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SANTIAGO Chamiza, olvido del viento norte

Reflejo nocturno en una represa de Huyamampa, de Jorge Llugdar

"A pesar de mi nombre, no tengo la gran categoría de la leña hecha y derecha, de algarrobo, quebracho blanco o quemante churqui”

Yo soy la leña chamiza, la que arde en los hornos en que cocinan el pan los santiagueños, alabada por los vates folklóricos, que me nombran casi con respeto, como Horacio Banegas, que dice en una chacarera: “Cómo no cantarte, si sos mi alegría, fuego con chamizas que entibias el alma mía". Al leerla, muchos recordarán su música, parecida a una tarantela, como casi todas las chacareras, al menos como se cantan en la actualidad.
Las madres me llaman leñita cuando mingan a los hijos que vayan al bosque cercano a buscar unas ramitas con las que encender el fuego, quizás para hacer una tortilla a la parrilla o para prender las brasas con las que harán el mate cocido.
A pesar de mi nombre, no tengo la gran categoría de la leña hecha y derecha, de algarrobo, quebracho blanco o quemante churqui. Soy apenas la que entibia el alma, sin hacerla arder como llamarada en la noche, cuando se encienden las cortinas, luego de que pasó la desalmada topadora.
Mi nombre proviene quizás del galaico portugués ´chamia´, que a su vez deriva de chama (llama), palabra que se relaciona con el latín "flamma" (llama). En gallego y portugués, el vocablo "chamia" se usaba para referirse a materiales combustibles como hierbas, ramas o arbustos que servían para encender hogueras. Con el tiempo, en el español rioplatense y especialmente en Santiago del Estero, "chamiza" pasó a designar específicamente la leña menuda o los restos vegetales secos aptos para el fuego.
Soy material casi de descarte, como que, cuando se pide leña, no me convocan por considerarme poca cosa, casi nada. No sirvo para hacer el moreno carbón que luego arderá en infinitos asados a lo largo de la Argentina. Ni siquiera me consideran a la hora del recuerdo entristecido de las saudades del lejano pago de la infancia, salvo las excepciones que se nombraron aquí mismo, contadas con los dedos de las dos manos.
Soy apenas la champita, lo que quedó en la tierra luego de que pasaron los hachadores, abriendo camino para sacar los postes, los durmientes, los rodrigones con cuya venta alimentarán a su familia. Soy el pensamiento que empieza a asomar, como una idea lejana y casi descartable, en la noche del hombre, cuando en la cama, boca arriba y manos tras la nuca, hace fuerzas para dormirse y no lo logra. Si no me anota al día siguiente seré aire en el viento de su desmemoria y ni siquiera tendrá el recuerdo de haberme pensado en un instante de duermevela.
No tengo leyenda que me festeje ni mito con el que las maestras enseñen moralejas o del que extraigan enseñanzas, soy simplemente el descarte del bosque, cuya omnipresencia es renombrada en Santiago por ausente y perdida.
Después de haberme hecho pequeña rama inservible, el agua me llevará dondequiera que ella vaya y al final volveré a ser tierra debajo de un quimil cualquiera, aire que truena el viento norte, que es en estos pagos, el único que vuelta a vuelta, siempre anda de visita.
Juan Manuel Aragón
A 2 de abril del 2025, en San Roque. Mirando el camino.
Ramírez de Velasco®

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