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HISTORIA Una de las (tantas) triquiñuelas de Carlos Arturo Juárez

Carlos Arturo Juárez

“Con una sola vez que hablara en la radio, Juárez habría convencido a los dudosos de participar en su favor y por eso se la negaban”


Cuando se escriba la definitiva biografía de Carlos Arturo Juárez o una que no sean las bazofias que escribieron hasta hoy los biempensantes izquierdistas colonizados por el discurso de odio de los derechos humanos, lo que esperamos los lectores es que no sea un compendio de juicios condenatorios o expresiones laudatorias del otro lado, sino un relato ecuánime, que lo muestre tal cual fue, con sus defectos y también con sus virtudes.
Para quienes creen en las bondades del régimen democrático de gobierno, decir que fue bienhechor solamente porque los santiagueños lo eligieron (lo elegimos), cinco veces gobernador, es un error. Pero también mearán fuera del tarro quienes sostienen que mantuvo engañado al pueblo durante tanto tiempo.
Tenía múltiples, variados e increíbles subterfugios para triunfar en las elecciones, pero unos cuantos eran infalibles. Algunos han sido contados en otros sitios, como el de desprenderse de su propio reloj pulsera, cada vez que veía a un seguidor que no poseía uno. “Que no digan que un dirigente de Carlos Juárez no tiene reloj, tomá el mío”, exclamaba con su tonante voz, recordada hoy por muchos en Santiago. Imagínese, el tipo al que le habían regalado tal prenda no se olvidaba jamás del generoso gesto. Luego de aquel acto, cuando retomaba su camino, un secretario le pasaba otro reloj, comprado por dos pesos en Buenos Aires.
En las elecciones de 1995, seguros de que esa vez sí perdería Juárez, los diarios, las radios, la televisión de Santiago, apostaron al caballo del comisario, Enrique Bertolino, había surgido de un comité de intendentes. Venía de Selva, los asesores de la intervención de Juan Schiaretti lo prepararon para que al menos no hablara tantas macanas, y lo lanzaron al ruedo a enfrentar al viejo caudillo. Hasta último momento, Juárez, que se veía viejo, lleno de achaques y con ganas de pasar a cuarteles de invierno, intentó ir por una candidatura única, él se bajaba si los otros lo bajaban también a Bertolino.
La intervención tomó por debilidad lo que era un sincero pedido del viejo caudillo y no aceptó. Schiaretti y los suyos estaba ensoberbecidos de poder, manejaban la Justicia a su antojo, mantenían presos injustamente a funcionarios del régimen depuesto y se hablaba en voz alta de festicholas a todo lujo, en un pueblo chico como Santiago, que sabía hasta los nombres y apellidos de las mujeres que participaban.
En esa elección se volvió a usar, a campo abierto y a la luz del día, la ley de lemas, que sigue en vigor en varias provincias y permite acumular los votos de distintos candidatos de un mismo partido, para ofrendarlos al ganador.
Se temía que triunfara José Luis Zavalía, que había sido, en cierta manera, quien desencadenó en la provincia una serie de acontecimientos que terminaron en la intervención federal de Schiaretti. Los dos diarios de la provincia se alinearon con Bertolino. Juárez, a quien no le interesaba lo que dijeran o dejaran de decir sobre él los periódicos, clamaba para que lo dejasen hablar por LV11, pero sus micrófonos permanecieron cerrados para él y en esa campaña nunca le otorgaron un segundo de aire. La televisión se le abrió cuando faltaba el tiempo de descuente, pues recién entones los dueños del canal tuvieron la certeza de que ganaría, más vale tarde que jamás.
Pero la radio era uno de los secretos de su popularidad, quizás el más preciado. Así como hace poco los políticos descubrieron el poder de internet y sus redes para hacerse del gobierno, el peronismo del 45 se dio cuenta, antes que la oposición, de la penetración cultural de los aparatos receptores. Y el viejo caudillo del 95 también había participado de aquellas contiendas del naciente peronismo.
