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CUENTO El poeta

La Mirtha invitó a nuestro personaje a un almuerzo

De cómo un gran escritor vino a vivir al pueblo, por qué nos hicimos amigos y lo que sucedió en un recital en casa de doña Pila


Una vez vino a vivir un poeta al pueblo. Churo el hombre. Se hizo amigo de casi todos los changos. Fue el que inauguró la cultura en el pago, en un accidentado recital en la casa de doña Pila. Ramón Alberto Álvarez del Campo se llamaba. Se había instalado en una casita desocupada del barrio y los primeros días, salvo ir al almacén, salía muy poco. Imaginesé, alguien nuevo en el pago era toda una novedad. ¿Que cuántos años tendría? Y... unos cincuenta, cincuenta y cinco pongalé. Al principio nadie sabía nada, ni a qué se dedicaba, ni qué era, ni a qué había venido, ni quién lo mandaba.
¿Cómo lo hemos conocido? Ahá, un domingo a la oracioncita nos fuimos con los changos al boliche, como quien no hacer nada, como hacíamos siempre. Cuando llegamos, ahí estaba él, sentado justo en el lugar en que nos ubicábamos nosotros. Tomaba un Fernet con Coca y fumaba de lo más tranquilo. Lo miramos con curiosidad y nos sentamos en otra mesa. Hasta que el Negro que era el más atrevido, usted lo conocía al Negro como era, le preguntó:
-Disculpe don, ¿de lejos viene?
-Ahá, de Buenos Aires.
-¿Ha conseguido alguna changa por aquí?
-No, vengo por recomendación de los médicos. Me dijeron que me mudara a algún lugar seco y... acá estoy.
Nos invitó a todos -estábamos el Negro, Holacho, Cosmito, Rubén y yo- a sentarnos con él.
-¿A qué se dedica el hombre?
-Soy poeta- dijo.
Hubo un silencio largo, espeso. Mansilla, el dueño del boliche, se rascó una oreja. Los changos lo mirábamos sin entender.
-Oiga don, ¿cómo es ese trabajo?
-Escribo versos.
-Ah- dijimos varios- y seguimos callados.
El hombre nos explicó que hacía versos y que los músicos después les ponían melodías. Y que cobraba por eso. Quiso ser más claro
-¿No han sentido nunca la "Zambita del agricultor"?
-...
-Esa que dice tarará, tarará, tatararaita...
-¿La que canta la Mercedes Sosa?
-Esa, la letra es mía.
-¿Suya?
-Ahá.
Contó que cada vez que pasaban por la radio, grababan o cantaban en las peñas algo suyo, le tenían que pagar. Y de eso vivía.
-Laburo tranquilo- opinó el Negro.
-Laburo tranquilo- opinó el hombre.
Una novedad en el pago, mire. Al otro día ya estaba enterado todo el mundo. El famoso poeta Ramón Alvarez del Campo -tirado de nombre andaba- se había instalado en el pueblo. Cirilo Cardozo, el policía, lo fue a ver. Cirilo era el que le escribía los discursos al comunal los 9 de Julio y 25 de Mayo, se sabía de memoria la historia del pueblo desde que era un caserío desperdigado por aquí y por allá. Y se interesó en el poeta para inscribirlo en el gran libro de oro que desde hacía como veinte años que venía escribiendo. Después de la visita dictaminó que el recién llegado era realmente Ramón Alberto Alvarez del Campo y contó que había venido por consejo de los médicos, porque era asmático y el clima seco le vendría bien.
El comunal lo invitó a comer. Las mujeres de la comisión pro templo lo inscribieron en su libro. El cura, que venía una vez al mes a dar misa, también lo quiso conocer y hasta le ofreció traerle un órgano para que componga canciones religiosas. Todo un personaje el amigo.
A pesar de ser porteño, era sencillo. A la mañana se sentía teclear una máquina de escribir en su casa. A eso de las once iba a la estafeta y mandaba una carta. Después de comer dormía la siesta. A la tarde seguía escribiendo y a la nochecita se iba al boliche a conversar con nosotros, y con los otros changos también, porque ya se había hecho amigo de todos. Mire si sería de sencillo el hombre que le decíamos Ramoncito, cariñosamente, ¿no?
Riña de antes
A todo esto, ya estábamos cerca del 25 de Mayo. Una noche Ramoncito nos contó que le habían pedido que estuviese en el palco en la celebración que se haría en la plaza del pueblo.
-¿Y qué vas a hacer?
-Voy a ir, alguna vez tiene que ser la primera.
Y estuvo. De ahí se fue con las autoridades al acto de la escuela. La directora era la señora del comunal. Cuando terminó el acto lo invitaron a comer a la casa de la presidenta de la comisión pro templo, doña Pila.
En medio del almuerzo, doña Pila le dijo que ella también escribía versos. Le mostró un cuaderno que Ramoncito ojeó con cuidado. A doña Pila parece que le interesaba nada más que sus versos tengan rima, después eran un desastre. Por lo menos eso nos comentó después a unos pocos changos que ya le teníamos confianza. Parecía que la cosa iba a quedar ahí nomás. Pero la vieja había oído que en la ciudad se hacían recitales de poesía, que venían a ser reuniones en las que los poetas decían sus versos y se puso a organizar uno para que Ramoncito dijera los suyos y ella también. La cultura había llegado -¡al fin!- al pueblo.
