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PAGO Cuando vuelven los porteños

Las riñas entre los gauchos

La vez que uno de ellos pegó un grito en una riña en la casa del Fiero Alfonso, siempre es recordada por los paisanos


Les decíamos porteños, pero eran nacidos al lado del chiquero de las cabras y criados a mate cocido y tortilla, igual que nosotros. Se habían ido a Buenos Aires a trabajar y al cabo de un tiempito nomás, regresaban aporteñados, hablando de “acá”, decían “sha voy”, “vos qué te creés”. Aprovechábamos para exagerar: “Afuera shueve que te shueve, adentro que ni gotia, vistes”, “sho no iré, porque sho sha juí”.
Nos burlábamos de esa chica que volvió después de un año y preguntó: “Má, ¿qué es esa frutita que chilla?”. “¿Cuál hija?”. “Esa que está ashá”. “Eh, chica, eso es un coyuyo”. “¿Me cortás uno?”.
Volvían con sus enormes grabadores al hombro, pantalón colorado, camisa azul brillante, zapatillas que nunca se habían visto en el pago y anteojos oscuros, porque ahora, ¡mirá vos!, el sol les molestaba en los ojos. Algunas chicas estaban más lindas de lo que las recordábamos. Como buenos puebleros, suponíamos que preferirían bailar con nosotros en las fiestas, pero se iban con los muchachos que venían del medio del monte, a quienes conocían de siempre, con ellos habían ido a la escuela.
Una ocasión, para el tiempo del carnaval hubo una riña de gallos en casa del Fiero Alfonso. En medio de la romería de gente que daba vueltas entre una y otra pelea, andaban los porteños con su pilcha llamativa. Como queriendo demostrar que ellos eran y no eran paisanos de ahicito nomás.
Algunos, si bien no se quitaban la tonadita de Buenos eran correctos, con decirle que se acordaban de los colores de los gallos y hasta apostaban por los animales de los amigos. Otros no tanto.
Ocurrió que lo topaban al negro Cassius Clay, de larga fama, con un bataraz colorado, de Juan Rosario González, del Puesto Nuevo, con el que habían igualado peso. Comentaban que sería una parada jodida porque los dos eran regularones. El puestonueveño venía acompañado de cierto nombre: lo habían hecho topar en Tucumán, en Pozo Hondo y en Rosario de la Frontera, pago de buenos galleros. La gente gritaba por uno y otro. Entre el barullo de la concurrencia, nomás se sentía “ahí ha punzao el mío”, “metele querido, no le afojes que ya lo tienes”, “doble contra sencillo, cien al bataraz”, gritos que siempre alegran a la concurrencia y a veces llevan a encontronazos desagradables por una palabra de más o un disculpe de menos.

Leer mas: el cuidado de los gallos extracto del libro inédito “Folklore santiagueño”, fruto de una recopilación de la década del 40 en la campaña santiagueña

En una de esas se hizo un silencio y uno de los porteños, para peor de voz bien finita, chilló: “Vamos Mujamad Alí”. No va a creer la risotada que se armó. Cada vez que hay una riña, muchos preguntan “¿No lo han anotado a Mujamad Alí?”. Y se alegran los paisanos. Hasta la fecha.
Ese día volvió a ganar Cassius Clay antes de la primera media hora, pero es otra historia.
©Juan Manuel Aragón
A 1 de enero del 2024, en Tinajeras. Cazando bumbunas

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