Ir al contenido principal

NOVELA Nada del otro mundo

El hombre misterioso

Un hombre vuelve a su casa, en una discusión mata a su esposa y escapa, es la trama central del libro relatado a continuación

En el primer capítulo, el hombre llega a Santiago a la noche. Estuvo en Tucumán en un congreso de contadores públicos, trataban algo de impuestos. Hace frío y trae los guantes puestos, antes de que termine de entrar a su casa, su esposa le reprocha algo, se trenzan en una discusión, él toma un revólver del cajón de la sala en que está guardado y la mata. Al principio se desespera, piensa en ir a la policía y contar lo que ha sucedido, pero luego lo piensa bien, deja tirada el arma y sale sigilosamente de la casa. Al final de este capítulo se indica que no se sacó los guantes desde que se los puso en la terminal de San Miguel.
El libro está inspirado en un caso real, sucedido en a fines de la década del 90 en Santiago del Estero. En los diarios no hay muchas referencias, sobre todo porque no se halla nada de interés para señalar, salvo la misteriosa muerte de una mujer en su casa, posiblemente víctima de un ladrón. Está casada con un oscuro contador que lleva los libros de varios comercios, tienen un hijo que vive en España, el hombre es buen jugador de ajedrez y ella trabajaba en una oficina pública. Nada del otro mundo.
En el siguiente capítulo vuelve a Tucumán en el último colectivo de la noche, tratando de hacerse notar lo menos posible. Camina hasta el hotel en que se hospedaba y sigilosamente entra de nuevo a su habitación. Por suerte se olvidó de entregar la llave cuando salió. Ahora puede decir que durmió ahí. Pero pasa la noche en vela pensando en lo que dirá cuando supuestamente se entere.
Tercer capítulo. Esa mañana sigue de oyente en el congreso de contadores públicos cuando alguien se le acerca y le pide que lo siga. Pone cara de nada y cuando sale le dan la noticia. Se desmorona, llora, tiembla, es un pobre tipo al que le acaban de dar la peor mala nueva, la mujer que amaba está muerta. Los demás participantes se apiadan de él, uno se ofrece a traerlo en auto a Santiago. Viene callado durante todo el viaje, sumido en sus propios pensamientos, piensa el conocido que lo trae, muerto de miedo cavila él.
Llega el cuarto capítulo. La policía lo interroga, le hacen preguntas duras, como si creía que su mujer podría haber tenido otro hombre, si tenían problemas económicos, cómo se llevaban. Se asusta, dice que no. Todo está saliendo bien, por el momento. La noche del crimen hubo bombas de estruendo y fuegos artificiales por algún festejo patrio y por eso el balazo no se sintió, le cuentan. Un policía lo mira fijamente cuando los demás lo interrogan. Trata de no abrir las fosas nasales y responder mirando a los ojos, pero no mucho. Lo justo y necesario. Debe parecer un hombre devastado por la muerte de la mujer, más que un homicida asustado porque es posible que lo desubran.
Ya en el capítulo quinto, durante el velorio, un amigo le avisa que la policía sospecha de él. Mantiene la calma. Hay profundas cavilaciones sobre las consecuencias de entregarse. Sabe que, a menos que haya olvidado algo, un detalle no previsto, un pormenor que se le escape, no hay pruebas que lo incriminen.
Páginas más adelante, luego de los funerales, va a almorzar a la casa de una hermana de su mujer. Está cansado. Entre su cuñada y su esposo tratan de hacerle amable la velada. Ha pasado más de un día sin dormir. Le piden, muy cariñosamente, que descanse en el cuarto de los chicos. Entre sueños recuerda algo, se despierta, rompe en mil pedazos y tira por el inodoro los pasajes de ómnibus de la noche fatal.
Ahora se siente seguro.
Duerme tranquilo.
Juan Manuel Aragón
A 8 de junio del 2025, en Tala Pozo. Comprando un chipaco.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

Entradas populares (últimos siete días)

FÁBULA Don León y el señor Corzuela (con vídeo de Jorge Llugdar)

Corzuela (captura de vídeo) Pasaron de ser íntimos amigos a enemigos, sólo porque el más poderoso se enojó en una fiesta: desde entonces uno es almuerzo del otro Aunque usté no crea, amigo, hubo un tiempo en que el león y la corzuela eran amigos. Se visitaban, mandaban a los hijos al mismo colegio, iban al mismo club, las mujeres salían de compras juntas e iban al mismo peluquero. Y sí, era raro, ¿no?, porque ya en ese tiempo se sabía que no había mejor almuerzo para un león que una buena corzuela. Pero, mire lo que son las cosas, en esa época era como que él no se daba cuenta de que ella podía ser comida para él y sus hijos. La corzuela entonces no era un animalito delicado como ahora, no andaba de salto en salto ni era movediza y rápida. Nada que ver: era un animal confianzudo, amistoso, sociable. Se daba con todos, conversaba con los demás padres en las reuniones de la escuela, iba a misa y se sentaba adelante, muy compuesta, con sus hijos y con el señor corzuela. Y nunca se aprovec...

