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CUENTO Chacarera del albañil buscando la porlan

A modo de ilustración

"En un campo vecino al pueblo, le avisaron que el tal Ceferino Díaz, había andado por allí, pero lo habían enganchado para ir a la recolección de la uva"


El primero que sintió la chacarera del albañil buscando la porlan, fue el amigo Carlos Virgilio Zurita, allá por el 93, en el barrio Ejército Argentino. Esa noche había ido a festejar porque se recibía un alumno, al que ayudó a preparar su tesis de sociología. La chacarera del albañil buscando la porlan, es como el tango "La vida me engañó", que muchos creen que es un título inventado, hasta que después se dan cuenta de que no solamente existe, sino que hasta puede ser cierto que la vida les juegue una mala pasada. En medio de la reunión, un músico desconocido para Zurita, tomó una guitarra y luego de media hora de cambiarle las cuerdas porque era zurdo, tocó esa única y magistral pieza del folklore santiagueño actual. Pero unos vinos en cajita, un tanto raspantes, que había estado saboreando, le impidieron tomar nota de sus acordes y —sobre todo— de sus musicales versos. Lo único que recordaría después es que una parte la chacarera decía "vidita si te he perdido, si te he echado al olvido", o algo así y que Anita, su mujer, despotricó contra él una semana por el estado en que volvió del festejo.
Cuando contó de su hallazgo en la universidad, un grupo de investigadores se dirigió a la casa del alumno, si mal no recuerdo, un tal Antonio Leguizamón que nos atendió en persona. Yo iba como periodista. Recuerdo que Alberto Tasso llevaba su grabador encendido para registrar el momento. La reunión con el alumno resultó un fiasco, Leguizamón no se acordaba una sota del asunto, los vahos etílicos le habían impedido disfrutar de su graduación, se había acostado temprano, completamente borracho. Ya nos estábamos yendo, cuando el padre de Leguizamón quiso recordar que el cantor era un tal Ceferino Díaz, que había venido de Nueva Francia a visitar a unos parientes que vivían en la cuadra. Vagamente creía recordar la chacarera, y dijo que era la primera vez que la oía.
El siguiente paso de la investigación fue en Nueva Francia. Ya para eso se había alertado al canal de televisión universitario y alguna que otra radio también se hizo eco, por lo que se acreditaron ante el rectorado, cuatro o cinco corresponsales que saldrían con la expedición a buscar a Ceferino Díaz. Allí dimos con la familia de Díaz, pero el hombre —contaron nerviosos sus parientes ante la llegada de tanta gente— se había ido a la desflorada del maíz, en Santa Fe, Entre Ríos, o tal vez la provincia de Buenos Aires. Alguno expuso la tesis de que el hombre estaba en la casa, pero la llegada de una treintena de investigadores, con cámaras de televisión y grabadores, fotógrafos y mujeres con sombrero tipo explorador, lo hicieron huir hacia una ceja de monte cercana. El reportero gráfico de "Nuevo Diario", José Juan Carlos Baudano, "Corcho", enviado especialmente por el diario, creyó verlo salir corriendo desde la cocina y disparó un tardío fogonazo. Esa misma tarde, en la universidad, cuando Baudano llegó con la fotografía, se produjo como una sensación de vacío, la imagen había salido movida. Y Zurita no podía recordar si esa sombra representaba al cantor que había tocado la chacarera en la casa del barrio Ejército Argentino, más que nada porque el hombre corría de espaldas al fotógrafo.
Pero ya había algo.
El paso siguiente fue enviar "e—mails" a las autoridades de la universidad nacional del Nordeste, a la de Santa Fe y a la Universidad Católica Argentina, para ver si podían ubicar a Ceferino Díaz, que a esa altura se había convertido en una obsesión académica de proporciones inusitadas. También se enviaron pedidos de colaboración a los principales diarios de Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos y Buenos Aires. El único que publicó un aviso —un pequeño recuadro— fue "La Nueva Provincia", de Bahía Blanca, en su sección "Paraderos desconocidos". Para cuando se encontraara al cantor de la chacarera buscando la porlan, Carlos Zurita ya tenía preparado un trabajo sobre el éxodo santiagueño en los últimos cincuenta años y su incidencia en la cultura de la provincia. El trabajo daría marco al escrito principal que se redactaría para inscribir la chacarera en los anales del folklore santiagueño.
