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TRÁNSITO Casco y cinturón

La ambulancia en acción

Por qué ponerse el casco si va a salir en moto y atarse el cinturón de seguridad en el auto


Razonemos un rato, amigos, sobre los accidentes de tránsito, sus causas y algunas de sus consecuencias. Hagámoslo sin acudir a las leyes que norman la conducción de vehículos, sino solamente ayudados por el sentido común y el diccionario. Empecemos por preguntas simples y sencillas que formulan algunos que creen sabérselas todas: “¿Por qué el Estado me obliga a ir de casco, cuando voy en motocicleta y no me pide que me ponga una bufanda cuando hace frío? ¿Por qué me obliga a atar el cinturón de seguridad y no me dice que use paraguas cuando llueve’ ¿No es lo mismo?”.
Respuesta: no.
Le cuento, parecen incógnitas inteligentes y bien fundadas, pero permítame decirle que no lo son. Si usted se resfría o se le moja la ropa, las consecuencias de su acción serán solamente suyas, usted se bancará solito las molestias. En cambio, si va sin casco o no lleva puesto el cinturón de seguridad, cuando choque, su curación la pagaremos entre todos. Porque, al menos en Santiago del Estero, los únicos lugares preparados para recibirlo en caso de que sufra un grave accidente, son los hospitales públicos. Es más, si llega herido a una clínica o sanatorio particular, lo más probable es que no lo reciban y lo deriven al hospital Regional.
Si sufre un accidente, desde que la ambulancia lo levanta del pavimento, hasta que sale caminando del hospital (o con los pies para adelante, porque todo puede pasar), todo lo pagamos los contribuyentes. Justo es entonces, que le pidamos que se ponga el casco, se ate el cinturón, acate las señales del tránsito, respete las normas, a fin de ahorrarnos unos pesitos, ¿no le parece? Es posible que, aunque cumpla con todas las normas del tránsito, igual choque, pero sus daños no serán tan grandes si los llevaba puestos.
En caso de que conduzca de manera imprudente, no hablemos de que luego, cuando choque, también lo estaremos defendiendo a usted mismo de su propia imprudencia o de su inconsciente compulsión al suicidio. De nuevo, no porque usted nos interese mucho —aunque como prójimo que es y buenos católicos que somos debería importarnos –sino porque no nos gusta ver tullidos por las calles, gente sin una pierna o sin las dos, con un ojo de menos, la cabeza aplastada, el brazo chinguiado o dificultades para hablar. Nos da cosa, ¿entiende?, lo mismo que a usted.
Iba a cerrar la nota aquí nomás, pero me fui al diccionario de la Real Academia, a ver si me ayudaba un poco. Dice que un accidente es un “suceso eventual o acción de que involuntariamente resulta daño para las personas o las cosas”. La clave de este aserto es la palabra “involuntariamente”. Porque si el colectivo frena de repente, sin darle tiempo a esquivarlo, es un suceso eventual, pero si de manera voluntaria usted no se puso el casco o no se ató el cinturón de seguridad, entonces deja de ser del todo un accidente. Y pasa a ser “torpeza notable en comprender las cosas, idiotez, tontería, imbecilidad, bobería, sandez, memez, necedad, simpleza, tontada, cojudez”. Que es la definición de estupidez, y perdone que se lo diga de esta manera, pero no soy yo, es el diccionario el que deslinda su actitud, en un análisis simple y somero.

