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JUAN El Verbo era Dios

Entre la Luz, la Palabra y la Verdad

Justo un día después de la Pascua, una nota que podría enmarcarse en lo que en otro tiempo se llamaban reflexiones sueltas

Lo primero que se opone a la luz, como una noche que los hombres recuerdan para evitar la ceguera, es la palabra. Después de la primordial palabra, se forma el resto del mundo, con el barro del trabajo y con silencios, que son los espacios entre palabra y palabra. Lo que la Biblia dice es que antes de que se hiciera la luz, el primer día, la palabra ya existía como una extensión de Dios, estaba creada. Fue lo que permitió que aquel relato se hiciera papel y habitara entre los hombres. De otra forma, bellamente, lo dice San Juan: “En el principio era el Verbo y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios”.
Por eso quienes sostienen que la palabra puede llegar a ser la contracara de la verdad en la luz que todo lo hace visible, de alguna manera están siendo blasfemos. La Palabra que estaba con Dios y que era Dios y que venía dada desde antes de él, nos fue traspasada en un acto de caridad, para mostrarnos la luz, quizás con más brillantez. Si Dios quería, ese insecto llamado hombre podría haber sobrevivido sin el esencial aire, sin la luna o las estrellas, sin los números, sin los animales, sin el frío o el calor. Lo único esencial en cada hora del día, es la palabra, la que suelta al aire y la que anida en su pensamiento. La palabra es protección contra una sombra de luz que finalmente lo llevará a la tumba.
En la inmensidad de su ser, luego de pensar en hombre y hembra a su imagen y semejanza, Dios creó la palabra y enarbolándola delante de la nada lanzó el “Fiat lux” que resuena desde siempre en el corazón de los creyentes. Y que convencerá a los incrédulos, si no en esta vida, en la del más allá, cuando la luz los vuelva ciegos, sordos y mudos.
Tarde comprenderán.
Por eso quienes creen estar en el secreto intrínseco de las cosas, los que suponen haber llegado hasta la intención de Dios el día anterior a la Creación, se aferran a la palabra, aunque sea esta, por la que pasas tus ojos para descifrar la idea.
Vayan estas líneas —falsamente filosóficas, pero de esto se daría cuenta un niño de tercer grado —como justificación de la tardía lectura del viejo Diccionario General Etimológico, de Roque Barcia, que mi padre dejó olvidado en su biblioteca y que el otro día recuperé. Voy por la “y griega”, espero terminarlo una de estas noches del radiante otoño que pasa por Santiago.
Si me apuro.
Juan Manuel Aragón
A 21 de abril del 2025, en Tipiro. Abriendo una birra.
Ramírez de Velasco®

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