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DICHOS Los aztecas, los incas y los barcos

Oscuro maceta, apero santiagueño y bocado de chúcaro

“En los ojos de los abuelos gringos había pueblos blancos como los que se ve en películas, en postales de quimera…”

Dice el viejo y repetido chiste que los mejicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas y nosotros, los argentinos, de los barcos (la frase quizás sea de Octavio Paz, lo más probable es que no, pero para parecer inteligentes muchos se la atribuyen, sin citar dónde o cuándo la dijo). En Santiago hay muchos descendientes de los barcos, nos delata el apellido, el color de la tez, alguna seña particular que muy bien conocemos y que a veces nombramos en voz baja, para no ofender, las pecas de uno, el pelo amarillento de otro, los ojos negros y profundos de algunas mujeres.
Todo lleva a pensar en que, en una de esas mire usté si no son un pueblo con nostalgias del mar, con antiguos sueños de navíos surcando las aguas del lejano Mediterráneo, del Atlántico Norte, tirando las redes en medio de un azul profundo, con la ilusión de grandes cardúmenes haciendo que regresen casi hasta el tope, a punto de hundirse. En los ojos de los abuelos gringos había pueblos blancos como los que se ve en películas, en postales de quimera, de una belleza cabalmente homérica.
Esos antepasados aquí se dieron con un paisaje pardo y árido, poblado de plantas con espinas, salitroso, con ardientes soles de estío y resecos inviernos, duros y fríos. Deshabitados.
Más allá de las historias de hacerse la América, salteando los relatos de superación y trabajo, porque algunos cambiaron de aire, pero nunca llegaron a ser ricos ni mucho menos, algunos deben haber sentido en el alma la ausencia de la costa, las gaviotas y el ruido de las olas contra la escollera del muelle del pueblo distante en El Líbano, Israel, Turquía, Grecia, Albania, Italia, Francia, España, Portugal, Marruecos, Libia, Egipto.
Y cuántos más que vinieron a agrandar esta patria con sus alegrías, su sudor y su sangre.
Algunos —ferrocarril mediante — se desperdigaron como reguero en las vías de tantos pueblos con nombres eufónicos que los ampararon cual hijos. Otros se establecieron en cercanías de grandes ciudades y todos se hicieron criollos de lugares tan distantes como Nueva Esperanza, Sumampa, Selva, Tinajeras, Monte Quemado, El Zanjón, Frías, Salavina, San Pedro de Guasayán, Arbolitos. Sitios que casualmente registran la más absoluta ausencia del mar, sus olas, sus tradiciones, cantares, su brava marinería.
Debe ser por eso que muchas veces los santiagueños permanecen expectantes y callados, absortos en la lejanía de la otra cuadra o del bosque cercano, o quizás extasiados ante la magnificencia de las salinas siempre solas. Llevan en las venas la añoranza de un tiempo que fue de sus abuelos, les duele la ausencia del barquito, se extrañan sin saber por qué, de la confianza de las mujeres que aguaitan en la orilla, esperanzadas en un buen día de pesca. En cambio, tienen una llanura inmensa, moteada con islas de algarrobos negros, chaguares, tuscas, chañares y quebrachos, el duro mistol, el ardiente churqui.
A lo lejos, allá, a la izquierda de ese bosquecito, como un barco sin vela, ¿lo ve?, un solitario y triste suri busca bichos para comer en esta jubilosa y límpida mañana de junio.
Por la pantalla de la computadora pasan, nube de adivinanza, los desconocidos rostros color sepia de los bisabuelos.
El aire resplandeciente trae frescura de escarcha.
Juan Manuel Aragón
A 5 de junio del 2025, en el Urueña. Chimpando soledades.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Muchos se bajaron de os barcos(el 90% se pudo a laburar)el resto se subio a los arboles y los matorrales como cabras y se dedicaron a depredar.............

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