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LEYENDAS La esquina de las faldas levantadas y María Echate

La Avellaneda, como viniendo de la Independencia

Qué pasa en esta ciudad de viejos corazones cuando se agita la caja de recuerdos y comienzan a resurgir viejas historias casi olvidadas

Sabido es que cuando se embolsa el aire en la esquina de la Avellaneda e Independencia, suele levantar la falda de las mujeres. La leyenda urbana sostiene que los hombres no aprovechan para mirarlas simplemente porque es trampa, hacen como que no las ven porque en cualquier momento las víctimas podrían ser sus propias mujeres —madres, hermanas, esposas, hijas —pasando por ese lugar. En estos tiempos tan cambiantes es posible que se trate solamente de un mito alimentado por los románticos de la ciudad vieja, de tal suerte que ahora haya confiterías con vista a esa importante arteria del centro de Santiago. ¿No hay ni una, dice usted? Eso quiere decir que algunas tradiciones se mantienen intactas, como un faro que alimenta las buenas costumbres del pueblo llano.
Otra leyenda de las tantas que circulan en esta ciudad más de cuatrocientas cincuenta veces redimida por los años, es la que dice que, de entre todos los oficios, el más apto para conquistar chicas es el de colectivero. Quizás se trate solamente de la invención de pasajeros envidiosos, al ver cómo una chica le regalaba una sonrisa al chofer del colectivo. Pero una breve encuesta da como resultado que la famita es totalmente cierta. ¿O nadie ha visto esos ómnibus que llegaban de Represa de los Gómez, Comisario Huarcuna o Collera Guateada, con tierra hasta el upiti, los bultos en el techo, hablantes de la quichua como exclusivos pasajeros, un chofer gordo, morocho y feo, y una maestrita divina en el pozo del conductor, charlando más que amigablemente? Bueno, es otro de los cuentos urbanos que daban vueltas en Santiago y se quedaron para siempre, buscando en el leve resuello que trae del sur este gélido y desangelado mes de julio, saudades de un tiempo que ya no existe.
Pero, hay una leyenda urbana que los más viejos recordarán perfectamente, la de los vendedores ambulantes que se paseaban por la Terminal Vieja, ofreciendo caramelos, galletas, golosinas, casetes, a los viajeros o a quienes aguaitaban a gente de otro lado. Las malas lenguas sostenían que eran policías disfrazados de vendedores, mirando la cara de cada uno de los que llegaban o salían, porque, aunque parezca mentira, muchos que se ponían prófugos se iban por la Terminal, sacando pasaje en la boletería, a cara descubierta, como quien dice. Si no eran policías, al menos se sospechaba que servían de soplones o buches de la cana, avisándoles cuando calaban a un posible buscado.
Para ir terminando esta crónica habría que recordar la historia de la María Echate, famosa chica que en vieja Terminal de colectivos brindaba sus cálidos servicios a pasajeros, choferes o clientes que andaban por ahí. Un buen día desapareció de los lugares que solía frecuentar. Al tiempo, cuando regresó, informó que se había casado. Uno de los lustrines que siempre daban vueltas por ahí, la quiso llamar por su nombre de siempre:
—Eh, María Echate… —le gritó.
Ella se dio vuelta indignada.
—¿Cómo dices tu atorrante? Ahora soy doña María Echesé.
Si usted recuerda alguna otra leyenda urbana de Santiago, por favor sírvase enviarla en las respuestas de abajo. Pero que no sean las clásicas de la mujer de blanco, el Almamula, la Telesita ni esa del muchacho que, después de un baile, acompañó a la chica a la casa y cuando volvió al día siguiente se dio con que estaba muerta desde hacía varios años, una porque es vieja, otra porque no se sabe dónde pasó y también porque es medio tonta.
Juan Manuel Aragón
A 7 de julio del 2024, en Beltrán. Encerrando los cabritos.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Cristian Ramón Verduc7 de julio de 2024 a las 7:16

    El quichua. El quichua.

    ResponderEliminar
  2. Cambian los métodos pero no las costumbres, menos si se trata de vivir hay anécdotas para todos. Aquí hay el viaje por la costa del dulce y adentrándose en el Departamento bordeando el Río Dulce, nadie se acuerda de traer un poco para las calles vecinales y cuando bajanan a comprar en la ciudad, ya no se sabia si la tierrs en los cabellos de las vendedoras eran por tanto polvillos sueltos o las gallinas se escapaban en cada parada,pero el colectivero solo a algunas las ayudaba a recoger y el enigma era porque se mandaba a las ventas las que alegraban esa búsqueda

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