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AVIONCITO Santiago profundo

Sapo

Pequeños detalles de la historia política de la provincia, podrían ayudar al descubrimiento del gran sapo negro que duerme en lo más hondo de sus pueblos


Cuando se habla del “Santiago profundo” como si fuera un misterio insondable y con una filosofía más elevada que la del resto de la gente, quienes han andado un poquito nomás por los caminos de la provincia, se ríen. Saben que lejanía no es misterio y que en las honduras de los 27 departamentos duerme un gran sapo negro y viscoso que, sólo para mostrarse, sale a la superficie con disfraces de todos los colores. Y vuelve a seguir roncando.
Los lectores santiagueños, si son viejos, recordarán la legendaria pelea que, durante cuatro largos años, se desarrolló en Santiago entre Carlos Arturo Juárez, el último gran caudillo comarcano y César Eusebio Iturre, que pretendía destronarlo entregando reparticiones públicas como coto de caza para que se sirvieran los hasta ayer enemigos, comprados con una bicoca, para mejor, ajena.
Sirva este marco de referencia para encuadrar una lucha política que, en algunos casos fue despiadada, con soldados acudiendo a los más bajos recursos para ganar, al final del día, un tranco i´pollo en la pelea por la supervivencia en la consideración de los votantes, última ratio de todos los servidores públicos, buenos, malos y también masomenitos. La historia los usa a menudo como sangre de su sangre, para dar circulación al cambiante y siempre igual cuerpo social de esta provincia.
Pero, vamos al punto, decía la abuela, y agarraba la aguja de tejer.
Una práctica para conseguir voluntades por izquierda que hubo en aquel tiempo, fue la del famoso y nunca bien execrado “voto avioncito”, del que se valieron unos y otros para torcer la voluntad de los ciudadanos, aunque fuere a última hora, antes de entrar al cuarto oscuro. Esto lo contó en el bar Alem, a orillas del mercado Unión de La Banda, un viejo dirigente de la otra orilla del Dulce, con ¡uf!, muchos años pasados en las lides políticas. Al haberlo hecho público entre amigos, desligó a este relato de una posible violación de la obligada confidencia periodística.
No tiene nada que ver con el “voto cadena” que implica, ese sí, una actividad delictiva. El “voto cadena” es un sistema sencillo e infalible, comenzó con los conservadores luego de 1916, cuando se estableció el sufragio universal y secreto, quizás los radicales lo usaron después y los peronistas lo copiaron luego. Un votante madrugador no pone en la urna el sobre firmado y sellado que le entregó el Presidente de Mesa, sino otro cualquiera, y lleva el original escondido adonde lo esperan los votantes. Le dan ese sobre, cerrado y con la papeleta adentro a alguien que vota en la misma mesa, con la misión de que les traiga el que le entregaron a su vez las autoridades.
La cadena sirve sobre todo en lugares en que se demostró que la gente miente a los partidos políticos y vota como quiere. A pesar de ser un sistema viejísimo, en cada elección surgen aquí y allá, denuncias de unos y otros que dicen haber observado la maniobra, hecha por los contrarios, obviamente. Y es un delito.
El voto avioncito es distinto, es totalmente ilegítimo, no es propio de lo que un buen padre de familia sostiene, o cree, que son las inviolables normas Iso9000 del sistema representativo, republicano y federal. Y roza la ilegalidad de una manera que —vista desde aquí— sería tangencial, digamos, no tan grave, para decirlo de manera franca, siempre en el contexto de estos pagos. No agravia la esencia del sistema, eso que eventualmente y bien aplicado, podría dar vuelta el resultado de una elección cuadrera, aunque nunca se presentaron pruebas de su eficacia.
El dirigente de esta historia, de Los Quiroga, quizás Antajé o Clodomira, reunía a los paisanos de lugares vecinos para llevarlos a votar en ómnibus al pueblo. Esos pocos kilómetros le sobraban para su maniobra. Cuando arrancaba el vehículo, contaba aparatosamente a los pasajeros, uno por uno. Entonces anunciaba:
—Aquí son veintidós personas. ¿Ven este voto?, está plegado en forma de avioncito. Esta tarde, cuando se abran las urnas, mis fiscales tienen que encontrar veintidós votos avioncito. Si llega a haber uno menos, a la noche no les doy el bolsón de comida.
Repetía la maniobra en el siguiente colectivo, con forma de barquito, en el siguiente con forma de casita, y así. Con este simple trabajo se aseguraba la fidelidad de muchos vecinos y en las mesas en que intervenía se ganaba por goleada, o no se perdía por mucho.
Alguien le objetó a quien refería la anécdota que, a la hora de contar los votos, cualquier fiscal de mesa los va desdoblando, además nadie cuenta uno por uno los que vinieron plegados de una determinada forma, por lo que es muy difícil controlar la fidelidad. Respondió:
—No es difícil ese control, ¡es imposible!
—¿Entonces?
—Mucha gente tenía miedo, no tanto por el bolsón que le iban a dar esa noche, sino porque el dirigente solía ser alguien respetado y temido en el pueblo. Era un tipo que tenía camioneta y, por lo tanto, el único al que acudías si se te enfermaba la patrona o el chico se te lo accidentaba, para llevarlos a la ciudad. Él firmaba los avales para que te den una casa. Muchas veces también decidía si te correspondía el agua, en lugares en que no había, a la contra se la castigaba haciéndole pagar más cara. Si tu hija era maestra y necesitaba un traslado, él te activaba el trámite en la ciudad…
—¿Y si era de la contra?
—Igual. Todos sabían que en cualquier momento se daría vuelta la tortilla y sería de nuevo el mandamás del lugar. Ponele que era partidario de Carlos Juárez de toda la vida. Si no lo ponían de comisionado, algo le iban a dar, un ministerio, una subsecretaría, una dirección, un carguito nacional, cualquier cosa. Eran tipos jodidos, se acordaban si no les habías dado una mano cuando estaban en la mala. Mejor tenerlos de amigos, ¿qué costaba poner el voto avioncito en el sobre? Nada.
En el profundo Santiago que muchos dicen admirar sin conocer, cerca de toda lejanía, el sapo negro se despierta disfrazado de carreras cuadreras, comadres tomando mate en la vereda, riñas de gallos, chicos jugando en la calle, cuentos de domadores narrados en fogones amanecidos, bailes guaracheros con hermosas mujeres, grandes infiernos de chismes malintencionados que recorren el pago de una punta a la otra, desfiles de alumnos los días patrios, carnavales imborrables cantando chacareras, cabritos recién carneados oreándose en el patio, jugadas de pelota de hacha y tiza y mil recuerdos multicolores. Luego vuelve al fondo de la represa de la memoria de los campesinos.
Y sigue durmiendo, triste y solo.
©Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. Con el tiempo, muchos paisanos se avivaron, y coimearon al "fiscal".
    ¡Excelente su relato!

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  2. Muy bueno Juan, no la conocía. Con la boleta única o el voto electrónico se hará más sutil y complicada la tecnología pero seguro que aparecerá.

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  3. Que cosa no gracias dios te bendiga el ama al que abla la verdad

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  4. Y seguimos así, ni más ni menos. De vez en cuando el sapo sale de la cueva...

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