Ramoncito dijo que iría, pero que no recitaría. La vieja insistió y el otro siguió negándose. Al final, como a la vieja solamente le interesaba dar a conocer sus dotes artísticas, ahora que había una persona culta en el pueblo que las podría apreciar, se conformó.
A esa altura ya era casi un hermano para nosotros, todas las noches se pagaba dos o tres cervezas, y nos invitó. "Vayan bien vestidos muchachos, miren que es una ocasión importante", nos recomendó.
Y fuimos. Estaba lo principal del pueblo, el comunal y el comisario con sus señoras, la Mari, que todavía no se había jubilado de encargada de la estafeta, las viejas de la comisión pro templo y otras mujeres.
Oscar, que animaba los bailes en el club, anunciaba los números. Primero vino la academia "Nuestra identidad": sus alumnos bailaron la "Zambita del agricultor", cantada por la Mercedes Sosa. Era una sorpresa que le tenía preparada a Ramoncito. Después vino uno de los chicos Andrade, que recitó la poesía "A mi patria" que era la misma que había dicho en el acto del 25 de Mayo en la escuela.
Con los changos estábamos en la orilla. El Negro comía empanadas y tomaba un vino que habían invitado. Estábamos serios y callados los changos, incómodos. Le pidieron al amigo que diga unas palabras. Nadie le entendía lo que decía. Después nos comentó que había elegido un montón de palabras difíciles, de gusto, para ver qué cara ponían las viejas y porque eso era lo que estaban esperando, que él hable en difícil.
A todo esto, doña María Luisa ya se salía de la vaina.
"Ha llegado el momento esperado por todos -dijo Oscar-. A continuación, doña María Luisa Castillo de López, más conocida como doña Pila Castillo de López, recitará versos de su propia autoría de ella".
Y comenzó la vieja. Como se imaginará, Ramoncito estaba en la primera fila. Nosotros estábamos atrás, meta empanadas, meta tinto cogotudo. La vieja movía los brazos como nadando, pero sin agua. Todos estaban serios. La vieja dijo que recitaría el último poema. "Viene el cabrito que se ha perdido en el monte", se llamaba. Antes, varias veces habíamos estado a punto de reírnos por los aspavientos que hacía.
Hasta que, en un momento la vieja dijo -me acuerdo como si fuera hoy- algo así como "el cabrito perdido en el monte hacía un mes, llamaba a su mamita diciendo ¡beeé!, ¡beeé!". Y seguía diciendo la vieja "beeé, beeé, beeé, beeé", con su voz finita.
El Negro se atragantó con la empanada. Holacho, que ya no daba más, se largó a reír a las carcajadas. El comunal se dio vuelta para mirarnos. Todos estaban serios. La vieja se había callado y nos miraba indignada. Hasta que el chico de Andrade, haciendo la voz de la vieja, largó delante de todos
-¡Beeeeé!, ¡beeeeé!
Y nadie más aguantó. Una risa general, viera. Hasta el comisario Santillán, siempre tan serio, se reía.
Como se imaginará, Ramoncito era el único que se había quedado serio. Los primeros en irnos fuimos nosotros, enfilamos directo para el boliche.
Como a la hora llegó Ramoncito. Nos contó que tuvo que consolarla a doña María Luisa, que se había largado a llorar.
-¿Qué le has dicho?
-Que los poetas somos unos eternos incomprendidos- dijo Ramoncito sacando pecho. Y recién pudo largarse a reír mientras repetía "beeé, beeé". A cada rato interrumpía la conversación y se volvía a reír hasta que le saltaban las lágrimas.
Después de eso, al amigo no lo invitaron más a los actos. Y antes de volverse a sus pagos, ya nos acompañaba siempre a los campeonatos de fútbol, a las carreras, a los bailes. Una noche se machó en el boliche y cantó zambas y chacareras para nosotros, sólo, sin guitarra ni nada. En una época se le dio por criar gallos finos, para que vea cómo se había hecho de gaucho con nosotros.
La vez pasada Ramoncito ha salido en la tele, con la Mirta Legrand. Contó que en las provincias conoció gente muy interesante. Doña Pila, que nunca se olvidaba de lo fino que fue Ramoncito con ella, ha andado diciendo después que lo de “gente muy interesante” lo decía por ella.
Pero los changos sabemos la verdad.
©Juan Manuel Aragón
Publicado originalmente en el libro “Platita”, cuentos

Comentarios

  1. Muy lindo relato. Me pareció verlos a todos los personajes, tan reales y tan auténticos.
    Me mató lo de "A pesar de ser porteño, era sencillo".....muy ocurrente....en realidad esos dos adjetivos no suelen ir juntos en una misma oración.

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