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1492 ALMANAQUE MUNDIAL Expulsión

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El 1 de agosto de 1492, los Reyes Católicos ordenan la expulsión de los judíos de sus reinos mediante el Edicto de Granada

El 1 de agosto de 1492, los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, ordenaron la expulsión de los judíos de sus reinos mediante el Edicto de Granada, firmado el 31 de marzo de ese año, dando un plazo de cuatro meses para que abandonaran el territorio o se convirtieran al cristianismo. Esta medida, parte de la unificación religiosa y política de España tras la conquista de Granada, buscaba consolidar el poder de la corona y homogeneizar la fe en un contexto de tensiones religiosas y sociales. Miles de judíos partieron al exilio, marcando un hito en la historia ibérica.

Esta decisión culminó un proceso de creciente intolerancia religiosa. Durante siglos, los judíos habían formado comunidades prósperas, contribuyendo a la economía, la cultura y la ciencia. Sin embargo, las tensiones entre cristianos, judíos y musulmanes aumentaron tras la Reconquista. La presión de sectores eclesiásticos y la percepción de los judíos como una influencia distinta en un reino que buscaba unidad religiosa influyeron en la promulgación del edicto.
El Edicto de Granada, firmado en el campamento de Santa Fe tras la conquista del último bastión musulmán, establecía que los judíos debían abandonar Castilla y Aragón antes del 31 de julio de 1492, aunque el plazo se extendió un día más. La medida exigía la conversión al cristianismo como única alternativa para permanecer. Muchos judíos, reacios a abandonar su fe, optaron por el exilio, mientras otros, conocidos como conversos, aceptaron el bautismo, aunque algunos enfrentaron sospechas de practicar su religión en secreto.
La corona justificó la expulsión como un medio para proteger la fe cristiana. Los Reyes Católicos, respaldados por el clero, argumentaban que la presencia judía podía inducir a los cristianos a desviarse de su religión. La reciente creación de la Inquisición en 1478 reforzó esta postura, investigando a los conversos sospechosos de herejía. La unificación religiosa se veía como un pilar para consolidar el poder político en un reino recién unificado tras siglos de fragmentación.
El exilio masivo afectó a decenas de miles de judíos. Estimaciones históricas sugieren que entre 50.000 y 150.000 personas abandonaron los reinos, dirigiéndose a destinos como Portugal, el norte de África, Italia y el Imperio Otomano. Las comunidades sefardíes, como se conocería a los judíos expulsados, llevaron consigo su cultura, idioma y tradiciones, dejando un legado duradero en los lugares de acogida.
La expulsión tuvo un impacto económico significativo. Los judíos, activos en el comercio, la banca y la artesanía, dejaron un vacío en sectores clave. Muchas ciudades, como Toledo y Sevilla, perdieron dinamismo económico. La corona confiscó propiedades de quienes partieron, aunque no siempre logró compensar las pérdidas económicas derivadas de la diáspora.
El proceso de conversión generó tensiones. Los conversos, vigilados por la Inquisición, enfrentaron persecuciones y procesos por supuesta judaización. Esta vigilancia creó un clima de desconfianza que marcó la sociedad española durante siglos. La pureza de sangre, un concepto que discriminaba a los descendientes de judíos, se institucionalizó como criterio social.
La 
decisión de 1492 coincidió con un año crucial para los Reyes Católicos. La conquista de Granada y el viaje de Cristóbal Colón, iniciado el 3 de agosto, reflejaron la ambición de la corona por consolidar su poder y expandir su influencia. La expulsión se enmarcó en este contexto de afirmación política y religiosa.
Las comunidades judías expulsadas enfrentaron grandes dificultades. El viaje al exilio, a menudo en condiciones precarias, resultó en pérdidas humanas y materiales. Sin embargo, los sefardíes lograron establecerse en nuevos territorios, preservando su identidad cultural en lugares como Salónica, Ámsterdam y Constantinopla.
Juan Manuel Aragón
Ramírez de Velasco®

 

 

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