Y Juárez la había usado de manera magistral. En cada elección elegía unas cuantas palabras para decir personalmente a cada uno de sus dirigentes, la misma para todos. Algo así como: “Usted es la persona de mi entera confianza en esta elección”. Sabido es que la gente de campo tiene una memoria asombrosa para recordar conversaciones completas sin saltearse una coma. Esas palabras de Juárez quedaban grabadas a fuego en su mente.
Lo que no sabían esos pequeños dirigentes, que quizás conseguían los votos de sus familias y dos o tres más, es que la frase aquella había sido repetida por el viejo caudillo en persona a cada uno de cientos, quizás miles de simpatizantes del partido con los que había conversado antes de cada elección. Atesoraban esas palabras en su corazón.
Con una sola vez que hablara en la radio, Juárez habría convencido a los dudosos de participar en su favor y por eso se la negaban. En algún momento de la entrevista, habría nombrado a esos cientos de dirigentes, solamente diciendo: “Ahora voy a hablar con la persona de mi entera confianza, ¡y él sabe quién es!”. A continuación, mandaba un mensaje cualquiera, que podía ser, continuar trabajando hasta el final para ganar la elección.
Ahora, imagine lo que era para un pequeño comerciante del departamento Copo, de Choya, de Pellegrini, de cualquier lugar alejado de la provincia, un humilde criador de cabras, dueño de tres vacas y el mulo para la zorra, sentir que el caudillo lo nombraba a él personalmente. Tenía para hablar de gente importante, podría haber nombrado al candidato a intendente del pueblo, pero se refería a solamente a él.
¿A quién otro si no a él, su hombre de confianza en Pichi Corral, Comisario Huarcuna o Ropero Ladeao le podría estar hablando Juárez? Se les hinchaba el pecho de orgullo mientras señalaban el receptor a los hijos, a los vecinos quizás emocionados. Y si en ese momento andaba dudando de sus lealtades políticas, bastaba ese gesto para terminar de convencerlo. Era un último llamado subliminal para galvanizar a la dirigencia.
Con la radio de alcance provincial cerrada, igualmente ganó la elección del 95, con tantos votos que, incluso si no hubiera tenido la ley de lemas a su favor, habría triunfado lo mismo. La ventaja era que tuvo una Legislatura totalmente adicta, porque la mayoría de los diputados de Bertolino se tumbaron a su favor más rápidos que inmediatamente.
No vaya a creer que esta triquiñuela para ganar las elecciones era la única que usaba Juárez. Cuando se escriba la crónica de aquellos tiempos, bueno sería que los historiadores del futuro la consignen, como ejemplo de la forma en que la palabra, más que el dinero, las armas, la fuerza bruta tiene el poder de cambiar el rumbo de la historia. Para bien o para mal, es otra historia.
©Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. Curioso artículo que comienza planteando que quienes crean que mantuvo engañada a la ciudadanía estarán "opinando" fuera del tarro, y sin embargo el artículo entero está dedicado a describir todas las formas de engaño que el ex-gobernador usaba.
    También me parece falaz el juicio inicial, de considerar a quienes critiquen sus gestiones como "izquierdistas colonizados por el discurso de odio de los derechos humanos".
    Trabajando en obras viales en el interior pude ver el impacto de esas gestiones, que causaron un divisionismo, desprecio y persecución entre adeptos y no adeptos como nunca he visto.
    Si me preguntan, creo que su mayor "virtud" fue su dominio del arte de manejar a las masas, que evidenciaba su esmerada dedicación a leer a todos los escritores que cubrieron ese tema históricamente. No tengo dudas de que había leído e interpretado a Le Bon, Huxley, Froid, Ortega y Gasset y Marx. Conocía al milímetro la historia y mentalidad de los santiagueños desde la colonia hasta sus días, y supo cómo nadie cómo manejarlos.
    De su obra de gobierno que se encarguen los historiadores.

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