Ir al contenido principal

CUENTO Los negros de abajo

Imagen de ilustración nomás

Que narra lo que sucedió el día que en la oficina decidieron instalar cámaras de vídeo para ver qué hacían los empleados

Un buen día pusieron cámaras en el trabajo. Las ubicaron estratégicamente, una en cada oficina y dos en la que le decíamos “La Perrera”. Roberto, que siempre amagaba con levantarle la pollera a la Patri, sólo para ver qué color de bombacha llevaba, dejó de hacerlo; Sonia no lo imitó más a Fallon cuando salía del baño secándose las manos con el pañuelo y Mariano, que siempre se levantaba de la silla para hacer ejercicios físicos y desentumecerse, se abstuvo de sus sesiones de gimnasia. Decían que el dueño tenía el televisor en su despacho y se divertía mirándonos.
Alguno comentó, medio en serio, medio en broma, que había dicho: “Los esclavos de abajo trabajan bien, pero si se lo controla son inmejorables”. Aunque eso de los esclavos o los negros de abajo era cierto, siempre lo decía casi con satisfacción. Su oficina quedaba arriba, obviamente. El problema es que el hombre aquel, el dueño, digo, no entendía que cuando conversábamos en los pasillos, no estábamos discutiendo de fútbol o de mujeres sino del trabajo. No le digo que a veces no pasáramos algunos chismes, como el lío que se armó cuando el dueño embarazó a una secretaria y la señora descubrió toda la matufia. Pero en general hablábamos de asuntos del laburo sólo que desde arriba no se notaba.
El ambiente se puso aburrido. Pero al tiempito nomás alguien descubrió los “puntos ciegos”, lugares que las cámaras no miran, porque no son omnipresentes, como el ojo humano. Había pocos, al lado de la salida de los baños era uno y pegado a la segunda computadora, entrando, a la derecha, otro. El primer día Josecito López imitó al “capo di tutti gli cappi”, el gerente de ventas. Alguien le preguntó cómo iba a salir Boca el domingo y respondió con la misma voz del capo: “De eso no voy a hablar porque soy inhóspito en esos temas”. Porque así de ignorante era.
Para despanzarnos a las carcajadas pedíamos turno en lo que llamábamos “el cono de sombras”. Isabel un día se paró en el punto ciego de la puerta de los baños y nos hizo un striptease “¡chuguagua — chuguagua!”. Debíamos mirar de reojo y no carcajearnos, porque si no, iba a bajar el dueño a ver qué pasaba.
Un día los de Contaduría prepararon un número de la cumbia “La pollera colorá”, con música y todo, porque nos enteramos de que las filmadoras no tenían sonido. Perecito recordó que el dueño había comentado, en una reunión de amigos, que desde que instaló los aparatos parecía que los empleados trabajaban más y estaban todos felices y contentos.
Una siesta de invierno, González quedó en calzoncillos, mientras gritaba: “¡A ver quién se ríe, carajo!”. Y cuando salíamos por un café, nos preguntábamos si el efecto que habían tenido las cámaras no era el contrario al que buscaba el dueño.
Un día por no sé qué lo sacaron a Juarecito, el jefe de sección, que se reía con nosotros y era uno más, aunque lo respetábamos también porque, al revés de todo Jefe, que está ahí porque no sabe, él sabía. Trajeron uno de Buenos Aires que no se bancaba bromas, más serio que citación de Fiscalía. Para peor no sabía nada y quería imponer sus propias ideas.
Uno a uno fuimos renunciando todos, molestos con tanto control y tantas tonterías. No va a creer, pero al tiempo la empresa empezó a vender cada vez menos, después menos que menos y al final se fundió, como suele suceder cuando sus propietarios quieren meterse con la manera de trabajar de los empleados.
Cuando cerraron sus puertas definitivamente dicen que alguien pagó unos mangos por llevarse las computadoras, capaz que para sacarle algunas piezas o venderlas como repuestos. A los muebles los llevaron a un depósito y ahí deben estar juntando óxido, porque casi todos eran de lata ordinaria. Los escritorios no servían más porque eran de madera enchapada, una porquería que no servía ni para fabricar un corral para los chanchos. Y las cámaras las tiraron, nadie quiso comprarlas, ahora venían unas más modernas, para ver por internet, más discretas.
Siempre decimos que uno de estos días nos tendríamos que juntar los compañeros, hora que estamos en un grupo de WhatsApp. Capaz que organizamos un asado. Nadie quiere invitarlo al antiguo patrón. Los muchachos dicen que si entonces que tenía plata se hacía el sota a la hora de pagar los asados, ahora menos. Pero la Patri ha dicho el otro día en una conversación en el grupo, que le gustaría que vaya. “Lo voy a filmar toda la hora para que sepa qué se siente”, anunció.
Pero son esas cosas que se dicen nomás. Porque uno los ve, años después y más que nada le provocan lástima, tanto tiempo tragando el propio veneno, como una constante a la que no se acostumbra, no debe ser lindo, ¿no?
Firma: Un negro de abajo
A 14 de julio del 2025, en Tipiro. Viendo pasar los autos.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares (últimos siete días)

