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ORGULLO El realismo de lo imposible

La Copa del Mundo

“La mayoría de los argentinos, como comunidad jurídica y socialmente organizada, no ha hecho nada para conseguir la copa del mundo”


La verdad, qué quiere que le diga, no me enorgulleció la “conquista” que hizo la Selección Argentina, de la Copa Mundial de Fútbol en Qatar, a fines del año pasado. Me alegré, por supuesto, como millones de argentinos. Pero, oiga, la copa fue obtenida por un grupo de jugadores que nacieron en la Argentina y en su gran mayoría no juegan en el país, porque aquí no hay un solo club que pueda pagar lo que valen. Y de eso no hay cómo estar orgulloso.
El diccionario trae dos acepciones de la palabra orgullo, una es: “Exceso de estimación hacia uno mismo y hacia los propios méritos por los cuales la persona se cree superior a los demás”. Y la otra: “Sentimiento de satisfacción hacia algo propio o cercano a uno que se considera meritorio”. Bajo ninguna de las dos acepciones cabe el orgullo futbolístico de la Selección que ganó la Copa Mundial.
La mayoría de los argentinos, como comunidad jurídica y socialmente organizada, no ha hecho nada para conseguir la copa del mundo más que mirar los partidos por la televisión, cómodamente sentados, sin sudar ni un cachito así para hacer un gol. Orgullo sentirán quizás los jugadores, los técnicos, los allegados al equipo. Lo del resto es alegría, satisfacción, contento por una película de suspenso de la tele que duró unos cuantos días de fines del año pasado y terminó bien.
Pero, mire, en todos los barrios humildes del país florecen merenderos en que los pobres comen o llevan un recipiente para que les entreguen alimentos. Quienes los reciben deben tener, necesariamente, el orgullo hecho pedazos. Para sentirnos orgullosos como sociedad, deberíamos acabar con esos comedores, en los que miles de grandes y chicos se alimentan todos los días. Esa debería ser la meta de todos nosotros.
Lo más difícil de lograr para la moderna sociedad argentina, es que todos los chicos coman en la casa, con el papá y la mamá, alimentos preparados en la propia cocina, con frutas y verduras de estación. Lograrlo implica que los argentinos tengan la oportunidad de conseguir un trabajo digno, en blanco y con todas las horas trabajadas y pagadas como corresponde.
Comer en la casa era algo común y corriente para los argentinos hasta principios de la década del 80, por poner una fecha. Hoy sería un triunfo maravilloso y casi de milagro si dentro de diez años volvemos a ese modesto logro. Significaría que hemos derrotado no solamente la inflación sino la parálisis en la actividad industrial argentina, que crecieron nuestras exportaciones, que volvimos a ser considerados en el mundo como proveedores de productos manufacturados o de materias primas, que el comercio, la industria, el agro no paran de desarrollarse y producir riquezas.
Deberíamos comprometernos todos, eso sí, porque los grandes logros suelen costar sacrificios: no será fácil recuperar los mercados que perdimos, las fábricas que cerramos, las escuelas que desechamos solamente con el esfuerzo de unos pocos. Las grandes guerras de la humanidad no la lograron solamente los ejércitos en el campo de batalla, sino la sociedad que acompañó a los soldados por detrás. La independencia argentina no la consiguieron solamente Manuel Belgrano, José de San Martín, por nombrar solamente dos héroes, con sus oficiales y milicias, sino también el resto de los proto argentinos de entonces, convencidos de que ese era el mejor camino.
Sin embargo, ponernos de acuerdo sea quizás lo más difícil de todo. Debemos olvidar una vida de mutuos agravios, de insultos, de vanas discusiones, de ofensas gratuitas, de peleas por ver quién aportó más muertos a la historia, de pequeñas disputas ideológicas de entrecasa, de eternas discusiones por guerras libradas en las antípodas, de nuestras minúsculas reyertas porque Rosas sí, Sarmiento no o al revés. Dejemos que los muertos entierren a sus muertos, nosotros nos dediquemos a algo más productivo.
Una vez que decidamos el camino entre todos, no va a ser difícil seguirlo, porque otro tuvo la idea y el resto la perfeccionó, pero de buena fe, sin mezquindad, con aportes positivos, sin chicanas de discusión de almacén. Será el día que los políticos no salgan todos los días a la calle con la faca bajo el poncho para destrozar a los que piensan distinto porque están equivocados de principio a fin, como creen ahora. Tampoco necesitarán custodia especial ni auto oficial ni que les paguen gastos de representación porque todos debemos arremangarnos de la misma forma.
Un día cualquiera, cuando ya haya pasado un tiempo con esta nueva política, nos daremos con que desaparecieron los merenderos infantiles sin que nos diéramos cuenta, ya no hubo necesidad de ellos, la gente no necesitará humillarse por un plato de comida. Habrá pobres, por supuesto, como en todos los tiempos de todas las naciones, pero no necesitarán ir por la calle revisando los tachos de basura para hallar algo de comer.
Entonces podríamos sentirnos orgullosos de lo que hemos logrado entre todos los argentinos, porque nos metimos en un berenjenal hórrido y después salimos todos juntos con trabajo, con muchos sacrificios quizás, cumpliendo las leyes el obrero y el patrón.
Quién les dice que, para ese tiempo, cada vez que hagamos un reclamo por las Malvinas, los ingleses ya no hablen de la autodeterminación de los isleños, porque quizás teman que prefieran ser argentinos, no británicos.
Dicho con palabras de la década del 60, seamos realistas, pidamos lo imposible.
©Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. Utopía se llama Juancho.

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  2. Excelente artículo y reflexión, Juan Manuel. Desde la primera a la última palabra. Pienso que la sociedad argentina ha perdido la confianza en lo que puede alcanzar por esfuerzo individual y colectivo y esa condición la orienta a buscar orgullo en logros ajenos. Como consecuencia le asigna la categoría de "gesta patriótica" a cualquier logro de trascendencia en el exterior, de argentinos que viven y trabajan en el exterior, ante la dificultad de alcanzar esos logros en el país. Y salen las banderas a flamear por las calles en desfiles interminables, las mismas banderas que se esconden en las fechas patrias, esas fechas patrias en las que los alumnos protestan si en vez de feriado tienen que ir a un acto y desfile.
    Yo recuerdo cuando el "orgullo" era un de los siete pecados capitales, y más bien se buscaba la virtud en la "modestia".

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  3. Eso de que todos comían en su casa es una expresión de deseos dirigida al pasado. Debería haberse dicho, " donde todos estaban en su casa, pero muchos no comían". El hambre tiene mucha más antigüedad que el año 1980, viene desde mucho, pero mucho más atrás. No existían los merenderos, ni los comedores, pero el hambre SI existía. Y no es bueno, que el país aumente sus exportaciones de materia prima. El fracaso de Argentina, reside en que nunca se pudo o se quiso salir del modelo agroexportador; no se quiso, o no se pudo salir de ese modelo. Y me remito a lo dicho por Belgrano, por el Belgrano abogado, no por el militar forzado por las circunstancias " Los países que exportan materia prima, siembran en sus países el hambre y la desocupación. Argentina, no debe exportar cueros, debe exportar zapatos" Pero evidentemente a muchos les convenía que Argentina siga exportando carne y trigo. Ese sector ganó, con el fraude patriótico o a través de los golpes de Estado. Últimamente con el dominio casi total de los medios de comunicación, y con el gran capital concentrado. Y Belgrano ? ...ha...era un abnegado y honesto militar...murió pobre...paro los que le siguieron no.

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