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CRÓNICA Los fantásticos Reyes Magos

Los Reyes Magos, a mdo de ilustración nomás

La que sigue ocurrió realmente, hay fotografías que se tomaron esa noche cuando a la casa de mis abuelos llegaron visitas inesperadas


Aquel año ocurrió algo fantástico en el campo de mi abuelo, bosque adentro de Santiago. Si es de los que creen en que los acontecimientos más asombrosos se producen en el lugar menos pensado y de una forma en que nadie se imaginaría, siga adelante con la lectura de este escrito, si no, para qué. Hay asuntos que, si los analiza mucho, si los piensa con cuidado, terminará convirtiéndose en un escéptico, de los que todo lo saben, pero no creen en nada.
Resulta que después de Año Nuevo siempre llegábamos de visita a Sol de Mayo, departamento Jiménez, durante el resto de las vacaciones de verano, a veces hasta con varios amigos, mis abuelos siempre estaban felices de recibirnos, como que los alegraba tener la enorme casa aquella, llena de chicos.
No sé por qué, en casa, los regalos que traía el Niño Dios eran más importantes que los de los Reyes Magos, como que, con tanto gasto, terminaban el aguinaldo y regalaban, con suerte, una pelota para los varones y un juego de té de plástico para las mujeres. Y chau.
Mi abuelo era muy alegre, siempre con un chiste a flor de labios, con salidas ingeniosas, afable, cordial, simpático y muy buena gente. De esos viejos de antes, que amaban a los nietos sin ser empalagosos. Mi abuela era más seria y también cariñosa como los antiguos, haciendo el postre que le gustaba a un nieto, tejiendo un suéter para una nieta, agasajos siempre bienvenidos, como corresponde.
Todos los años preparaba una capa de alfa, una palangana con agua, pan y picadillo en lata, y se los dejábamos a los Reyes Magos para que comieran los camellos y el caballo de Baltasar, el morocho y yantaran ellos también che, porque debían venir con hambre.
Ese 5 de enero, no bien oscureció, puso su sillón y el de la abuela en una parte del patio que se había regado temprano para que estuviera fresquita, instaló una mesa, sacó una cerveza para los grandes y una Cocacola con galletitas Criollitas para la nietada. De adulto entendí que muchas de sus tradiciones eran una manera de acortar el día, con tanto chico dando vueltas por todos lados.
La cosa es que esa vez, ni bien nos sentamos en el patio, al lado de las otras apareció una estrella más brillante que el resto. Mi abuela, sabedora de muchos secretos del cielo, dijo que no la conocía y, por las dudas, se persignó. La estrella se fue agrandando, más y más, como que se venía acercando a toda velocidad. De repente, para el lado del calicanto se hizo de día y todos, chicos y grandes salimos corriendo a ver qué era.
Si cree, amigo, bien, si no, no me importa, pero iluminados por una especie de nube blanca, había tres viejos de barba, dos en camello y uno de a caballo. Mi abuelo, que había llegado junto a nosotros, los invitó a apearse y a pasar. La gente de antes y los campesinos, ya se sabe, son gente muy hospitalaria. Los viajeros desmontaron y se encaminaron con nosotros a la casa.
Para hacer alcanzar la comida, mi abuela estaba agregando carne a una olla en la que estaba cocinando un guisito de arroz y salió secándose las manos con el delantal, antes de saludar a esa gente que había llegado.
Nosotros los observábamos con mucho asombro. Le digo, la mitad de los hermanos sabíamos el secreto profundo de los Reyes Magos, los más chicos seguían creyendo, pero todos estábamos abriendo la boca, imaginesé. Hasta los viejos.
Mi abuelo nos mandó con mi hermano Eufemiano a que les diéramos agua a los animales en el bateón del surgente, nos acompañó el más rubialo de los tres. Después desensilló los camellos y el caballo, y los dejó en la pesebrera con un poco de maíz que le dimos, para que repusieran fuerzas.
Cuando volvimos, la cena estaba servida y mis abuelos conversaban animadamente con los recién llegados. En ese tiempo los chicos no hablábamos en la mesa, debíamos estar callados y solamente respondíamos si nos preguntaban algo, una sana costumbre que se ha perdido. Los viejos hablaron de un montón de cosas, todas interesantes, pero hace tanto ya, que no me acuerdo, vea, si le digo le miento.
De todo lo que hablaron los grandes esa noche, recuerdo que mi abuelo les dijo que sus animales estaban medio charcones, que si querían los podían dejar para hacerlos engordar en el cerco grande, con un hermoso pasto ruso, pero le dijeron que no, que muchas gracias, que se marcharían al día siguiente tempranito.
Mi abuela quiso tenderles unos catres en el patio, para que durmieran fresquitos, pero tampoco quisieron: pusieron unas mantas en el suelo y se acostaron muy tarde, cerca de los palos borrachos.
Antes, mi hermana María, que tenía una máquina de fotos, de esas con un cubito arriba haciendo de flash, sacó dos o tres, muchos años estuvieron en el living de casa, en un marco que compró mi mamá.
Al día siguiente, cuando nos levantamos, ya no estaban, corrimos a ver qué nos habían dejado, pero eran los mismos regalos de todos los años, una pelota de goma para los varones y algo, no sé qué para las mujeres.
Mi abuelo protestaba porque los animales habían comido mucho maíz y tendría que comprar más para las gallinas. Y mi abuela estaba encantada porque le alabaron el guisito de arroz y le dijeron que era una cocinera celestial, con decirle que siempre que salía el tema, recordaba aquello.
Ayer, antes de escribir esta nota, la hablé a mi hermana María, que vive en Tucumán, para preguntarle de las fotos, así ilustraba la nota y me dijo que uf, ella las tenía porque mi mamá se las regaló cuando se casó con Raúl, pero tenía que buscarlas porque estaban guardadas en su casa, quién sabe en qué ropero.
Bueno, no sale la crónica con esas fotos, como me hubiera gustado. Pero nadie va a dudar de que conté la pura verdad. Si bien mi abuelo y mi abuela ya no están para confirmarlo, cualquiera de mis hermanos le dirá que fue exactamente así y agregarán anécdotas de esa noche, porque son tantos años que de algunos detalles seguro que me olvidé.
©Juan Manuel Aragón
A 10 de enero del 2024, en Bajo Alegre. Tirando la taba

Comentarios

  1. Me gustó este relato...parece que fuera cierto

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  2. Excelente Relato Jusn Manuel

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  3. Me encantó!!Fué como si lo estuviese viviendo.!!La mesa familiar y la alegría compartida entre niños y adultos y esa hermosa,("su relato" )visita de los tres reyes tan esperados.

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