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ANIMALES La biblioteca y la televisión

El zorro y sus libros

A continuación, una explicación sobre las posibles causas que llevaron a la destrucción del bosque


Eran cosa seria las bibliotecas del pago, cuando estaba repleto de animales. Mi mamá sabía decir: “Si quieres conocer cómo es una familia, pedí permiso, vete al baño y observalo, pero si quieres saber cómo piensa, mirá su biblioteca”. En la casa de los leones había libros que explicaban cómo cazar corzuelas, terneros, potrillos, cabras. En la casa de las corzuelas no faltaba el ejemplar del famoso texto “Yo escapé del león y le cuento cómo hice”.
Tampoco faltaban la Historia Argentina de José María Rosa, diccionarios, una o dos enciclopedias, novelas, revistas y hasta colecciones de Selecciones del Reader Digest, según los particulares gustos de los dueños de casa. A cualquiera le bastaba un golpe de vista para darse cuenta de los pensamientos literarios, políticos, sociales, económicos del padre de familia.
Nunca necesité ir al baño. Eso que mi madre decía que no era lo mismo entrar en uno perfumado, aunque humilde, que en otro que tuviera olor a humedad, con las toallas usadas colgadas del barral de la cortina de la ducha, el jabón para lavarse las manos con pelos y un hermoso sorete mirándote desde el fondo del inodoro. Como digo, no me importaba el baño, si sabía cómo pensaban en una casa, la forma de bañarse o un descuido al cagar me tenían sin cuidado.
A las bibliotecas populares del pago se iba a leer, a escribir, a estudiar, a tomar notas, a aprender. No eran instituciones sociales en que se enseñan bailes folklóricos ni se usaban sus salones para reuniones de asociaciones de sociólogos, historiadores o lo que fuera. La consigna era: “¡Silencio!, aquí hay gente leyendo” o, lo que es lo mismo haciendo más grande la Argentina.
No lo sabíamos, pero el bosque se mantenía en pie por los libros, eran su columna vertebral, su razón de ser, su principio y su fin último, su jugo primordial, lo que lo hacía ser precisamente lo que era y no otra cosa. En ese tiempo el país de la selva era interminable y feliz, pero, como suele suceder, no nos dábamos cuenta.
Todo hubiera seguido igual, pero un buen día llegó la televisión y el zorro en vez de planear maldades para saquear los gallineros, se quedaba viendo las aventuras de su pariente, don Diego de la Vega o chusmeaba sobre lo que había contado el noticiario del mediodía. La tortuga dejó de buscar pastito tierno y miraba los Pitufos, las catitas se emocionaban con Animal Planet. Todos se embobaron (se hicieron bobos, tontos, lelos), gracias al aparato maldito.
Seguía habiendo bibliotecas, pero los animales compraban menos libros, se volvieron más guarangos, la víbora no quería salir a cazar de noche, porque miraba novelas mejicanas, la hormiga no cargaba hojitas y reclamaba a los gremialistas que la liberasen de un trabajo tan esclavizante, el león se olvidó de cazar y la acatanca ya no supo cómo empujar aca. Todos se fueron descuajeringando sin darse cuenta.
Cuando llegaron las topadoras a tumbar el bosque, los animales quisieron redactar un manifiesto oponiéndose a semejante atropello. Pero habían perdido el don del raciocinio. La televisión primero y los telefonitos después los habían embrutecido completamente y no sabían expresarse, no sabían ni querían leer, habían perdido el don de la comunicación, ni siquiera conocían el papel.
Para ese tiempo, cuando moría un viejo los hijos llamaban un camión para que se lleve las bibliotecas al basural. “Quién quiere tanto papel amarillento”, decían las nueras y los hijos se quejaban porque, gracias al amor de sus padres por los libros, nunca habían viajado a Mar del Plata, a gatas los llevaba a comer una parrillada al Vasco de La Banda de vez en cuando ni habían tenido zapatos caros, siempre con Gomycuer o zapatillas Flecha y la ropa la compraban en Marhe y no en las boutiques de moda.
