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FENÓMENOS Por qué pelean los gigantes del cielo

Como su figura lo indica: coyuyo

“El día que eligen los que salen de picnic los fines de semana, si es soleado es también una bendición de Dios”

La lluvia es una pelea entre los gigantes de que habitan el cielo; se cascotean con hielo, se enojan, se insultan a los gritos y echan llamaradas para castigarse mutuamente. Cuando luchan hacia el sur son bravos, si la agarrada es en para el lado del norte, peor. Se tiran con todo y desatan un viento que arrasa la vida. El vendaval es una víbora que pasa apurada por entre los barrios de los pueblos tumbando árboles, tirando abajo techos, levantando tinglados, retorciendo fierros, agitando papeles en un remolino de furia.
Al temporal lo pintan fiero, pero es la sumisa garúa de varios días: los gigantes discuten amables sobre asuntos quizás sin importancia, las banalidades de la vida quizás. Suele llegar de marzo a mayo, manso, sereno, se instala un día, sigue al siguiente y al otro y al otro, hasta que una noche cualquiera se manda a mudar dejando el olor a humedad en las casas, la ropa percudida y un regusto amargo en el corazón, porque no fue el aguacero contundente del verano sino solamente una caricia de los ángeles sobre el trigo que madura el otoño.
El día que eligen los que salen de picnic los fines de semana, si es soleado es también una bendición de Dios. La chica lleva los sánguches, el muchacho la bebida. Lo pasan en un lugar lindo, junto al río, en mesas que puso la municipalidad pensando nada más que en ellos, bajo las casuarinas que filtran los rayos de luz necesarios para que él le diga —de nuevo— que ella es el único y más extraordinario amor de su vida. Los gigantes y los ángeles se dan la mano y bailan detrás de las nubes en armonía, felicidad y contento.


Las mañanas de invierno convierten en cristal traslúcido el agua que quedó en el fuentón de lavar la ropa en medio del patio. Maravillado y temblando, el hombre tocará la escarcha para comprobar que está helando. Quizás aproveche la ocasión para explicar a los hijos que nada se pierde, nada se gana, todo se transforma, dándoles la primera lección de política de su vida. La única instrucción que les servirá para entender lo que sucede cuando leen los diarios.
Mientras pasan estas líneas por la pantalla del ordenador, la tarde desdibuja la sala de mi casa, lejos aúlla una sirena de la policía, persiguiendo quién sabe qué explícitos ladrones y las torres mellizas santiagueñas recortan el horizonte.
A pocas cuadras el dulce algarrobal, aguaita los coyuyos que lo harán madurar, entre los últimos días de esta primavera que no termina de pasar y el verano que traerá lluvias debajo del brazo.
Juan Manuel Aragón
A 25 de octubre del 2024, en Salavina. Preparando amchi.
Ramírez de Velasco®

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