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RASGOS Cuando descubrí la tilinguería de los argentinos

La Casa Rosada, sede del poder

Un viaje a Buenos Aires me hizo ver una característica común a todos, en este país

La primera vez que oí la palabra fue en Buenos Aires, en la década del 90, pero quizás fuera más vieja y no le había prestado atención. Estaba haciendo antesala, un viernes a la tarde, en la Casa Rosada, para verlo a Félix Juan Borgonovo, funcionario de Carlos Menem, por encargo de Torito Barrionuevo y los empleados al despedirse, se decían: “Buen finde”.
Ese viaje tuvo su miga, no vaya a creer, aunque siempre aprendo mucho cuando voy a Buenos Aires, lo que ocurre cada muerte de Obispo, y la yapa. Torito se iba a presentar de candidato en unas elecciones en Santiago y quería saber si contaba con los morlacos del otario. Es decir, quería saber si Borgonovo hablaría con alguien con unos mangos para encarar la campaña. Alguien, en este caso, era Menem.
No sé cómo, pero me dejaron entrar a la Casa Rosada y me indicaron por dónde tenía que ir. Me hice el confundido y agarré para otra parte, así conocí el patio de las palmeras y andaba deambulando, hasta que me agarró un urso semejante y me preguntó dónde iba. Le dije que andaba perdido y me acompañó hasta una amplia antesala, con sillones amplios y comodísimos.
En Santiago, Torito me había dicho: “Vos decile que vas de parte mía y te va a recibir”. Porque yo dudaba de que todo un funcionario nacional fuera a perder ni tres segundos con un tipo de Santiago que, para peor, iba de parte de otro. Pero a la mañana hablé por teléfono, al número que me había dado y, después de hacerme aguaitar un rato, la voz de una mujer me dijo que el Secretario Legal y Técnico de la Presidencia de la Nación me esperaba a las 4 y media de la tarde.
Y ahí estaba, feliz de estar donde estaba. Pensaba: “Ayer he desayunado con mate cocido y tortilla y hoy, mírate Juancito, estás en el centro del poder, donde tienen el sartén por el mango, el mango también y cocinan todo el guiso del país”. Feliz, miraba a los siempre atentos y amables porteños, saliendo de otra oficina, despidiéndose hasta el lunes.
Al rato me recibió Borgonovo. No como suelen hacerlo los guarangos que se tiran de importantes en las provincias, que ni te miran o no te invitan a tomar asiento. El tipo me pidió que me sentara, me preguntó si quería café, le dije que ya me habían convidado, me preguntó quién era, a qué me dedicaba y me hizo sentir importante cuando me consultó: “Cómo está la cosa por allá”. Imaginesé, amigo, yo sabía que él estaba más enterado que yo, pero igual le di un pantallazo amplio. Entonces me miró y me dijo: “Bueno, usted dirá”. Y supe que tenía que darle el mensaje de Torito. Me contestó muy bien, que en los trámites para la candidatura le daría una ayuda, pero de “lo otro”, la guita, no había nada. Conversamos unos segundos más, me levanté, le di la mano y nunca más lo vi.
En ese viaje a Buenos Aires, creí observar un rasgo de tilinguería en los porteños, cuando me percaté de que “finde”, quería decir “fin de semana”. Pensaba, vé po vos de estúpidos, abrevian, como si les costara decir la última palabra. A los días, estaba en Santiago, olvidado del viaje, cuando oí que un amigo le contaba a otro lo que había hecho el “finde”. Entonces me percaté de que la tilinguería es un rasgo común de todos los argentinos y no de una clase social, una ciudad, una provincia. Es patrimonio nacional.
Los viajes a Buenos Aires, para mí al menos, siempre han sido muy instructivos. Lástima que hace como mil años que no voy. Pero, ahora los dejo, este escrito se hecho muy largo, tengo que salir, a ver a un amigo que se mudó a un nuevo depto.
©Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. Respuestas
    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    2. Lindo artículo. Notarás que la tilinguería comienza en la televisión porteña. Luego se derrama a través de los ávidos cerebritos de "conductores" locales. Así, ya ningún programa comienza, empieza, inicia, sino "arranca"...

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  2. Me gustó Juan, y bueno hoy es viernes entonces buen finde

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