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Claudio Tolomeo pechó contra la teoría heliocéntrica



Ahora que hemos entrado por el aro del cielo, las estrellas, permítanme referirme a Claudio Tolomeo, a quien nombré de refilón el otro día. Vivió en el siglo II y fue el más famoso astrónomo griego de la antigüedad. Debe su nombre a haber nacido en la Tolemaida Hermia, del Alto Egipto. Nada que ver con la célebre familia de Tolomeo Lago, Tolomeo Filadelfo y de Cleopatra. Y no, amigos, no es una contradicción ser griego y haber nacido en Egipto, como lo sabe cualquiera que pasó de primer año del secundario.
Reunió en un cuerpo de doctrina todo lo escrito por los astrónomos que lo precedieron, aprovechó las observaciones de Hiparco y de los caldeos. Perfeccionó el sistema geocéntrico —al que ha quedado adherido su nombre— dando una explicación matemáticamente aceptable de los movimientos de los planetas.
En su obra más trascendente “Megale Syntaxis tes Astronomía”, el Gran Sistema de Astronomía, llamada por los árabes “Al Kitab, al Majisti”, El Gran Libro —nombre que nosotros simplificamos “Almagesto”— expone sus conocimientos astronómicos. También elaboró una geografía que fue libro de consulta durante siglos, y trabajos de cartografía, trigonometría, óptica, astrología, música.
Reputado durante varios siglos la máxima autoridad en astronomía, después de Copérnico es desdeñado como simple repetidor de teorías erradas. Sin embargo, es admirable por la perfección a la que llevó la explicación de los epiciclos, porque su teoría fue la mejor durante más de ml años, por sus prolijas observaciones que lo llevaron a descubrir la evección de la Luna, por la exactitud de su concepción matemática y porque se adelantó al estudiar las complejidades del movimiento elíptico. Otro día podríamos tratar sobre el epiciclo, un círculo, cuyo centro se desplaza sobre otro círculo mayor llamado deferente. Ahora sigamos adelante con nuestro amigo Claudio, que el tiempo apremia.
En contra del sistema heliocéntrico, muy aceptado en su tiempo, decía que, si la Tierra se moviera ni nubes ni pájaros podrían marchar hacia el oriente, pues mayor sería la velocidad de la tierra en sentido contrario. Consideraba 48 constelaciones y catalogó 1028 estrellas.
Su geografía es bastante rudimentaria porque se basa sobre datos groseros, suponiendo distancias en consideración a los días de camino de los que fue informado. En el siglo IX se lo tradujo del griego al árabe y en el XIII al hebreo; el mismo siglo XIII apareció la versión latina de su texto arábigo.
Para redactar esta nota he acudido al diccionario de astronomía “Ad sidera visu”, que escribió mi padre hace varios años. Entregó un libro a cada uno de sus hijos y alguno que otro más fue a parar a manos de sus amigos. Repito los versos de Raúl González Tuñón, que añadió al final: “Todo nos falta aquí abajo // Todo menos las estrellas”. Su pensamiento revive cada vez que un pariente o conocido abre sus páginas buscando desasnarse.
Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. Aguante, ingeniero Aragón. Mozo jinetazo ahijuna, capaz de domar un potro y sofrenarlo en la luna.

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