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Algunas ideas para los que quieren la vuelta del servicio militar obligatorio

Colimbas argentinos

Cuando alguien dice que lo mejor para componer la juventud y terminar con los asaltos, es la vuelta del servicio militar obligatorio, siempre recuerdo que lo suprimieron porque no había plata para mantenerlo. “Pero hay mucha delincuencia en las calles, y en un año se les enseñaría a los jóvenes a portarse bien, respetar la autoridad, acostumbrarse a una disciplina”, argumentan. Entonces uno aduce que también aprenderían a manejar armas. Respuesta: “¡No!, ¡eso no queremos!, porque el remedio sería peor que la enfermedad”. ¿Entonces?
Pretenden que les enseñen oficios, que los guíen hacia una actividad útil. Ah, entonces no quieren un ´servicio militar´. Tienen razón, porque los militares no se han preparado como orientadores vocacionales ni sabrían enseñar carpintería, herrería, fabricación de ladrillos o preparación de tortitas fritas. Pretenden otra cosa los ñatos que quieren la vuelta de algo parecido a la colimba: que se les enseñe a los maulas de los jóvenes a levantarse temprano, comer cualquier cosa, hacer caso a los mayores. Hacerse machos, carajo.
Sí claro, el problema es cómo.
Para empezar, se necesitan estructuras enormes y costosas, distribuidas en todo el país, coordinadas, con una burocracia eficiente y pequeña. Se trata de agrupar a millones de jóvenes de ambos sexos, con 18 años cumplidos, llevarlos a un lugar determinado en cada provincia, revisarlos con médicos competentes y luego enseñarles a “hacer cosas”. En el medio habría un problema de logística enorme, antiguamente eso lo solucionaban las Fuerzas Armadas, con una organización bien aceitada. Pero ya hemos decidido que no queremos que a los chicos les enseñen a pelear o a usar armas, así que los militares no servirían para la tarea. Además, están para otra cosa, mejor no molestarlos.
Luego se debe buscar lugares para tenerlos. Para que duerman y coman hay que construir galpones enormes, con baños, cocinas, ollas, sartenes, camas, colchas, sábanas. Hacerles uniformes, por supuesto. Luego conseguir comida para todos y profesores de algo para que los cuiden mientras están alojados. Todo multiplicado por dos, obviamente, porque las mujeres irían a una parte y los hombres a otra.
Después viene la parte de la enseñanza. Van a aprender carpintería, pongalé. Hay que conseguir morsas, escoplos, serruchos, martillos, destornilladores y un sinfín de herramientas necesarias para construir una silla rústica nomás. Y profesores también, uno por cada veinte alumnos al menos. Se podría optimizar el uso de las herramientas para que se usen todo el día, igual hay que comprar una tracalada de cada una. Multiplique por talleres de herrería, mecánica, construcción, tornería, panadería, enfermería, y cientos de otros oficios posibles.
Cuando presente el proyecto de ley, amigo, no se olvide de avisar también de dónde sacará la plata para tamaño emprendimiento. No vale: “Con el aporte solidario de los que más tienen”. Tampoco: “Acudiendo a mecanismos de recaudación con créditos blandos” o alguna sarasa parecida. Informe quién pagará semejante gasto, en caso de que lo sepa.
Y cuando tenga listo, los galpones, los profesores, los elementos de enseñanza, los talleres y al menos y los changos y chicas clase 2004, que son los que corresponden al año que viene, avise, así vamos a verlos o, los días de descanso visitamos a algún sobrino.
Esperamos sentados. Capaz que parados nos cansamos.
©Juan Manuel Aragón


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