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BOLA De cómo el algoritmo podría hacer Papa a Bokalic

Bokalic consagrando un micrófono

Cualquiera puede ser ungido, al menos es lo que se piensa en estos pagos, tan lejos de los corrillos del Vaticano

El algoritmo funciona todo el día: mientras usted está en su casa o en el trabajo, compra un chipaco en la esquina o saca dinero del cajero, se baña o llena planillas en la oficina, toma el colectivo para ir al centro o arranca la moto, se corta las uñas de los pies o enciende la hornalla para preparar un mate cocido, mira su WhatsApp para ver si la otra (agendada como “Señor Carpintero”) le mandó un mensaje o se escapa de la oficina para hacer un trámite, ama a su señora o toma un café con amigos en Bonafide, acaricia a sus hijos o apuesta mil pesos al 22 a la cabeza en la agencia Argañaraz. No para, el guacho.
¿Cómo dice?
Varios portales de internet de Santiago, casi como un chiste, lanzaron el nombre de Vicente Bokalic Iglic como posible candidato a Papa. Uno, porque es cardenal, como todos los demás; dos, porque, al serlo, perfectamente podría ser ungido Papa. Y la bola empezó a crecer. A las pocas horas, algunos medios de provincias vecinas —Tucumán, Córdoba, Salta— lo tomaron, y la bola se hizo más grande. Días después, los periodistas de Buenos Aires también lo incluyeron entre los posibles papables, de modo que, a esta altura, es todo un pretendiente con muchas chances.
Y sigue creciendo.
En cualquier momento, el Corriere della Sera o el mismísimo L’Osservatore Romano, periódico oficial de la Santa Sede, lo publican en portada, nombrándolo como el preferido de todo el mundo. Quién le dice, ¿no? Como se sabe, los cardenales, en estos días y hasta el 7 de mayo, están en los preparativos. Básicamente, son gente que no se conoce mucho. Orejean las cartas, como quien dice: se miran de soslayo, se guiñan el ojo y, quizás, cuando termina la reunión oficial, se juntan en otro lado, whisky mediante, a ponerse de acuerdo sobre a quién eligen o a quién no. Y no es nada malo, al contrario. Es lo que se espera de gente que, en esencia, no cree en la democracia ni tiene por qué hacerlo. En esas reuniones, por ahí surge el nuestro como una posibilidad.
Por ahí uno opina:
—Che, ¿y si ponemos al de Santiago del Estero? ¿No sería una jugada magistral?
—Claro, como lo nombran tanto, muchos creerán que elegiremos a otro, pero lo ponemos a él y jodemos a los vaticanistas expertos que han surgido por todas partes.
—Seee… hasta un tal Nelson Castro se da de experto.
En ese momento, todos lamentarán el deplorable estado del periodismo argentino.
Desde Santiago, una advertencia: la candidatura de Vicente Bokalic se echó a correr en estos pagos solo porque, matemáticamente, es posible que lo elijan, no porque se sepa que, evangélicamente, sería lo mejor. De hecho, aquí apenas se le conoce la voz, ni en misa ni fuera de ella. Su nombre surgió casi como una broma entre santiagueños, que están muy lejos de conocer los entresijos del poder en los palacios vaticanos, donde, por el momento, se cuece en agua hervida la cáscara del próximo Papa.
Pero, si todos los cardenales usan teléfono, es casi seguro que el algoritmo habrá hecho de las suyas y el nombre de Vicente figurará entre los que suenan para ocupar el trono de San Pedro.
Llegados a este punto, podrían suceder dos cosas. Una: que, como suele ocurrir, el candidato con más posibilidades en los diarios resulte perdedor, justamente por eso, por haberse lanzado antes de tiempo, como pasó cuando eligieron a Francisco, cuando un brasileño era casi número puesto. O también que el que tenía el boleto ganador finalmente gane, como ocurrió con Benedicto XVI, que, más o menos, todos sabían que ganaría. Y ganó.
Si llegara a suceder, todos sabemos que usted no irá a Roma a verlo a Bokalic. No iba a misa aquí, mire si va a viajar casi un día para asistir a una allá, con lo que cuesta el pasaje. Eso sí, muchos empresarios y ricachones sí irán, a ver si logran una foto, aunque sea de lejos, como cualquier cholulo ante la presencia de Luis Miguel.
Va de nuevo: usted no irá porque, por ahí, se cree un pecador que no merece semejante acontecimiento. Ellos sí, ya lo hicieron con Francisco. Y no es que se sientan pecadores o no, sino que, con algoritmo o sin él, no creen ni en Dios ni en nada. Lo saludaron de lejos y Francisco, que no sabía quiénes eran, los saludó también, como a todo el mundo.
Qué otra le quedaba, oiga.
Juan Manuel Aragón
A 29 de abril del 2025, en Hidalgo Solá. Esperándola.
Ramírez de Velasco®


 

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