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FOTOCOPIAS El alma de Macario

Libros viejos

Hojas gastadas guardan verdades únicas, salvadas por amigos de la codicia familiar

Entre los papeles que dejó en su escritorio Macario Retamar, había un bosquejo de diccionario personal que los amigos rescataron casi como papel viejo, de la voracidad de los parientes supérstites. Durante muchos años anduvo de mano en mano, en viejas fotocopias de fotocopias. Ahora salen a la luz gracias a la generosidad de un conocido, que conservó una, arrugada en algunas partes y borrosa en otras, pero siempre legibles.
Aquí va, como un regalo para quienes lo conocieron.
Bien. Qué es bien, qué es mal. Bien es que un chico cumpla años de noviembre de un año a junio del siguiente. Julio, agosto y setiembre son mal, porque entonces irá medio atrasado a la escuela, será el más grande del grado, o el más chico si la madre consigue una cuña para inscribirlo antes. Como es sabido, el horóscopo, los signos, determinan la educación de los niños.
Bolonia. San Martín pasó sus últimos años en Bolonia sobre el mar, uno de los nombres de lugares más bonitos que se conocen en el planeta, salvo quizás, Real Sayana. Desde entonces, quienes conocen de historia, al menos en este país, cada vez que leen una noticia fechada en esa ciudad, la asocian con el general San Martín, así la noticia fuera sobre una carrera de ciclistas o un crimen macabro.
Buenos Aires. Cuando algún escritor de malas novelas de espías, en cualquier lugar del mundo, tiene que situar alguna escena fuera de —digamos —Estados Unidos o Inglaterra, elige Buenos Aires, como un exotismo inteligente, ya que Río de Janeiro es un destino obvio. Los provincianos argentinos tienen una larga historia de malentendidos con su capital. Unos creen que los últimos próceres de la historia nacieron de este lado de la General Paz, los de aquí dicen que nacieron allá. Las culpas quizás estén repartidas.
Cine. A las ocho y media en punto, el novio pasaba a buscar a la chica, porque a las 9 menos cuarto comenzaba la película y había que venir en el Quince, al Petit Palais, al Centro, al Santiago o al popular Renzi. A la salida, el muchacho ya estaba enamorado de la Brigitte Bardot o de Olguita Zubarry, mientras se preguntaba por qué el destino le tenía reservada esa chica que llevaba del brazo, a su casa, plena medianoche de Santiago. A esa hora el colectivo volvía repleto.
Coco. Uno de estos días habría que averiguar qué se hicieron las famosas cocaditas del Trust cuando el Trust comenzó a ser olvido. El coco, una de las frutas más exóticas para esta provincia salitrosa que comparten los santiagueños, acompaña algunas de los más ricos manjares que hacen disfrutar pasteleros y panaderos a grandes chicos. La que no lo quería al Coco, era la hinchada de Boca, lo aguantaba nomás porque —con poca gloria y menos penas —lo sacó campeón. Era el Coco Basile.
Conmemoración. En el mes de la Independencia, justo es que se recuerde a los que la hicieron, quiénes la hicieron, y qué pasó después, pues todo se desbarrancó tan ignominiosamente, tan cuesta abajo en la rodada. Qué derrota para los Congresales de Tucumán que fueron estos doscientos años y pico. Tranquilo don Francisco Narciso, que ya vendrán tiempos peores.
Creacionismo. A quienes creen en Dios, los tratan como si fueran los seguidores de una religión extraña, cuando fueron los primeros en preguntarse sobre el origen de lo que existe. La doctrina del evolucionismo tiene sus fieles creyentes, su catecismo, sus dogmas, sus milagros, hasta sus propias misas y un único dios. Las pruebas que los avalan caben cómodas en una mesa de billar y algunas son falsas.
Extranjeros. Son los otros, los extraños, que no son como los de aquí. Hace mucho que la mayoría dejó de ser rubia, blanca y linda. Ahora son más como era la Argentina antes de la corriente aluvional del Atlántico: vienen del otro lado de los cerros de Jujuy, del Gran Chaco y de un poco más allá también. Y por supuesto que son bienvenidos. En poco tiempo más, serán tan argentinos como el “che vos vení”.
Galápago. El nombre de un apero de los españoles pasó a significar una tortuga, una isla, un mar, una cultura. En el tiempo que la humanidad lleva de creencias absurdas, jamás un mineral se convirtió en ameba, es biológicamente imposible. ¿Dios actúa como agente proveedor de vida? La teoría de la evolución de las especies lo niega, pues se formuló expresamente para negar la posibilidad de un dios como agente activo de la Creación.
Libros. ¿Quién ha dicho que no muerden? Organizaron revoluciones, tumbaron gobiernos, sacaron ministros, pusieron edecanes, estupidizaron multitudes, avivaron giles, enterraron honras, resucitaron finados, pasaron recetas, torcieron la historia. La vida enseña que, si hay objetos peligrosos en sí mismos, en este mundo, los libros deberían encabezar la lista. Reíte de la bomba atómica. Una chía.
Nimes. El otro día ha salido en el diario algo sobre esta ciudad de la que pocos argentinos podrían decir dónde queda o cómo es. Pero muchos conocen porque fue el lugar que eligió el destino para cobijar la última noche de Atahualpa Yupanqui. Uno de los mayores vates que ha dado este país, tal vez haya sido a propósito que eligiera Francia para morirse. Lejos de la vocinglería argentina que pretendió, en sus últimos años, convertirlo en pasto de entrevistadores televisivos.
Southampton. Dicen que Rosas tuvo un exilio pobretón. Que se codeaba con algunos caballeros ingleses, que admiraban su forma de montar a caballo, a lo indio. Alguna vez, historiadores argentinos visitaron a sus descendientes, los Terrero, que se quedaron a vivir en la rubia Albión. Quién sabe si quedará algún nieto de un chozno que recuerde de dónde viene su estirpe y qué hizo su ilustre antepasado para mantener con vida independiente este lejano punto del planeta.
Venganza. Se come fría, como la mortadela. Desde hace dos mil años (y la yapa), hay quienes aconsejan poner la otra mejilla. Otros, en cambio, prefieren el olvido, como si fuera fácil. La venganza nace necesariamente del sufrimiento de una ofensa anterior, crece cada vez que el ofensor sonríe y muere una vez que está cumplida. Después viene la feliz congoja del que —con razón o sin ella, es lo de menos —se siente satisfecho.
Juan Manuel Aragón
A 12 de julio del2025, en Salavina. Oyendo jazz.
Ramírez de Velasco®

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