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VIRGINIA En recuerdo de Arturo García, el gringo más criollo que hubo

Gauchito Gil en medio del campo

Se llamaba Arturo García y era un gringo del Portón de Virginia. Le fueron saliendo trabajos de este lado de la raya, en El Arenal, El Fisco, La Mesada, La Isla, Sol de Mayo y todos esos lugares que nombra Churchi en la radio cuando dice: “¡Qué lindo!, ¿no?”.
En ese tiempo los paisanos se dieron cuenta de que, con el maíz, el anco y la majadita de cabras ya no subsistían. Nuevos vientos habían comenzado a soplar. Fue el primero que llegó con sus máquinas a sembrar para los pobres ese nuevo invento, la soja, una sensación mundial. Desé una idea, hablo de mediados de la década del 70, cincuenta años atrás.
Aquí se hizo un santiagueño más y con sus tractores y máquinas comenzó a recorrer los caminos de este rincón del departamento Jiménez, en el que no había electricidad y el pavimento de la ruta 34 era un sueño que todos los años se volvía a postergar por falta de presupuesto nacional, decían. Además hacía pequeñas obras civiles, cavaba represas, ampliaba zanjas para llevar agua y le pagaban como podían,  a veces con  plata, otras con un chancho, una gallina.
Pero, vivimos en la Argentina, y un hombre en esta generosa nación no depende de su trabajo para vivir, sino que debe fijarse también en el precio del dólar, la indexación, la convertibilidad, la tablita de Martínez de Hoz, las retenciones, el impuesto al valor agregado, los corralitos que cada diez años despojan a los que ahorran, no solamente de su dinero, sino también de sus esperanzas en un futuro mejor. Entre otros males, por supuesto, que vienen de arriba. Sume que hay años secos o que llueve a destiempo o graniza o no venden la semilla o ha subido mucho el gasoil o no se consigue una gota de combustible ni siquiera para el mechero.
Varios de estos vientos lo agarraron mal parado. Era un hombre de trabajo y no iba a andar fijándose en las especulaciones de los bancos, las financieras, los redescuentos, los cheques voladores o los pagarés en bicicleta, las tasas fijas y millones de variables de la especulación de la gente que le maquillan desde la cara hasta las manos, pasando por el upiti.
Y un buen día se dio con que no tenía nada. De dos o tres tractores al final no conservaba ni un rulemán. Ya no fue al campo en la camionetita destartalada que tenía, porque no le anduvo más y la máquina cosechadora que, con tanto sacrificio había adquirido, la entregó a un pariente a quien le había pedido prestada la plata para comprarla.
Toda la vida me voy a acordar de una vez que fuimos en su vieja camioneta al Veinte, pueblo que también le dicen Pozo Betbeder, a buscar no sé qué para una de sus máquinas. Yo alboreaba los 18 años, él era un hombre hecho, de unos 30 y pico o 40 y en ese viaje, en medio de unos bobadales atroces, me entregó los mejores consejos de vida que jamás nadie me había regalado.
Después de un puñado de inviernos, pobre, olvidado, con la tristeza mordiéndole los talones, se murió en Tucumán, una ciudad desalmada y gris que, para peor, no era la suya, bajo el cielo plomizo que suelen sufrir, año redondo, los ñañitas. Muchos que le debían favores más grandes que una casa, no tardaron en olvidarlo.
Me he resignado a que me lea solamente un puñado de amigos contados con los dedos de una mano, antes me importaba, ya no. Sé que mis escasos lectores se deben más a mi mediocridad que a la falta de interés de quienes viven del otro lado de la pantalla de mi ordenador. Me da lo mismo, pero si por una casualidad, esta nota navegara por los mares de internet, me gustaría que llegue a los ojos de sus parientes, sus conocidos, los amores de su vida. Sepan que fuera de ellos alguien más lo recuerda con cariño.
Quienes lo hemos conocido, lo extrañamos.
©Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. El búlgaro le decían.

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  2. Muy bueno tu recuerdo, Juan Manuel. Y por tus testimonios, muy justo también. Es de buena persona homenajear y resaltar actitudes nobles. Saludo afectuoso, Juan Manuel.

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