Muchos lamentan la muerte del bosque, pero ya era finado antes de que llegaran las topadoras, una sombra de atraso, oscurantismo y barbarie lo había ido cubriendo desde el tiempo en que, entre todos decidieron que era más importante “Bailando con el dueño”, que “El informe de Brodie”, de Jorge Luis Borges y que tuviera más valor la basura de “Netflix”, que el Martín Fierro o el Shunko, de Jorge Wáshington Ábalos.
Los peores males son capaces de abatirse sobre los pueblos de ignorantes, las plagas más feroces los comen desde adentro y la tragedia los aguaita a la vuelta de todas las esquinas de la vida. El bosque aquel había hecho fuego con el papel de los libros de sus bibliotecas y lo pagaba con su propia vida.
Las topadoras no respetan tradiciones, costumbres, folklore, hábitos, rutinas, usanzas, ritos: pechan lo que hallan por delante; el cubil del oso melero, los altos nidos de los loros y bumbunas, el camino de la chuña, el quimil que alimenta al cuchi del monte y hasta el viejo campamento abandonado de los viejos labradores de postes caen bajo su inmensa cuchilla asesina.
Hay una relación directa entre la incultura, el atraso, el analfabetismo con la destrucción de la propia esencia de los pueblos. No es casual que los testaferros de la dominación aparezcan con abalorios de todos colores que traen felicidad instantánea, a sola firma pagadera en cómodas cuotas. Viaje hoy y abone el año que viene, ¿todavía no tiene el lavasecarropas, ideal para el ama de casa moderna?, ¿su auto ya cumplió dos años?, ¿qué espera?, pase por mi negocio y se lleva uno nuevo, no me diga que se comunica con un Motorola antiguo.
Como digo, los animales del bosque se habían convertido precisamente en animalitos, cuando pasaron las enormes cadenas sobre los algarrobos, quebrachos, jumes, talas, guayacanes, destruyeron sus casas, ensuciaron su cielo y quemaron sus nidos. La ausencia de libros marcó su decadencia primero y su destrucción después.
Pero, oiga, cuente abajo cómo es su biblioteca, qué tipo de libros le gusta leer, cuántos termina por semana, cuáles son sus autores preferidos, qué es lo que más le gustó del último que leyó, dónde le gusta agarrarlos, ¿en la cama o en el sillón del living?, ¿prefiere los de historia?, ¿las novelas?, ¿los cuentos?, ¿la poesía antigua o moderna?, ¿sigue con los clásicos?, ¿la ciencia ficción lo atrapa?, ¿qué piensa de los autores santiagueños de siempre o de ahora?
No me diga que le gusta la televisión, mirar memes por el telefonito, que se nutre del veneno que entregan las series acartonadas y políticamente correctas hechas para la multitud de semianalfabetos que se dejan colonizar los sesos. Ojalá que usted no sea de los que prefieren la topadora, no me desilusione, amigo.
©Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. Al atraso, oscurantismo y barbarie autoinflijidos por haberse entregado al culto de las redes sociales y del entretenimiento liviano, se ha sumado la anulación de la libertad de pensamiento y expresión por parte del autoritarismo. Ello terminó por convertir a la ciudadanía en esa masa completamente embrutecida, que no sabe expresarse, que no sabe ni quiere leer, y que ha perdido el don de la comunicación, como lo sugiere el artículo.
    Para empezar a revertir el proceso recomiendo leer los grandes libros del mundo occidental, que incluyen las obras de los grandes pensadores desde la antigua Grecia. Ello ayudará a entender las raíces de la cultura que ha desarrollado al mundo y le ha aportado los valores y principios morales.
    De paso ayudará a entender a la clase política, que ha hecho los deberes y se ha leído todos los que enseñan cómo manejar a las masas, como por ejemplo "El Príncipe", de Machiavelli.

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