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CRÓNICAS Ah, los obituarios

Redacción con máquina antigua

La redacción de una noticia sobre un muerto reciente era una de las artes periodísticas que sucumbió cuando los diarios de papel empezaron a ser recuerdo


En el tiempo en que existían los diarios, había una sección algo difusa, la de los obituarios, que es la crónica o el comentario de la noticia de alguien que ha muerto hace poco. Si el finado era un caracterizado deportista, alguien de la sección Deportes debía redactar unas líneas para recordar al finado, si era político, la tarea recaía en alguno de los periodistas de ese sector, y así.
Como casi todo en los diarios, el obituario se escribía a toda velocidad, no había tiempo de pensar mucho, unas líneas describiendo la personalidad del finado, resaltar sus rasgos más salientes, referirse al vacío que dejaba en el seno de la actividad que había desarrollado, algo que había aportado, un toque final y chau.
En esos tiempos no había internet para preguntarle la biografía del muerto, se confiaba más que nada en la habilidad y la memoria del periodista para redactar una nota que lo recordase más o menos cabalmente.
Como el fin de la vida de la gente suele ser demoroso, solía suceder que los más jóvenes de una redacción no habían conocido tanto al fiambre como para escribir algo, la tarea recaía entonces en los más veteranos, que guardaban recuerdos de sus goles si había sido futbolista, de sus luchas civiles en el caso de políticos, sus canciones o interpretaciones más celebradas en el caso de músicos.
Se entiende, era una crónica liviana, escrita al galope, una semblanza a veces algo vaga o difusa, porque había mucho que el muerto había abandonado la liga de “veteranos”, para revistar en la de “retirados”. Por otro lado, los lectores no esperaban mucho más del obituario, una nota para resaltar que su personaje principal había sido alguien importante y no un aviso fúnebre o un González más de la guía de teléfonos.
Si había tiempo, el cronista se tomaba el trabajo de ir al velorio, agarrar a algún pariente del difunto y preguntarle sobre su biografía, porque, aunque no se crea, muchas veces el finado era conocido solamente por su apodo y eso que lo había hecho conocido o famoso, pero se ignoraba dónde y cuándo había nacido, en qué barrio se había criado, si era casado o soltero, cuántos hijos tenía. En esos casos la crónica salía un poco más redondita.
Después, algún amigo, un conocido, un admirador, un alumno, un pariente, recordaría con palabras certeras la vida, obra y milagros del ñato, sus logros, sus sueños, sus trabajos, sus desvelos, sus amores y desamores, con más enjundia digamos. Pero esta otra sería una crónica que saldría, pongalé, al cabo de año o en el aniversario de cumpleaños del otro.
La tentación del cronista, muchas veces, era hacer un obituario autorreferencial. Eran esas notas que comenzaban diciendo: “Cuando lo conocí a Fulano, yo era un pobre infeliz que no sabía nada de Tal Cosa, él fue quien me prestó el primer libro de Esa Cosa y entonces me convertí en la gran persona que soy ahora”. Luego continuaba lanzándose flores a dos manos, con el muerto haciendo de fría excusa para el autobombo del escriba.
Eso no valía, amigo. Si le daban el encargo de escribir de otro, debía escribir del otro, alabarlo de manera sobria, elegante y sencilla, siempre teniendo en cuenta que usted no era el muerto. En todo caso, si lo merecía, ya tendría su lugar en el obituario cuando se muriera, pero ahora debía escribir sobre el muerto, concentrarse en él.
El consejo que alguna vez daban los viejos habitantes de las redacciones de los diarios, era primero precisar quién se había muerto y las razones por las que merecía una nota, luego ofrecer algunas otras referencias comprobables de su vida, como quiénes habían sido sus maestros, dónde se había formado, alguna anécdota liviana que lo dejara bien parado, una reseña sobre la pérdida que sufría la actividad en que se había destacado y palabras de consuelo para dar fuerzas a los que quedaban. Palo y a la bolsa.
A pesar de que antes de desaparecer, los diarios ya no acostumbraban a traer obituarios, quizás por falta de personal, tal vez porque no les movía el amperímetro de las ventas, al menos su existencia esperanzaba en que algún conocido quizás se llegase con una notita recordando al finado, aunque sea hecha muy a la pasada. La de escritor de obituarios es una de las tantas habilidades que se van perdiendo, sobre todo ahora que los diarios de papel perdieron la pelea desigual contra los memes, el streaming (como quiera que se escriba o se pronuncie), los nauseabundos portales, el omnipresente Netflix, o los dibujitos y filmaciones que la sociedad moderna propone para estupidizar de manera certera y eficaz a las masas, ávidas de emociones fuertes y aventuras estrafalarias, siempre que quepan en su telefonito de mano.
©Juan Manuel Aragón
A 30 de enero del 2024, en Villa Brana. Carneando un cabrito

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