula de Gur-e-Amir, el mausoleo en que reposa Tamerlán, duerme una maldición. En su tumba está escrita la advertencia: “Quien abra este sepulcro desatará un invasor más terrible que yo”. Los hombres de ciencia soviéticos la ignoraron y abrieron la tumba en 1941. Ese mismo día, dicen, comenzó la invasión de Hitler contra Rusia. Los sabios de la ciudad afirmaron que era el espíritu de Tamerlán, que había despertado para extender otra vez la guerra sobre el mundo. Los testigos de aquel tiempo juraron que el polvo se agitó como si respirara, y que una sombra salió del sepulcro en dirección al norte.
En Samarcanda, apostada y haciendo guardia todavía en las montañas del Zarafshan, el tiempo no es recto, sino un círculo repetido. Alejandro, Tamerlán y los santos musulmanes conviven en los relatos, y cada cúpula azul refleja la eternidad. Quien la visita siente que no pisa la tierra, sino un libro abierto. Se mezclan las letras de los sabios y los susurros de los comerciantes, los soldados y los poetas. La seda se desliza entre los dedos y de la misma manera, el tiempo se escapa en esta ciudad sagrada.
Dicen que dicen los que saben, pero Alá es más grande, que quien pisa las ruinas de la antigua Samarcanda está destinado a vivir tres eternidades seguidas, aunque exista en un solo tiempo. Muchos misterios hay guardados en esta ciudad que te podría relatar, amigo; no quiero tu agradecimiento como paga, me conformo con tres camellos, una majada de ovejas o dos de tus hijas. Te doy la elegida.
Juan Manuel Aragón
A 29 de agosto del 2025, en Sol de Mayo, territorio sagrado. Ensillando el Tortugón.
Ramírez de Velasco®

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