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RELATO El mutfí Ahmad y la llave del Tesoro

Mujer árabe

“Al llegar al Palacio lo revisaron para cerciorarse de que no llevaba nada, pero no le miraron la mano izquierda…”

Lo poco que se sabe de la familia del mutfí Ahmad es que vivía en un barrio a la orilla de una ciudad ni muy extensa ni muy pequeña. Era, además, el administrador del tesoro público; es decir, tenía en su poder la llave que guardaba las monedas de oro aportadas por su gente, que luego el gobierno usaría, entre otras cosas, para que siguiera funcionando la rueda del molino que todos usaban para moler el trigo en el arroyo Wadi Al-Nur.
Un día se demoró. Eran las nueve de la mañana y no había llegado; los empleados del palacio pensaron que quizás se había detenido en la casa de Sara, su querida (aunque se decía que también llevaba luz a la vida de otros hombres más importantes que él; lo cierto es que era solamente suya, con un amor impropio, pues él estaba casado). A las diez creyeron que, para reponer fuerzas, quizás había quedado en un café o en una fonda. A las once alguien dijo que era muy posible que, la noche anterior, hubiera vuelto al cofre para sacar todas las monedas de oro, y entonces el gobernador Qais ibn al-Mulawwah ordenó custodiar las puertas para apresarlo en cuanto entrara.
Lo cierto es que era un hombre muy distraído: había estado pensando en una fatwa (que en aquel lugar era una sentencia sobre asuntos que a nadie importaban de la ley islámica) cuando se perdió en los montes. Anduvo todo el día perdido y, al caer la tarde, halló el camino a su casa. Uno de sus sirvientes le contó que se decía que se había alzado con el tesoro, aprovechándose de que tenía la llave, sin la cual no era posible abrirlo. Se indignó con la ira de los justos al oír semejante patraña.
A la mañana siguiente, aprovechando que era un hombre de pequeña estatura, se disfrazó de mujer para entrar a la ciudad. Una vez adentro, observó que el gobernador había reforzado los guardias del Palacio de Gobierno. Haciendo su voz lo más femenina que pudo, sedujo a uno de los guardias, entró, luego le dio un golpe para desmayarlo y se encaminó al lugar donde estaba su antiguo puesto de trabajo. Antes de entrar, se descubrió y entró vestido de hombre, como quien era. Al verlo, sus antiguos funcionarios, que habían esparcido la noticia de que se había mandado a mudar con las riquezas, se sorprendieron. Luego de reprocharles su conducta, dejó caer en sus escritorios puñados de llaves y les dijo:
—Ahí tienen, si quieren abrir la caja.
Luego se encaminó a la oficina de al-Mulawwah para comunicarle su renuncia. Y volvió a su casa. Sus antiguos trabajadores estuvieron todo el día intentando abrir el arcón empotrado en una pared con las llaves que les había entregado, pero ninguna andaba. A la semana, luego de infructuosos intentos de hacer coincidir una, lo mandaron a llamar. Al llegar al Palacio lo revisaron para cerciorarse de que no llevaba nada, pero no le miraron la mano izquierda, en la que llevaba apretada la verdadera, que era pequeña como un escarabajo.
Entró solo a la habitación, sacó una moneda y, al salir, la mostró como prueba de que él sabía abrir el cofre solo con sus manos (aunque era mentira). El gobernador le devolvió su cargo de tesorero.
Otra mañana que no llegaba no lo buscaron; esa vez estuvieron seguros de que se había demorado en el camino. Ese día no fue a trabajar, al siguiente tampoco, y al otro, cuando fueron a su casa, se dieron con que no estaba ni él ni su esposa ni sus sirvientes. Los buscaron por los alrededores, pero tampoco los hallaron. La noticia cundió por la región y los buscaron también en otras ciudades, sin dar con su paradero.
Al tiempo, cuando abrieron a la fuerza la caja del Tesoro, se dieron con que estaba vacía. Solamente hallaron un papel que decía:
نَّ اللَّهَ يَأْمُرُكُمْ أَنْ تُؤَدُّوا الْأَمَانَاتِ إِلَىٰ أَهْلِهَا وَإِذَا حَكَمْتُمْ بَيْنَ النَّاسِ أَنْ تَحْكُمُوا بِالْعَدْلِ
(سورة النساء، ٤:٥٨) 
“Ciertamente, Alá os ordena devolver los depósitos a sus dueños y que, cuando juzguéis entre las personas, lo hagáis con justicia” (Surat al-Nisa, 4:58).
Y nunca más volvió a aquel lugar. Hay quienes dicen haberlo visto en el puerto de Marsella, en un barco que iba a América; otros sostienen haberlo visto mendigando en algún lugar entre Medina y Tetuán. Dicen —pero nadie lo sabe a ciencia cierta— que, en aquel tiempo, también se ausentó para siempre Sara, pero a ella nadie la busca.
Nunca nadie dijo que, en la parte de atrás del papel, en letra más pequeña, había agregado: “La llave nunca estuvo en mis manos, sino en su confianza”.
Hay más historias del mutfí Ahmad. Algún día se irán contando en este mismo sitio. Por hoy suficiente.
Alá es grande.
Juan Manuel Aragón
A 4 de agosto del 2025, en La Mesada. Visitando al tío Arturo.
Ramírez de Velasco®

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