![]() |
Carreta cañera típica |
Qué pasaba cuando en un pueblo cualquiera de la provincia, las autoridades daban importancia a la educación
Por esas cosas de la vida, jamás aprendió a leer. Fue a la escuela, pero de tan cabeza dura no le quedó nada. La culpa, decían, era del padre, lo llevaba todos los años a la cosecha. Tenía un carro con el que se rebuscaba haciendo fletes de leña en el verano, en el pago y tirando caña en Tucumán durante el invierno. Y allá iba con el chango.
El tiempo suele acomodar las cargas. Si usted cree haber visto todo, tendría que ir al pago lindo aquel, a que le cuenten las mil anécdotas que circulan. Los viejos guardan memoria de aquellas épocas para que los tiempos no se pierdan entre los pliegues del olvido.Chango lindo en aquel tiempo, se casó con la hija de uno de los principales. Hombre de pro, decían las viejas de antes para referirse a quienes tenían un presente desahogado y un mañana promisorio. Dejó la casa del padre, el carro, las mulas, los viajes a Tucumán, las heladas en la caña, el machete y los pocos pesitos que juntaban para vivir el resto del año.En ese tiempo al suegro lo pusieron de comunal, fue cuando llegó a la gobernación el Fulano, difunto ya, Dios lo tenga en su Santa Gloria, a quien recordamos aprometiendo que construiría escuelas para terminar con la ignorancia de los campesinos y puentes y canales y hospitales y casas y hasta ríos y montañas, si se lo pedían.
El suegro escribió un cartel en la puerta del almacén: “Aquí nos tomamos la educación en zerio”. No lo borró durante muchos años, a mucha honra, porque esa vuelta le sirvió para ganar las elecciones.
Después al amigo le consiguieron un conchabo de agente en la policía. Y la vida se le volvió algo más fácil todavía: cuando lo llevaron a Santiago para hacerle firmar el nombramiento iba con dos más en su misma situación. Les entregaron el arma y los hicieron firmar un papel en que constaba que la habían recibido. Firmar sí sabía. Ahí nomás los llevaron al Tiro Federal de La Banda, les enseñaron a hacer puntería, hicieron dos disparos cada uno, y volvieron al pago con su flamante uniforme. Lo había conseguido.
Mire que había gente buena en el campo, en treinta años podrían haberlo denunciado. Pero nadie movió la boca ni lo señaló con el dedo. Todos fuimos responsables de que siguiera en su puesto más firme que pedo de elefante. A los años le dieron un ascenso, a los muchos años otro más y siguió su brillante carrera en las filas de la Policía.
Si bien no sabía leer, aprendió qué lado de las hojas van para arriba. Si llegaba alguien con un papel, lo miraba bien, decía: “¡Ahá!, se lo voy a llevar al jefe para que vea qué hacer”. Y si usted andaba para que le solucionen el problema, qué más quería que se lo resuelva un superior, en vez de un agente raso. Pero la gente del pago le decía directamente: “Traigo esta nota para que alguien le dé entrada”, y como sabía que todos sabíamos, nos hacía pasar.
El tiempo le pasó manso, como a casi todos los policías del pago o tal vez un poco más, porque nunca lo mandaban a Santiago con un preso, porque allá también sabían que, si le entregaban la renuncia, la firmaría ciego. Espíritu de cuerpo le llaman los milicos también a esas complicidades que surgen de la camaradería y los años compartidos en comisarías, largas horas sin nada que hacer más que rascarse el coto y espantar las moscas.
En tiempos de Alfonsín hubo un plan nacional de alfabetización para los viejos que nunca habían tenido la posibilidad de aprender a leer y escribir. Maestras jubiladas volvían a sentirse importantes al ser convocadas nuevamente para enseñar a sus vecinos. Debían buscar a sus alumnos, pero solamente doña Cuca se animó a visitar a su familia, a preguntar si no conocían un analfabeto para llevarlo a su casa todas las tardes. “En dos o tres meses cualquiera aprende a leer y escribir”, les dijo poniendo cara de nada, cuando estuvo en el patio, mientras chupaba de la bombilla. En ese momento, él se levantó, se fue para adentro y no volvió hasta que doña Cuca se hubo marchado.
Y siguió su vida en la comisaría, tan tranquilo como antes. Dicen que a un compañero le confesó que, si descubrían que no sabía leer, diría que nunca le habían preguntado, solamente le habían dicho: “Firmá aquí”, y lo habían convertido en agente de la policía. “Si alguna vez tengo que matar a alguno, mirá si le va a importar si sé leer o no entiendo nada”, avisó.
Y un buen día, como suele suceder con los que hacen aportes, le llegó la jubilación. Su señora, sus hijos, sus parientes respiraron aliviados. El pueblo también, no por el peligro que significaba un tipo que no reconocía ni siquiera los carteles que decían: “Pare, mire, escuche, cuidado con los trenes”, antes y después de la estación, sino porque al fin triunfaría la justicia, es decir, alguien que no tuvo posibilidades de estudiar, de prepararse, había triunfado. Eso nomás demostraba que este es un país generoso.
Un amigo del suegro del policía, solía decir que no había dejado de ser una suerte que cuando el yerno necesitó trabajo, había un puesto de agente disponible: “Porque si en ese momento necesitaban un rector para la universidad, el tipo agarraba viaje”.
Así fue como el pueblo aquel le pasó llanteando a la ignorancia. Después preguntan por qué los alumnos son tan burros, pero nadie mira que a los adultos les gusta la ignorancia y la gozan, aunque sea en forma del chiste del policía que no sabía hacer la letra o ni dibujándola con una moneda.
Otro día le contaré de la Lucy, también en el pago, que fue directora de la escuela sin ser maestra, casi la pillaron, pero puso abogados y se jubiló justito a tiempo. Estuvo a nada de la expulsión y de que la acusaran del delito de usurpación de título. Pero no fue tan grave, al menos sabía leer y escribir, eso decía.
En el pago la educación sigue siendo cosa seria, no vaya a creer.
©Juan Manuel Aragón
En Tucumán hay el sistema no formal en donde puede aprender un adulto.Se crea en zonas donde hay al menos 20 y las clases se dan en parroquias,rancho o lugar en donde haya mesa y sillas.Asistí a una clase en pleno campo el nieto lo ayudaba al abuelo y la mayoría llegaba de la cosecha del limón
ResponderEliminarPudo haber llegado a presidente. Nadie se habría dado cuenta. ..
ResponderEliminar