Pero pasaban los meses y Ceferino Díaz no aparecía. La universidad envió a un alumno que vivía cerca, en Árraga a preguntar cuándo regresaría y le respondieron que había estado unas horas en su casa, hacía unos días, y se había marchado a Salta, a la arrancada de poroto. El alumno, un despierto estudiante de ingeniería vial, averiguó que el cantor paraba muy poco en la casa, de hecho, su apodo era "Golondrina", porque no pasaba un verano completo en el pago. La desazón se instaló entre los investigadores. Para esto, algunos ansiosos se había comunicado con las universidades de Berkeley, Yale y la Sorbona, solicitando una beca para la investigación. Ricardo Dino Taralli cambió la cinta de su vieja Rémington y estaba preparado para dar una primera opinión sobre la chacarera. Los cronistas culturales de los diarios de Santiago y hasta de "La Gaceta" de Tucumán, hablaban día por medio para consultar sobre los avances de la investigación. Ninguno quería perder la primicia.
El jefe de "Interior" de "El Tribuno", de Salta, un tal Frías, se comprometió a enviar un pedido de búsqueda a sus corresponsales, a fin de dar con el paradero de Díaz, que estaba convertido en una obsesión para el nutrido grupo de investigadores de la universidad nacional de Santiago. Sólo un periodista del diario salteño se dio a la tarea de buscar al perdido cantor, el corresponsal de Güemes. En un campo vecino al pueblo, le avisaron que el tal Ceferino Díaz, había andado por allí, pero lo habían enganchado para ir a la recolección de la uva, en La Rioja. A esta altura del partido Alberto Tasso se declaró vencido y predijo que el encuentro con el cantor se daría de casualidad o no se daría nunca. Para corroborar su teoría, escribió un larguísimo artículo —unas veinte hojas— que, por supuesto, ningún diario quiso publicar.
Algunos hasta llegaron a dudar del oído de Zurita. Fue sometido a una investigación que casi llega a un sumario administrativo en la universidad. El rector en persona lo interrogó sobre la cantidad de vino que había tomado antes de oir la chacarera. Su mujer, Anita, fue llamada para que corrobore el estado en que había vuelto su marido aquella lejana madrugada en que dijo que había oído la chacarera. En su declaración, ella sostuvo que no estaba tan borracho como para no reconocerla, pero sí lo suficiente como para demorarse en acertar la llave en la puerta cancel de su casa, en la calle Jujuy. La desazón se instaló en la comunidad universitaria. Además, había pasado cerca de un año desde que comenzara la investigación, sin llegar a un resultado, aunque más no sea alentador.
Hasta que hace unos días, Paola, la recepcionista del diario, me avisó que me buscaba un tal Díaz, de Nueva Francia. "Un tal Ceferino Díaz", fue su exacta aclaración. El hombre estaba en la recepción y me extendió una mano callosa. Me preguntó
—¿Usted me buscaba?
—Sí —le respondí. Y le pasé a explicar el motivo de la desesperada búsqueda, los avisos en los diarios, la investigación que se abrió en la universidad, en fin.
Recuerdo que se puso serio y me dijo
—Disculpe, pero me la he olvidado.
—¿Cómo puede ser?
—Y bueno, son cosas que pasan, pero tengo otra...
Ya era la hora de salir, lo invité a casa, le presté una guitarra. Demoró una media hora en cambiarle las cuerdas para la mano izquierda. Yo mientras tanto le invité un vino en cajita que tenía mi esposa para emborrachar una torta. El hombre cantó "El alazán", de Atahualpa Yupanqui, la "Zambita del musiquero" de Canqui Chazarreta, la emprendió con una transcripción propia de la "Quinta sinfonía" de Beethoven; si mal no recuerdo también tocó de oído algo de Paco de Lucía. Pero la chacarera del albañil buscando la porlan no le salía.
A eso de las tres de la mañana lo acompañé hasta la parada, tenía que tomar la combi para Nueva Francia. Sin perder tiempo, a pesar de la hora y del vino que tenía encima, me puse a redactar un informe que espero que ponga punto final a la investigación.
©Juan Manuel Aragón
Publicado por primera vez en el libro ”Platita”, cuentos

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