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LENGUA Rameras, ramas y rosas: escándalo en el diccionario

Prostituta rusa antigua

Ricardo Soca, Roque Barcia y Sebastián de Covarrubias, entre otros, tratan sobre este crucial asunto de la etimología

El lingüista uruguayo Ricardo Soca, recuerda que, hacia fines de la Edad Media, era costumbre en España colgar un ramo en la puerta de las tabernas para indicar que no se trataba de viviendas particulares y llamar de esta manera la atención de los clientes. Las prostitutas, así como hoy ocultan sus negocios haciéndolos pasar por casas de masajes, en aquella época los disimulaban colgando en sus puertas un ramo, como si se tratara de tabernas. Por esa razón, las comadres empezaron a llamarlas rameras, una palabra que les sonaba más púdica que prostituta.
Este vocablo aparece registrado por primera vez en español a finales del siglo XV, como, por caso, en La Celestina (1499), de Fernando de Rojas: “Esta mujer es marcada ramera, según tú me dijiste, cuanto con ella te pasó has de creer que no carece de engaño. Sus ofrecimientos fueron falsos y no sé yo a qué fin.”
Pero uno, que no se conforma con una sola versión, consulta con Roque Barcia, hasta ahora uno de los mejores etimologistas españoles. Dice de este vocablo, con elegancia y justeza, que es “la mujer hace ganancia de su cuerpo, entregada vilmente al vicio de la lascivia por el interés”. A continuación, recuerda el dicho “a la ramera y al juglar, a la vejez les viene el mal” y explica que el refrán “advierte que los vicios de la mocedad se pagan en la vejez con los males que ellos mismos acarrean”. Y luego, al entrar en la etimología propiamente dicha, recuerda a Sebastián de Covarrubias que dice que “se llamaron así, porque en otro tiempo vivían fuera de las ciudades, en una chozuela cubierta de ramas”. Con esta definición, según Barcia, estaba de acuerdo el diccionario de la Academia de 1726.
Mientras, hay una versión edulcorada circulando por Feibu, que sostiene que las prostitutas callejeras de Madrid del siglo XV fingían ser vendedoras de rosas y de allí su nombre.
¿Entonces?, pregunta usted, desinteresado de estos pequeños dramas. Puesto a elegir, siempre hay que optar por la que se apoya en mejores documentos. A simple vista pareciera que Barcia tiene razón, porque es más antiguo y uno tiene la tendencia a creer más a los veteranos, sobre todo cuando vienen precedidos de una justa fama. En segundo lugar, se debe creer a Soca, que sabe bien de lo que habla.
Y nunca, pero nunca jamás se debe creer nada a Feibu, esa cloaca del pensamiento más pobre de la pobre gente, obvio.
Juan Manuel Aragón
A 3 de julio del 2025, en Sossegos. Comiendo un lomito.
Ramírez de Velasco®

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