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PALABRAS Albergue de la noche

Ilustración de Eleodoro Marenco

Hallan refugio bajo el canto de los grillos y las palabras antiguas parecen susurrar secretos entre jerguillas y sueños

Esa tarde, taloneando los caballos, estábamos llegando a unas casas cuando se le ocurrió preguntarme si hallaríamos quien nos diera albergue, pues tenía hambre. Como para cambiar de conversación, le pregunté si sabía qué quería decir la palabra "albergue".
—Me imagino que sí —respondió—, es cualquier edificio o lugar en que alguna persona halla hospedaje o resguardo.
—¿Y qué más? —pregunté.
—No sé.
No es que me supiera de memoria todo el diccionario; eso es imposible. Algunos creen que es una lectura aburrida, casi como la de las antiguas guías de teléfono. Pero vagar por las letras del mataburros es una de las actividades que más mueven el espíritu, sobresaltando el alma a cada paso, con sus certeras definiciones, las vueltas de la lengua, los vericuetos, en fin, de un idioma que viene rodando, puliéndose y afinando antiguos vocablos desde hace tantos siglos, ¿no?
Aproveché para contarle:
—En Malta, entre los caballeros de la orden de San Juan, es el alojamiento o cuartel donde los de cada lengua o nación viven separadamente.
—Ah.
Llegamos a lo de un viejo que había sido conocido de mi padre, quien nos recibió con la hospitalidad de los campesinos. Comimos un asado de cabrilla que nos convidó y nos ofreció dormir en un galpón, disculpándose pues no tenía lugar en la casa. Agradecimos no tener que pasar otra noche al rocío y transformamos el apero en almohada. La noche estaba fresca, pero no tanto.
Antes de que empezara a sonar el coro de los grillos, le expliqué que la palabra viene del antiguo alto alemán heriberga, de heri (ejército) y berje (alojamiento), con lo que significaba alojamiento de gentes de guerra. Le conté también que en italiano es albergo, en el francés del siglo XI herberge, en el del siglo XV ya era hebarge y en el moderno auberge, en provenzal alberc, en catalán alberga o alberch, cuya última forma es la corriente.
Pero, ni bien había terminado la explicación, sentí que respiraba acompasadamente, señal de que se había dormido. Hacía muchos días que veníamos viajando de a caballo.
No había más que hacer: me acomodé sobre el cuero, apagué la última inquietud del día y dejé que la oscuridad nos cubriera a los dos.
¿Qué sabrá ser, ¿no?
Juan Manuel Aragón
A 5 de septiembre del 2025, en Rincón del Algarrobo. Buscando chamiza.
Ramírez de Velasco®

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