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LEYENDA Chau, chau, adiós Lapachona

Lapacho florecido, en una imagen de Fernando Montes de Oca

Origen y significado de un cuento que pasó de abuelas a hijas y a nietas y sigue dando vueltas en la ciudad del Estero

Una leyenda que circuló muy poco tiempo en Santiago es la de la “Lapachona”, especie de ser de color lila y sexo indefinido que se paseaba por la calle Urquiza, de la Olaechea a la Belgrano, yendo y viniendo, con los ojos perdidos, sumido, o sumida en quién sabe qué ensoñaciones mágicas. No molestaba los peatones, no les pedía plata, no les insinuaba nada. De alguna manera, los vecinos de la vieja ciudad de Santiago del Estero, se percataron de que le gustaban los globos del color de la flor del lapacho, y se los regalaban a su paso por el frente de sus casas.
De esta amable historia se acordaban las abuelas de señoras que hoy son a su vez, respetables abuelas y de vez en cuando se reúnen en cierta confitería del centro a tomar el té con masitas. Alguna vez surgió la conversación sobre este ser magnífico que recorría la Urquiza, hijo —o hija, nadie sabe muy bien— de una familia conocida, respetable y distinguida de la ciudad. ¿Qué tenía de particular la Lapachona?, nadie sabría responder con seguridad, sólo se sabe que era una aparición, un espectro de otros espectros que circulaban en la vieja ciudad que alguna vez fue Santiago del Estero. Nadie se tomó tampoco el trabajo de averiguar si la calle Urquiza fue sembrada de lapachos para dar justificación y sentido a la aparición aquella o si ya existían los lapachos y por eso fue que tomó su nombre la leyenda menos conocida de la ciudad. Tampoco se sabe bien por qué, esas señoras sonríen con picardía o malicia cuando recuerdan este viejo ser mitológico de una ciudad que desapareció el día que se fue para siempre la confitería Sirocco, la tienda “La Princesa”, Casa Gil, pinturería de Manuel Rodríguez, la sastrería de medida fina de Ángel Sirena, casa Rosa, el bazar Ollantay o los grandes espectáculos de Ottineti y Carrillo que un día estaban donde siempre habían estado y al siguiente, chau, chau adiós.
¿Qué pedía la Lapachona?, ¿qué quería?, ¿por qué es tan recordada?, chi lo sa. En todo caso, ¿por qué es una leyenda y no un simple cuento perdido en los pliegues de los recuerdos personales de una familia cualquiera? Es un misterio que algún día convocará a los historiadores a dar una respuesta definitiva.
Endemientras, algunas madrugadas, a la hora en que los últimos parroquianos de la Roca se van a dormir, entre los grillos mal dormidos y el alba sucedánea, suele aparecer este ser legendario, vestido de lila, gritando: “¡Ay, ay, ay!”, saltando de aquí para allá, corriendo a esconderse entre las arcadas de Santo Domingo o metiéndose presuroso en la casa que fuera de los Tahuil, como una sombra de arcanos de la ciudad que nunca terminó de ser.


Entre lo poco que se sabe de ella —o él— finalmente, es que invocarla trae suerte, quien la menta recibirá una gran herencia o al menos un par de zapatos del finado, gana el Quini o la lotería de cartones que organiza la parroquia, hallará un gran amor a la vuelta de la esquina, lo invitarán a una agradable jornada de pesca en el río Utis, o algo.
Por las dudas, al leer esta nota, invóquela con mucha convicción amigo, es posible que acuda a solucionar algunos de los problemas que le tienden, cual trampa para zorros, la vida, el trabajo, el amor o las pesadas finanzas de estos últimos tiempos, más complicados que intentar gárgaras con talco.
Juan Manuel Aragón
A 24 de octubre del 2024, frente a la escuela Normal. Aguaitando la paloma.
Ramírez de Velasco®

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