Pinche aquí si quiere saber por qué para andar de contramano por las calles de Santiago es necesario un temerario corazón

Además, oiga, no le piden que haga un movimiento difícil, un trámite engorroso, que se ponga ropa antiflama, que instale difíciles arneses en su vehículo, sino que se cloque el casco en la cabeza, ese que le dieron cuando se compró la moto o el cinturón de seguridad con el que ya venía su auto. Tan fácil y sencillo como eso. Si rindió examen para conseguir el carnet de manejo, sabe tan bien como todos por qué le piden estos adminículos, así que no venga a alegar ignorancia.
De última, si no lo hace por ahorrarnos plata a nosotros, si cree que no sentirá dolor cuando se pegue un tortazo contra otro vehículo, contra un árbol o contra la pared, hágalo por su familia, por su señora, sus hijos, sus padres, que deberán cargar con su accidente y sufrirlo como si fueran ellos los que se olvidaron el casco o no se pusieron el cinturón de seguridad.
De nada.
Juan Manuel Aragón
A 27 de junio del 2024, en Los Telefónicos. Esperando el Chumillero.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Cristian Ramón Verduc27 de junio de 2024 a las 7:18

    Si lo quieren más claro, prendan las luces para circular de noche...

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  2. Y ni hablar de los padres asesinos que llevan a sus hijitos de paragolpe y nadie dice nada. Si tiene un accidente grave en la Banda se muere porque primero te trasladan al fantuoso hospital donde no tienen un madico

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  3. El tema de los accidentes de tránsito y la seguridad vial es muy complejo, por la cantidad de factores que intervienen en su gestión. Lamentablemente, tanto el razonamiento como el análisis que la gente hace cuando opina sobre el tema son generalmente intuitivos y simplistas, generando las condiciones para que en La Argentina tengamos 44 millones de expertos en accidentalidad y seguridad vial.
    En el caso de los accidentes, no existe en el país capacidad para investigar su causalidad (que generalmente es una combinación de sucesos concurrentes, algunos de ellos fortuitos, otros por errores, muchos por incapacidad de conducción y algunos intencionales), que deriva en la pérdida del equilibrio en el desplazamiento de un vehículo.
    Como resultado de esa limitación para investigar la causalidad de un accidente, se
    concentra la atención en identificar y registrar solo las "consecuencias visibles" posteriores a la ocurrencia del evento (despiste, choque, vuelco, etc.), que son el resultado de esa pérdida de control (que es el verdadero accidente) causado por sucesos que ocurrieron dentro del vehículo, que son muy difíciles de identificar.
    Para compensar esa falta de datos de causalidad, tanto las autoridades, como el periodismo, doña Rosa y don José y todos los demás expertos entre los 44millones de argentinos, especulan presuponiendo imprudencia. temeridad, alcoholización, y la consabida "seguramente se habrá dormido". Se sorprenderá el lector al saber que en la realidad, los accidentes que resultan de esas causas actuando de manera individual son una infinitésima parte de todos los registrados.
    Yendo a los conceptos del artículo, que considero que tiene varios argumentos sólidos, es cierto que en países con prestaciones socializadas (que se pagan con los impuestos de todos) las lesiones y sus consecuencias resultan una carga para los que pagan impuestos. Sin embargo, en países donde las consecuencias las paga la persona, o su seguro, es mucho más lógico el argumento de que no debería ser el "papá Estado" el que tenga que imponer medidas para cuidar la integridad de la gente.
    Pero se sorprenderá también el autor, al saber que el costo de todo el aparato de gestión del estado dedicado a implementar y hacer cumplir esas normas impuestas de uso de casco, cinturón, etc., resulta mucho más caro para el que paga impuestos que las lesiones de los desobedientes.
    Finalmente quisiera aclarar un concepto mencionado en el artículo; los cinturones y cascos no colocados no causan accidentes, sino que pueden agravar las consecuencias de los accidentes, que ocurren por otras causas (como ya se comentó).
    En el ejemplo del artículo, el accidente es el evento externo que causó la frenada brusca del colectivo, lleve o no el conductor su casco o cinturón colocado.
    El peor error que el ciudadano común puede cometer es continuar atribuyendo la causalidad de los accidentes a la estupidez y derivados de los conductores. Con ello no solo se equivoca el diagnóstico y nunca se encuentra la cura (evidente en La Argentina), sino que se le saca el lazo a las autoridades incompetentes que no saben gestionar la seguridad vial y que disfrutan y fomentan el cuento del conductor irresponsable para zafar.

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