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VIDALA Retumban ecos perdidos

Rosas en un billete de 20 pesos

Lo que alguna vez fue un sueño regresa en silencio, como si el tiempo no hubiera pasado sobre aquellas noches

Cuando llegaba la noche, le venía a la memoria una antigua vidala que cantaba despacito para no despertar alucinaciones pasadas. No recuerdo la letra, sólo sé que nombraba a una mujer, pero casi todas las vidalas llaman un amor que desertó.
A esa hora ya estaba en marca la revolución que soñábamos. Habíamos designado ministros, teníamos firmados los decretos que anticipaban la aurora que se vendría y planeábamos algunos pequeños gustos que nos daríamos cuando estuviéramos instalados en la cima del poder, como salir a tomar café al mismo bar de siempre o mandar a comprar sánguches de milanesa en el mercado Armonía —porque gobernaríamos desde Santiago— y convidar a todo el mundo durante una deliberación de gabinete.
Al llegar la fortuita, incierta hora en que la reunión estaba tan linda que uno no sabía si acostarse para luego levantarse baleado o directamente pasar de largo, siempre empuñaba la guitarra, le ganaba unas notas lastimeras y emprendía un recorrido por dos o tres canciones que quizás fueran una sola con distintas entonaciones.
El resto guardaba considerado silencio. De tan sentidas las estrofas, hasta había quien le pasaba la mano por el hombro mientras le brindaba palabras de aliento.
Un día aquellas juntas se perdieron en el olvido, de tal suerte que ahora nadie sabe si aquel fue un tiempo que no existió. O los que no existíamos éramos nosotros.
Al cerrar los ojos recuerdo cada uno de los detalles de aquella vieja casa de la calle Tucumán: el pasillo de entrada, el primer patio con los alambres de lo que había sido un toldo, la habitación en que nos juntábamos con los amigos y el cuadro de Juan Manuel de Rosas que presidía las tertulias y luego se perdió en el apuro de algún traslado de pensión impaga.
A veces pienso que en esa casa no sólo se respiraba humo de tabaco y vino barato, sino una fe desmedida en que la historia venía doblando la esquina. No éramos héroes ni mártires, pero en las miradas había una luz, una especie de fiebre compartida, como si el mundo no pudiera seguir sin nosotros. Y por unos instantes, en cada reunión, esa convicción alcanzaba para sentirnos invencibles.
Hay algo que me persigue desde aquellos días. Si el mundo creció, como notifican algunos, ¿esos viejos se hacían jóvenes una vez cada tanto para recordar sus años mozos? Si es así, ¿por qué no me sale ahora tan natural como a ellos, que se congregaban sin dramas con mocosos, imberbes?
A una descascarada esquina de la habitación le hallábamos la forma de las Islas Malvinas. Se nos hacía que era un buen augurio, como una premonición de que a lo bueno le faltaba solamente llegar.
Pero, oiga, una sentida vidala me crece en el recuerdo, no le hallo la música ni las palabras, pero cierro los ojos y nos veo en aquella habitación como si todo hubiera pasado anoche. Oigo su voz retumbando en ecos perdidos y creo que, si lo deseo mucho, ese tiempo va a regresar. Qué sabrá ser, ¿no?
Juan Manuel Aragón
A 13 de octubre del 2025, en Silípica. Viendo amanecer el cerco.
Ramírez de Velasco®

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