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VALENTÍN Ni santo ni católico

Valentín

La Iglesia, después del Concilio Vaticano II, decidió excluir de la lista al patrono de los enamorados; los católicos no tienen qué festejar


San Valentín no fue ni santo ni católico. Mejor dicho, sí fue, pero ya no es. Oiga ¿cómo dice? Bueno, después del Concilio Vaticano II, se comprobó que supuestamente mucha gente veneraba el recuerdo de santos cuya existencia no estaba debidamente comprobada. Entre ellos figuraban Santa Bárbara, Santa Verónica, San Cristóbal, Santa Úrsula, el popularísimo San Jorge y San Valentín, el de los bombones, los regalitos y el amor. Pero hubo más, fueron 33 los “desantificados”, por llamarlos de alguna manera o “tumbados de los altares”.
La mayoría eran muy populares en la Iglesia Oriental, y casi todos nacidos en lo que hoy es Turquía. ¿Qué dijo la Iglesia en ese momento? Bueno, su existencia no estaba debidamente comprobada, lo mismo que su santidad, había más de una biografía, digamos oficial, para muchos de ellos y algunas eran difusas o directamente contradictorias. La gente que les rezaba pidiendo su intercesión para conceder alguna gracia, desde ese día quedó completamente en orsai, como que le están pidiendo una tabla de salvación a alguien que no se las dará, simplemente porque no existió o no era santo o no se sabe bien qué hizo de su vida.
Los “desantificados” venían siendo recordados por muchos fieles católicos alrededor del mundo, desde los primeros tiempos de la Iglesia Católica, eran parte de una tradición que se conservaba intacta. Como muchas tradiciones, el “buenos días” de la mañana, ceder el paso a las damas, comer con la boca cerrada, no se sabe muy bien de dónde venían, ahí estaban. Era más fácil dejarlas como estaban, pues hacían bien a mucha gente y no había necesidad de quitarlos.
Pero el Concilio Vaticano, vino a “aggiornar” la Iglesia, un italianismo que significa “actualizarse”, “modernizarse”, “ponerse al día”. Y los Papas, desde Juan XXIII hasta Francisco, se dedicaron, con una prolijidad digna de mejores causas, a destruir la tradición de la Iglesia para “ponerla al día”, “darle un rostro más humano”. Al revisar el santoral, se dieron con que había santos que lo eran solamente por la tradición, chau, los borraron de un plumazo. Eso es el odio a la tradición.
Sería de esperar que, en una sociedad preferentemente católica, nadie celebrará el día de San Valentín. Sería más o menos como afrentar a sus propias creencias, cuyas máximas autoridades decidieron suprimirlo de las hagiografías oficiales. Es como recordar al tatarabuelo, luego de que los mayores en la familia determinaron que no era tatarabuelo, no era un buen tipo y no se sabe siquiera si existió.
Salvo, claro está, que usted sea un tradicionalista acérrimo, siga yendo a misa en latín, comulgue en la boca y de rodillas y su señora se ponga mantilla para entrar al templo, como mandó Santo Tomás, una norma que jamás fue abolida por la Iglesia Católica. 
Ah, ¿pero usted está con el modernismo?, ¿qué va a festejar el 14 de febrero, ahora que sabe que la Iglesia Católica repudió a san Valentín?, ¿a nombre de qué besará a su señora, a su novia, a la otra?
Por supuesto que usted amigo, hará lo que quiera, las contradicciones de su vida con lo que solía marcar la Iglesia en el Catecismo no tienen importancia, como se lo dirá cualquier cura de la Catedral, San Francisco o La Inmaculada. Así que vaya, festeje el día de San Valentín, tal como le indican los comerciantes, comprándoles macanitas. Y si mañana se pone de moda festejar a Belcebú, ni siquiera le pregunte a un curavaya y tome unos tragos en su nombre. Total, todo está permitido, el Diablo no existe según el Papa y todos se van a salvar si son buenas personas.
©Juan Manuel Aragón
A 10 de febrero del 2024, en Los Núñez. Sembrando maíz

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