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EQUIS-EQUIS Amigos nada más

Imagen de ilustración

Qué sucede cuando una mujer tiene estima por un hombre, él la desea y ella lo presenta como “mi amigo”, resaltando esa condición


Jugaba en el puesto de acompañante, me presentaba como “mi amigo”, pronunciando bien todas las letras para que no quedaran dudas, íbamos juntos a todas partes. Me parecía extremadamente bella, única, hermosa, con un rostro delicado y un cuerpo que era un dibujo en el aire. Lo único que no hacía era hablarme de los hombres que le gustaban, y no por miedo a herirme, sino porque sabía que ese sería el fin de nuestra relación. Yo la divertía, le gustaba mi compañía, mis chistes la hacían reír, pero, por favor, jamás tendría algo conmigo, más que una linda amistad como me recalcaba siempre que podía.
Estaba muerto por ella, me tenía a sus pies, si me hubiera pedido ser un felpudo lo habría sido sólo por conformarla. ¿Era enfermedad lo mío? Muchas veces me lo pregunté durante aquel tiempo, y a pesar de que la respuesta era unos días sí y otros no, no podía remediarlo. Su presencia era una adicción en mi vida, necesitaba verla, que me hable, saber que su voz seguía siendo amigable. Si su corazón era un hielo, al menos para mí, ya hallaría alguna forma de elevarle la temperatura. Por lo pronto, a veces sentía que subía varios peldaños, me decía: “Qué pinta que tienes hoy” y me sentía completo, feliz, esperanzado.
Pero otras veces gozaba de tenerme a su merced. Como que después de dejar un vaso sobre la mesa del bar, me decía: “El agua tiene un gustito raro”. Yo lo probaba, asentía, llamaba al mozo y le pedía que lo cambiaran porque “tiene un gustito raro”, repetía con su mismo tono de voz. Entonces ella se reía y me decía: “No tiene un gusto raro, ¿por qué sos tan tonto?”. Aunque no crea, eso me hacía feliz, me había dicho tonto, pudiéndome calificar de peor manera, porque era muy bocasucia, como decimos en el pago a quienes insultan con las peores palabras que le vienen a la cabeza. A la historia del vaso la hizo varias veces y siempre caía en su trampa, me imagino que era porque quería caer. Todo iba a seguir igual hasta que ella conociera a un tipo como el que andaba buscando, que le moviera el piso, le torciera los estantes y le tirara al piso la porcelana, decía.
Un día busqué a un amigo, al que solamente llamaré Equis-Equis, porque me da vergüenza llamarlo por su nombre. Habíamos sido compañeros en la escuela primaria y me debía inmensos favores, no solamente de ese tiempo, sino también de mucho después. Le pedí que me ayudara en un plan que tenía para conquistarla. Lo saqué de una película y, aunque ahí al final todo salía mal, no tenía por qué pasarme lo mismo. Es clásico el asunto. Él nos esperaría en una esquina y nos atacaría con un palo, yo debía quitarle el palo y ponerlo en fuga, luego ella vendría a mis brazos porque sabría que era alguien valiente, un hombre hecho y derecho, como el que ella buscaba. Mi amigo dijo que tenía sus dudas, pero al final accedió. Ensayamos varias veces el ataque y salía bien, era convincente. Estaba todo listo para nuestro primer momento de amor y lujuria, hasta tuve la precaución de rociar perfume en mi cama, esperando que todo terminara ahí, como correspondía.
Esa noche, volvíamos del cine, y dos cuadras antes de su casa, en una esquina, salió mi amigo con un palo, gritando “¡esto es un asalto!, ¡entréguenme todo lo que tienen!”. Cuando me disponía a cumplir el plan, ella, rapidísima, se adelantó, le pegó una patada en medio de las piernas, el otro se dobló del dolor y cayó al suelo. Lo que son las casualidades, justo pasaba un patrullero de la policía, que metió a mi amigo preso. Tuvimos que declarar y hasta noté cierta mirada socarrona en los policías que tomaban nuestro testimonio, cuando ella agrandaba su hazaña mientras decía: “Éste no atinó a nada y yo ya lo tenía en el suelo”. A mi amigo lo tuvieron una semana en el calabozo, le pagué un abogado en secreto y nunca me denunció, pasó el mal trago callado, pero cuando salió no quiso atenderme el nunca más teléfono.
Después de aquello, mi relación con ella se enfrió, como que no me daban muchas ganas de hablarla, sobre todo por la vergüenza y por el miedo que sentía de que mi amigo hubiera cantado todo, algo que, como dije, no sucedió nunca. Volví a lo mío, a mis trabajos, mis escritos, el cuidado de las plantas de mi casa, la encuadernación de mis libros.
Como me sentía solo y al otro día no tenía que hacer nada, la otra noche salí a tomar una cerveza a un bar de la calle Roca. Entonces la vi de lejos, quise llamarla, pero me dije para qué, si ya estoy libre de la condena de desearla sin ser correspondido, además no quiero sentir las ansias de ser el trapo de piso de nadie. Por otra parte, ya no parecía tan bella, más bien era medio ordinaria, común. Una más de tantas.
De todas maneras, ella tenía compañía, estaba con un tipo al que en un principio no reconocí. En una de esas se dio vuelta y, de lejos, me saludó.
Era Equis-Equis.
Juan Manuel Aragón
A 20 de mayo del 2024, en Villa Zanjón. Zurciendo las medias.
©Ramírez de Velasco

Comentarios

  1. Cristian Ramón Verduc20 de mayo de 2024 a las 8:27

    Un final "de película", como tiene que ser.

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  2. Pero mal final me parece el de Equis Equis...y Ella.. no me parece sea una compañera ideal para nadie...hasta te pareció ordinaria...al final no terminaria siendo una buena compañía...para nadie...Qué se embrome Equis Equis

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  3. Me encantó no el final jaja

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  4. Parece que alguien que está en lugar importante aunque no le dé importancia dará el cambio de rugir por voz gruesa que termina este cuento con " hoy la vi, estaba en el bar, me miró al pasar, yo le sonreí..." pero no me quiso hablar

    ResponderEliminar

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