IDENTIDAD Vestirse de cura no es detalle

El perdido hábito que hacía al monje El hábito no es moda ni capricho sino signo de obediencia y humildad que recuerda a quién sirve el consagrado y a quién representa Suele transitar por las calles de Santiago del Estero un sacerdote franciscano (al menos eso es lo que dice que es), a veces vestido con camiseta de un club de fútbol, el Barcelona, San Lorenzo, lo mismo es. Dicen que la sotana es una formalidad inútil, que no es necesario porque, total, Dios vé el interior de cada uno y no se fija en cómo va vestido. Otros sostienen que es una moda antigua, y se deben abandonar esas cuestiones mínimas. Estas opiniones podrían resumirse en una palabra argentina, puesta de moda hace unos años en la televisión: “Segual”. Va un recordatorio, para ese cura y el resto de los religiosos, de lo que creen quienes son católicos, así por lo menos evitan andar vestidos como hippies o hinchas del Barcelona. Para empezar, la sotana y el hábito recuerdan que el sacerdote o monje ha renunciado al mundo...

ANTICIPO El que vuelve cantando

Quetuví Juan Quetuví no anuncia visitas sino memorias, encarna la nostalgia santiagueña y el eco de los que se fueron, pero regresan en sueños Soy quetupí en Tucumán, me dicen quetuví en Santiago, y tengo otros cien nombres en todo el mundo americano que habito. En todas partes circula el mismo dicho: mi canto anuncia visitas. Para todos soy el mensajero que va informando que llegarán de improviso, parientes, quizás no muy queridos, las siempre inesperadas o inoportunas visitas. Pero no es cierto; mis ojos, mi cuerpo, mi corazón, son parte de un heraldo que trae recuerdos de los que no están, se han ido hace mucho, están quizás al otro lado del mundo y no tienen ni remotas esperanzas de volver algún día. El primo que vive en otro país, el hermano que se fue hace mucho, la chica que nunca regresó, de repente, sienten aromas perdidos, ven un color parecido o confunden el rostro de un desconocido con el de alguien del pago y retornan, a veces por unos larguísimos segundos, a la casa aquel...

SANTIAGO Un corazón hecho de cosas simples

El trencito Guara-Guara Repaso de lo que sostiene la vida cuando el ruido del mundo se apaga y solo queda la memoria de lo amado Me gustan las mujeres que hablan poco y miran lejos; las gambetas de Maradona; la nostalgia de los domingos a la tarde; el mercado Armonía los repletos sábados a la mañana; las madrugadas en el campo; la música de Atahualpa; el barrio Jorge Ñúbery; el río si viene crecido; el olor a tierra mojada cuando la lluvia es una esperanza de enero; los caballos criollos; las motos importadas y bien grandes; la poesía de Hamlet Lima Quintana; la dulce y patalca algarroba; la Cumparsita; la fiesta de San Gil; un recuerdo de Urundel y la imposible y redonda levedad de tus besos. También me encantan los besos de mis hijos; el ruido que hacen los autos con el pavimento mojado; el canto del quetuví a la mañana; el mate en bombilla sin azúcar; las cartas en sobre que traía el cartero, hasta que un día nunca más volvieron; pasear en bicicleta por los barrios del sur de la ciu...

FURIA Marcianos del micrófono y la banca

Comedor del Hotel de Inmigrantes, Buenos Aires, 1910 Creen saber lo que piensa el pueblo sólo porque lo nombran una y otra vez desde su atril, lejos del barro en que vive el resto Desde las olímpicas alturas de un micrófono hablan de “la gente”, como si fueran seres superiores, extraterrestres tal vez, reyes o princesas de sangre azul. Cualquier cosa que les pregunten, salen con que “la gente de aquí”, “la gente de allá”, “la gente esto”, “la gente estotro”. ¿Quiénes se creen para arrogarse la calidad de intérpretes de “la gente”? Periodistas y políticos, unos y otros, al parecer suponen que tienen una condición distinta, un estado tan sumo que, uf, quién osará tocarles el culo con una caña tacuara, si ni siquiera les alcanza. Usted, que está leyendo esto, es “la gente”. Su vecino es “la gente”. La señora de la otra cuadra es “la gente”. Y así podría nombrarse a todos y cada uno de los que forman parte de esa casta inferior a ellos, supuestamente abyecta y vil, hasta dar la vuelta al m...