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MISTERIO Leyenda de la avenida Belgrano

La Belgrano con la acequia

“Quizás hubiera sido posible el progreso y todos los adelantos y mejoras que hubo después conservando, aunque sea esa partecita de la campaña santiagueña”


Algunas alucinadas noches de Santiago, cuando la luna brilla por su más rotunda ausencia, de un sueño deslumbrado por el sueño, suele surgir la acequia de la avenida Belgrano, sombreada, fresca, atando a la ciudad en dos mitades con un cinturón verde, hermoseado por el recuerdo. Unos pocos canillitas y otros amigos, que la han visto renacer durante unos fugaces instantes, contaron después que sintieron de nuevo el silencio que en aquellos tiempos solía haber cuando las tinieblas cubrían la ciudad con su corazón de leyenda.
Dicen que, al volver de aquella visión, se percataron de que quizás hubiera sido posible el progreso y todos los adelantos y mejoras que hubo después conservando, aunque sea esa partecita de la campaña santiagueña en medio de los edificios más modernos. Suponen que las Torres de Educación y Economía, hubieran tenido una mejor vista desde la altura de su mirador, enfocando la vista hacia la serpenteante acequia que la cruzaba de lado a lado.
En ocasiones, del negro pavimento de la Belgrano, surge el páramo sin bosque que era cuando llegaron los españoles y los azorados santiagueños que andan a esas altas de la madrugada, observan cómo Francisco de Aguirre la trazó, a golpe de intuición, por el mejor lugar posible. Como que la toma sigue estando, aún hoy, quichicientos años después, en el mismo exacto lugar del río Dulce en que la ideó el conquistador castellano.
¿Pregunta si es cierta esta leyenda o es un invento literario? La historia podría comprobarla cualquiera que tenga la paciencia necesaria como para aguaitar el fenómeno, que se da muy raras veces en toda la vida. Pero, por si duda, ahí está Rody Beltrán, fotógrafo de los buenos, cineasta y poeta, que asegura haber sido testigo presencial de la aparición de la vieja acequia, una noche, hace más de mil noches, cuando volvía de la casa de cierta señorita cuyo nombre no revelará ni bajo tortura.
Dice que venía en una motocicleta que tenía entonces, feliz y satisfecho, cuando en la esquina de Belgrano y Avellaneda, un cambio de aire lo hizo detener el vehículo a un costado de la calle. Fue entonces que empezaron a surgir, de entre las oscuridades, las sombras de las sombras que antes habían sido, los kioscos, el agua rumorosa corriendo tranquila. Contó: “Quedé inmóvil, no lo podía creer, pero en eso vi venir de lejos una vieja camioneta Ford, de las de antes, en la caja se sentían balidos, pasó a mi lado y sospeché que llevaba cabritos vivos para carnear en el mercado”. Quedó pensando un rato y agregó: “Era cerca de Navidad y en ese tiempo se festejaba, sobre todo porque había conque”.
La Belgrano nos fue extirpada de cuajo, como si la modernidad nos hubiera venido a curar de un mal que se podría haber extendido, como para confirmar que a los santiagueños nos gusta más añorar que vivir la realidad.
Imagine por un momento a Buenos Aires sin su viejo fuerte, convertido después en la Casa Rosada, ¿dónde tendrían su asiento las autoridades, a la sombra del Obelisco? Piense en Córdoba sin la Cañada, ¿qué odas cantarían sus poetas sin ese río pasando por el centro de la ciudad? ¿Y qué sería de Tucumán sin la Casa Histórica?, un lugar triste, deslucido y, para peor, repleto de los tucumanos. Los mismos bandeños sin el ferrocarril no tendrían sentido ni razón de ser.


Bueno, al erradicar la Belgrano, a los santiagueños les suprimieron sus huellas digitales, la marca y señal más patente de su identidad como habitantes de una tierra que camina hacia el medio milenio de historia, con una muesca verde suprimida, para dar paso a una modernidad que se vuelve sol calcinante, con 42 grados de temperatura y ni una sombra para navegarla de orilla a orilla. A la siesta no la cruza ni un ututu, aunque se ponga un traje de amianto, desierto cruel en el centro de la ciudad, pastilla de muestra del atroz infierno que espera a los pecadores.
La acequia de la Belgrano es el recuerdo deslumbrante de unos pocos viejos que van quedando y la añoran como a esas bellas mujeres de la juventud que un día se volvieron abandono, olvido, tristeza.
Nada.
Juan Manuel Aragón
A 12 de septiembre del 2024, en el atrio de la Merced. Oyendo las campanadas.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. yo me acuerdo... viviamos en la mendoza.... q lejos estoy ahora

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  2. Chiquito el hambre que llevaba Rody ja ja ja visiones veía.

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  3. He sido feliz en la vieja avenida ytt la acequia a la sombra de un Álamo viví mi primer amor gracias por el recuerdo y la nostalgia me invade y me extrae unas lágrimas antiguas

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  4. Son muchas las buenas razones, principalmente prácticas y nostálgicas, por las que hubiera sido deseable mantener la acequia a lo largo de la Av. Belgrano, y el artículo las describe fielmente.
    Sin embargo hay que admitir que igualmente existen otras tantas principalmente funcionales, por las que su remoción (en realidad entubamiento), pudo estar justificado.
    En primer lugar, y como el artícuo lo sugiere, su original propósito y principal función de captar agua del río para derivarla a la ciudad para consumo y riego ya se había extinguido, por lo que funcionalmente su existencia ya no estaba justificada.
    Por otra parte, su función como drenaje pluvial de un sector de la ciudad se había comprometido de al menos tres maneras:
    1. El crecimiento urbano que impermeabiliza la ciudad y aumenta el volumen de escurrimiento superficial, superando su capacidad de captación.
    2. El aumento de basura y contaminación arrastrada por el agua pluvial que se acumulaba en su lecho.
    3. La ausencia de mantenimiento de los frentistas (que en la antigüedad se servían de la acequia para consumo y riego), deficientemente sustituida por el municipio que jamás cortaba la maleza, extraía la basura, o fumigaba por alimañas.
    Pienso que un buen plan de mitigación (inexistente en esas épocas), que atendiera la pérdida de las bondades de tener la acequia (restitución de sombra, etc.) hubiera permitido conservar esas ventajas y disminuido el impacto nostálgico de su remoción.

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  5. si me habré bañado en la gloriosa acequia Belgrano ya q vivía en la casa de mí padrino el Profe.Ololo Achaval en frente del viejo Juzgado Federal,entre la Congreso y San Juan y cuando traía mucha agua espera un desafío saltarla df un lado a otro Gracias Juan.

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  6. Un hermoso relato con nostalgias de las épocas de la infancia y juventud de muchos que disfrutamos la inolvidable acequia. Fue escenario de pesca de mojarritas con grandes coladores que nos parecían inmensos, de campeonatos de saltar de una orilla a la otra sin caernos, el placer de cruzarla por sus rústicos puentecitos de madera, la alegría de tomar licuado en uno de sus quiosco, el del frente al Automóvil Club .... Tantos recuerdos haciendo fila para ser traídos por la memoria, la palabra y la emoción. Gracias, Juan, me encantan tus escritos

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