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CUENTO El único que te espera es el Verdugo

Poco tránsito en el pueblo

“Tu campera de cuero resiste el viento, el calor y la tierra que se le va acumulando en los hombros”

El otro día he vuelto a tu casa, Pepe querido. No estabas. Qué ibas a estar. Fuimos con Horacio, que se ocupa de que todo siga igual, o más menos parecido, hasta quién sabe cuándo, hermano del alma. Hallamos tu cama algo desordenada, el roperito en que guardabas tus pocas prendas y esa alacena que casi te mata un día al tropezarte con ella. Todo estaba tal como el último día, cuando marchaste a la ciudad a hacerte atender de ese dolor de cabeza que, según decías, no te dejaba vivir.
El yerbero sigue colgado de un gancho de alambre del comedor. Tu campera de cuero resiste el viento, el calor y la tierra que se le va acumulando en los hombros. En la cocina, algunas ollas mal acomodadas delatan que no esperabas estar afuera mucho tiempo. Horacio le da de comer a las gallinas, no le cuesta nada, sigue viviendo cerquita, por el caminito que iba al portón del Azul.
Me fijé en el tinajón que sigue hasta la mitad con la tapa de olla encima y la cuarta puesta encima, nadie se atrevió siquiera a saciar su sed en tu casa, aguardando quién sabe qué, si nunca más ensillarás tu mula para ir al pueblo ni la atarás al arado para el tiempo de la siembra ni te acercarás a la represa para hondear las urpilas que guisarás al mediodía ni volverás a la orilla del camino a ver las vecinas en sulky para propinarles tus requiebros amorosos.
¿Del pago preguntas?
Está fiero che. Lo que era la cancha de fútbol ahora es monte porque ya no hay chicos para jugar a la pelota, los vecinos se siguen mandando a mudar, de a poco, primero fueron los Andrada, después los Gómez y hasta los Pascuales, como le decíamos a los Alomo, pusieron sus cositas en un camión y se fueron. Con eso de los alambrados de todos los campos a la vuelta cada vez hay menos bosque, menos aves, menos sombra, menos trabajo. Algunos changos consiguen laburo en las fincas que han brotado por todas partes, pero no hay para todos, así que el resto tiene que hacer sus bártulos y cambiar de aire.
Este fin de semana estuve en lo que fuera tu casa. Ningún vecino se atrevió todavía a tocar nada de lo que dejaste, ni un palo, ni una brizna de pasto.
Para qué te voy a mentir, todos han sentido lo tuyo en lo más profundo del alma, ¿no? Pero el único que hasta el día de hoy te espera es el Verdugo (le pusiste ese nombre porque era de una raza tan rara que parecía perro verde, por eso lo de Verdugo, no por otra cosa, je, je, je), que se pasa el día echado, mirando el camino, los ojos perdidos, a ver si vuelves. Tiene esperanzas de encontrarte de nuevo, no sabe que no vas a regresar, Pepe querido.


Nunca había visto a un perro aguaitar así, días enteros sin nada que hacer, la llegada de alguien que se terminó del todo mientras intentaba vencer la enfermedad en un hospital cualquiera de la ciudad.
Antes de irme le eché una mirada al pobre perro. Observé que en sus ojos todavía vives como una ilusión sin esperanzas, tío Pepe, en un eterno regreso a un pago lindo que no va a existir nunca más.
Quizás aquello que vivimos en la infancia, en medio de un saladillo silencioso, cuyo nombre no figura en ningún mapa, no fue más que un espejismo fugaz de la felicidad.
Andamos todos tan cerca de ir a verte, que no te sorprendas Pepe querido, si uno de estos días nos empezamos a juntar con vos de a uno, como el mistol.
Juan Manuel Aragón
A 2 de marzo del 2025, en Haase. Jugando a la pallana.
Ramírez de Velasco®

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