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PAGO Llegó la modernidad, carajo

Imagen tomada por el huyamampeño Jorge Llugdar

Cuáles fueron las señales que anticiparon el cambio del lugar de la infancia, qué hace ahora la gente en esos pueblos


Una de las primeras señales que tuve de que el pago de la infancia había cambiado, fue cuando me di con que habían sacado los palenques para atar los caballos en los almacenes de Balcedo, Ulises y la tía Tutu. Al desmontar me hallé desconcertado, mareado, ¿cómo puede ser?, me preguntaba. Tuve que atar el mancarrón en un poste de luz porque la modernidad llegó con tanta fuerza que —me contaron después— mucha gente se sentía ofendida si hallaba señas de lo que había sido enantes el pueblo.
Todavía hoy los viejos se enojan cuando se les recuerda que en aquellos tiempos vivían tras los ancochis en un caserío desperdigado por aquí y por allá, sin calles trazadas y carros tirados por mulas pasando por lo que ahora vendría a ser el centro, a la vuelta de la cosecha de caña de Tucumán.
Oiga bien, en un lugar rodeado de un bosque interminable, con el que se podrían haber quemado ladrillos para abastecer a todo Santiago y sus alrededores, se levantaban calientes casas hechas con bloques de un cemento que llevaban desde más de 300 kilómetros de distancia porque así lo ordenaba un burócrata de la capital.
El pago caminaba del todamente davueltado y no había más remedio que aguantarlo como venía. Me enteré esa vez, que el comunal había prohibido a la gente tener cabras, ovejas, gallinas, pavos; algunos siguieron teniendo, pero bajo su riesgo, porque algunos vecinos se los robaban y la policía no iba a andar investigando la desaparición de pollos todo el día.
Pusieron una confitería, una confitería en el pago, ¿se da cuenta?, hasta tenía mesas de billar, un metegol y un gran televisor color para mirar los partidos de fútbol. Lo que había caracterizado a ese pueblo, haciéndolo distinto del resto de las villas del mundo entero se había muerto definitivamente.
En un montecito que antes supo ser, al lado del camino que llevaba al cementerio, se estaba levantando uno de los primeros barrios y mucha gente, con la calle que pasaba por frente a sus casas, ahora se animaba a soñar con el asfalto para comunicarse con el mundo, un adelanto que la gente de antes ni se atrevía a soñar, con un poco de ripio se conformaba.
En la comuna habían puesto una cabina de teléfono como la que había en cualquier lugar de la Argentina, la única desventaja es que sus paredes eran endebles y la telefonista oía todas las conversaciones: un amigo contaba que se sospechaba que ahí empezaban casi todos los chismes del pueblo, porque la encargada no dejaba de pintarse las uñas, siempre pegadita a la cabina, poniendo cara de estúpida, como corresponde.
Para ese tiempo que le digo, muchos caracterizados vecinos de pueblos cercanos se habían ido a vivir al pueblo, atraídos quizás por el hospital, la escuela, la policía, la cercanía de los almacenes, el agua que brotaba de las canillas, esas cosas. Ya no tenían cómo criar sus animalitos, su mula, sus dos vacas, sus perros y sus patos y guineas ni tener una zorra para llevar mercadería, pero quién los necesitaba a esa altura de lo que restaba del siglo XX, si todos andaban en motocicletas, camionetas, autos.
Ya no existían los viejos caminos que antes habían sido y por los que habían pasado los bolivianos llevando sus recuas de mula al Potosí y antes que ellos las montoneras, los conquistadores españoles, los chasquis de los indios, cerrados por los alambrados. Sin el bosque que le daba abrigo a la tierra, por todas partes aparecían campos desnudos, con hileras interminables y perfectas de maíz, cártamo o la soja ese forraje para los chanchos de la China, y quién sabe qué otras porquerías que sembraban ahora.

Leer más: Cómo era antes la vida del perro y el quirquincho y por qué cambiaron: una historia increíble

Aquella última vez en ese lugar, volví a la casa que había estado en el medio de un bosque que empezaba en los cerros de Tucumán y terminaba quizás en el Chaco, en el Paraguay o más allá, desensillé el flete, hice mi bolsito y me marché definitivamente, atrás quedaba un mundo que no existía más y cuyos últimos requechos se terminaron de consumir poco tiempo después, cuando aparecieron los telefonitos de mano.
En medio de un coyuyal que atruena las tardes, las vecinas toman el té de las cinco con escones a la sombra del algarrobo, la Jessica y la Gianina se preparan para salir a la noche, morochas como yogurt de petróleo, pero más rubias que Marilyn Monroe y Peter, el loro del aro putea en inglés de Asicana (dice fákiu clarito, viera).
¿No le dije?, llegó la modernidad.
©Juan Manuel Aragón
A 1 de diciembre del 2023, en Arbolitos. Jugando a la pallana

Comentarios

  1. Luego regrsaron las Porteñas al pago, todas agrandadas y sin conocer sus hermanitos ni los animales . Así llegaron las negras nuestras y de entremés y tontúlas le preguntaron a un viejo tío del pago ¿ tiyo, que es ese animalito tan orejudo ? Ave María hija le respondió y dende cuando te has olvidao del nombre , que no te acordás cuando te has criao abriendo la ura sobre la burra ?

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  2. Sos especial,te sigo por rl toque especial sarcástico jaja, y cuantos pueblos se perdieron

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