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OPINIONES ¿Doma sí o doma no?

Doma festivalera

Una opinión es válida y quizás la que la contradice también y uno estaría de todo corazón en contra de unos festivales si no fuera que…

Hay veces en que uno duda entre una opinión y la contraria. Es como que en ocasiones se levanta con ganas de dar la razón a unos y a la mañana siguiente ya quiere estar de acuerdo con los otros. Entre los shows tipo folklórico, que suelen realizarse en los veranos argentinos, ninguno más norteamericano y rocanrolero que la famosa doma de potros, con categorías, relatores, payadores, tipos de sombrero por todas partes, la televisión mostrando el espectáculo para todo el país, la promesa de cantores que subirán al escenario al final, más la gente en las tribunas tomando cerveza y levantando carteles que dicen “Trenque Lauquen”, “Libertador General San Martín” o “Resistencia, Chaco”. (Entre paréntesis, algún día habría que investigar por qué siempre que se nombra a Resistencia hay que aclarar que es Chaco, como si hubiera muchos pueblos que llevan ese nombre en la Argentina).
La doma en sí misma es contraria al espíritu del hombre de campo, que busca amansar sus caballos de la manera menos brutal posible, para acostumbrarlos a las tareas rurales, arrear hacienda, recorrer alambrados, tirar el sulky o sumarlos al arado, entre otros trabajos.
Muchos paisanos se arman de una infinita paciencia para volverlos dóciles, los pillan cuando son potrillos, evitan “palenquearlos”, una práctica por demás brutal, y de alguna manera se las van arreglando para acostumbrarlos al bozal, al bocado, a las jerguillas, las caronas, en fin. Amansar “de abajo”, se le llama a una práctica que iniciaron los indios, tratando cada jamelgo casi con delicadeza.
La doma, como la que se vé en la televisión, es una práctica salvaje que, lo único que hace es arruinar los fletes, con la excusa de sumarlos a un espectáculo que poco tiene de práctica criolla.
Hay que reconocerlo, ¿no?, algunas noches, quienes conocen alguito de las cosas del campo, quedan hipnotizados frente al televisor, observando el coraje de esos paisanos, que saben que en pocos segundos se decidirá si ganan un premio, que no es una fortuna o van a parar al hospital con las costillas rotas o la cabeza hecha pedazos. Cualquiera evitaría montar uno de esos caballos que no son, como se dice “chúcaros netos”, sino animales acostumbrados a gambetear su propia sombra en noches festivaleras. Y ahí están, mostrando un arrojo a prueba de encimeras, bastos, estribos, palenques y los capataces apurando porque en la televisión tienen que ir al corte. Y ellos, con el talero sobre la cabeza, aguaitando que les desaten el mancarrón para mirarse cara a cara con su suerte.
A veces cuando uno se despierta con ganas de ponerse en contra de la doma de potros, teme que lo confundan con un defensor de los animales, que lo crean un vegetariano, un vegano cualquiera, haciendo gala de la mariconería propia de estos tiempos, o un promotor del aborto, y entonces, siempre en su cabeza, pega una reculada, apartando esos pensamientos de la mente, como si de la peste se tratara.
Por ahí también uno quisiera que esos gauchos que se juegan la vida en espectáculos de doma y folklore, tuvieran un nombre más conocido, que fueran los Lionel Messi, los Juan Román Riquelme, los Gonzalo Montiel de los festivales, para vivir repletos de fama y dinero. Y que dejen de ser los eternos pobres peoncitos que paran en pensiones de mala muerte de lugares a los que llegaron haciendo dedo y de los que es posible que se marchen como llegaron, es decir, con los bolsillos flacos y el alma por el suelo, luego de haber competido en todas las categorías y no haber ganado en ninguna.
Por lo pronto habría que hablar con esos payadores de labia fácil, supuestamente comprometidos con el sentir popular, para que en sus versos se apiaden de estos trabajadores festivaleros, los ensalcen con nombre y apellido y pidan en versos floridos de rima ingeniosa, un aplauso para el domador y de yapa que le aumenten el monto del premio.
A ver si se animan.
A continuación, y de memoria, unos versos de La Vuelta del Martín Fierro, de José Hernández, que pintan de cuerpo entero la relación de los indios con su caballada.

El indio que tiene un pingo
que se llega a distinguir,
lo cuida hasta pa dormir;
de ese cuidao es esclavo:
se lo alquila a otro indio bravo
cuando vienen a invadir.

Por vigilarlo no come
y ni aun el sueño concilia;
sólo en eso no hay desidia;
de noche, les asiguro,
para tenerlo seguro
le hace cerco la familia.

Por eso habrán visto ustedes,
si en el caso se han hallao,
y si no lo han oservao
ténganló dende hoy presente,
que todo pampa valiente
anda siempre bien montao.

Juan Manuel Aragón
A 16 de enero del 2025, en La Represa. Jugando al chumuco.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. El ambiente de las jineteadas (doma según la propaganda) está activo durante todo el año. El campo de la doma de Jesús María es una muestra de lo que ocurre cada fin de semana en nuestro país, de Córdoba hacia el Sur. Hay fiestas de jineteadas hasta la Patagonia. Alguna vez he leído una revista especializada y ahí descollaban los nombres de los caballos invictos (que siempre habían derribado al jinete) y los jinetes más exitosos. Es decir, tienen fama en su ambiente.

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  2. También en este caso habría que hacer algunas aclaraciones;
    Lo que el artículo describe como doma (en realidad "la jineteada) no arruina a los caballos por ser una manera inconveniente de amansarlos, sino que se aplica a caballos que no sirven para silla por tener mañas y cosquillas que no se corrijen.
    Esos caballos nunca servirán ni serán confiables para monta, por lo que tienen dos posibles destinos; o el frigorífico para mortadela, o se los reserva para jineteadas (son tropa de "reservados"). Si se tiene en cuenta la dura y sacrificada vida de labor campestre, a donde no llegan las diversiones de la ciudad, el campesino tiene sus festejos y diversiones relacionadas con su labor y tradición, donde demuestra sus destrezas asociadas con la vida de labranza.
    Es de mucha ignorancia y arrogancia pretender, desde un sofá jugando jueguitos y accediendo a toda clase de distracción, esparcimiento y divertimento, erigirse en virtuoso defensor de los animales, acusar sin conocimiento de causa, y exigir que se prohíban sus festejos a quienes hacen el sacrificio para que siempre tengamos nuestra comida fresca en el supermercado.

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