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CUENTO Si quieres, ya sabes

Con una ametralladora en la mano

Cómo se curó Roberto de la locura por un tiempo y qué son los paredones móviles, un viejo chiste llevado a la altura de axioma político


Cuando a Roberto le agarra la locura habla de los paredones móviles, el viejo chiste de la solución de todos los males de la Argentina sólo que llevado a la categoría de axioma político. El chiste pregunta:
—¿Qué se necesita para solucionar los problemas del país?
—No sé.
—Con mil ladrillos y un camión terminamos con todos los dramas.
—¿Por qué?
—Fácil, haces un paredón arriba del camión y sales pueblo por pueblo a fusilar políticos.
Algunos lo toman en serio y lo que no era más que un chascarrillo inocentón lo convierten en lo que suponen una clase magistral de ciencia política. Ante cada discusión en el café, sobre lo que cabe o no hacer para solucionar este o aquel problema, sueltan la frase “paredones móviles”, a veces mordida, con rabia, dando a entender que ellos bien podrían ser los albañiles que levanten la pared, los choferes del vehículo, el militar que da la orden de fuego o soldados disparando sus fusiles.
A veces hasta se animan a sostener que una bala es mucho gasto y hacen la seña de pasarse el dedo índice horizontal por la garganta.
Después agregan:
—Y chau.
Bueno, Roberto es de esos. Tiene dos hijos, un varón y una mujer. Siempre me lo imaginé, a los 12 años del muchacho, diciéndole:
—Venga, sientesé aquí, que le voy a dar una charla que jamás olvidará.
Porque algunos padres sienten que cuando hay que hablar de cosas serias con los hijos no hay que tutearlos. Cuando el muchacho se sentaba, Roberto le decía:
—No se le vaya a ocurrir ser político el día de mañana, porque esos merecen el fusilamiento, el cuchillo pasado por el tragadero o la horca.
Y el muchacho, asustado y tragando saliva:
—Sí papá.
Lo peor no era que piense eso, es una idea que se le podría ocurrir a cualquiera y en vez de políticos instalar en el paredón a todas las suegras, todos los usureros, todos los de Boca, lo que fuere. Lo peor era que siempre sale con lo mismo. Todos los días, a una determinada hora se lanza a fusilar a esos “ahijuna gran puta” y a veces hasta se anima a hacer el ruido como de una ametralladora.
—Ratatatatáttt… los voy liquidando a todos— dice, con una tartamuda entre las manos, mirando fijo al frente, viéndolos caer uno por uno.
Y eso tranca siempre el debate. Porque si en un determinado momento de la conversación sobre fútbol pongalé, usted dice que hay que fusilar a todos los árbitros porque son unos vendidos, chau, se termina la charla, porque sin referís no es fútbol, es potrero puro.
Pero, como le dije, cuando empieza con su ordalía imaginaria de fuego y sangre no hay quién lo pare. Son cinco o diez minutos con lo de siempre: que hay que fusilarlos a todos, que no sabe por qué aceptan el cargo si no son capaces ni de gestionar un gallinero casero, que no saben dibujar la redondez de la letra “o” y se tiran de educadores.
El año pasado anduvo calmado un tiempo, fueron como seis meses en los que erradicó los paredones móviles de su vocabulario habitual. Fue después de que Gabriel se incorporó a la mesa de café. A la segunda vez que empezó a hablar de los fusilamientos, pidió silencio y no sé por qué todos le hicimos caso, entonces, tranquilamente levantó un maletín que traía, lo abrió en medio de la mesa haciendo a un lado los cafés y, con maneras ceremoniosas, mostró una “Luger 7,65”. La pistola estaba en una caja de madera y tenía el cargador a su lado.
—Ahí tienes— le dijo.
—Guardá eso— respondió Roberto.
—No, ahí tienes, andá matá a unos cuantos políticos y volvé. Si necesitas más balas te consigo.
El resto estaba blanco del nerviosismo, por nombrarlo de alguna manera, imaginesé. Si bien Gabriel era un conocido de todos, también tenía cierta fama de pesado, que en esos momentos estaba confirmando en persona.
Después de un larguísimo instante suspiró:
—Bueno, la guardo. Pero el día que quieras salir a matar a cualquiera, me avisas. También te puedo traer una “Thompson”. Esas son calibre 45, proyectiles fáciles de conseguir, si quieres, ya sabes, avísame nomás.
Después de eso Gabriel no fue nunca más. Algunos muchachos que siempre iban decían que era el Arcángel Gabriel, porque había logrado que Roberto no hablara más de muertes de nadie y la mesa fue un remanso de paz durante un tiempo. Pero, como le dije, a los seis meses volvió de nuevo y ahora es igual que antes.
Los muchachos lo andan buscando, dicen que si lo encuentran le van a decir que vuelva, que nadie lo echó. Dicen que le pagan el café y todo.
©Juan Manuel Aragón
A 30 de octubre del 2023, en Vinal Esquina. Cazando ututus

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