1965 AGENDA PROVINCIAL Moreno

Edgardo Moreno El 14 de abril de 1965 nace Edgardo Atilio Moreno en La Banda, Santiago del Estero, abogado, profesor de historia y dirigente nacionalista El 14 de abril de 1965 nació Edgardo Atilio Moreno en La Banda, Santiago del Estero. Es abogado, profesor de historia y dirigente nacionalista. Su vida estuvo marcada por la militancia política y la difusión de ideas vinculadas al revisionismo histórico. Cursó estudios de abogacía en la Universidad Nacional de Tucumán, donde obtuvo el título de abogado. Más tarde se formó como profesor de historia en el Instituto Superior del Profesorado Provincial de Santiago del Estero, lo que le permitió combinar la docencia con el ejercicio profesional. En su carrera en la administración pública se desempeñó como secretario del Juzgado Electoral de la ciudad de La Banda, cargo que le dio visibilidad en el ámbito institucional provincial. A mediados de la década del 2000, se convirtió en uno de los fundadores del Partido Fuerza Patriótica, organiza...

SÚA El grito

Súa Carabajal Entérese de una falsa etimología y por qué es un insulto criollo que alerta, acusa y define en la noche campesina Una etimología falsa de la palabra “quechua”, o más fielmente “quichua”, sostiene que cuando los españoles llegaban a un pueblo, los indios peruanos salían corriendo gritando “¡súa!, ¡súa!”, que significa ladrón o ratero, en casi todos los dialectos de esta lengua que se hablaban en los pagos del Inca. Es bonito pero falso ese origen, que merecería ser cierto, sobre todo para los indigenistas, que buscan motivos para odiar a los españoles hasta debajo de las piedras. Si hubiera un solo documento para demostrarlo sería perfecto, pero no lo hay. “Súa” es un término muy conocido, aún entre los que no hablan la lengua del Cuzco, porque la repetían todos los días en “Santiago, guitarra y copla”, conocido programa folklórico de la radio LV11, que conducía Juan Carlos Carabajal. Al empezar la audición, se pronunciaba la supuesta trilogía moral de los indios peruanos:...

ACERO La deuda de una muerte

Ilustración nomás Un cuchillo heredado, mínimo y silencioso, atraviesa generaciones y repite un gesto oscuro que tal vez nunca dejó de suceder Contaban, pero quién sabe si sería verdad, que con ese cuchillito el abuelo había matado a un ladrón que entró al almacén de la familia. Cuando hicieron la repartija de los bienes, me llevé aquella arma humilde, pero con un significado especial. Era de acero, no muy impresionante, con mango de asta de vaca y una muesca rara en el contrafilo. Debía una muerte. Hubo parientes que se alzaron con muebles costosos, camas de bronce, candelabros, vajilla importada. Reclamé un mate de plata que, desde que tengo uso de la memoria estaba en una vitrina de la sala, pero le tocó a tía Olga. En un descuido de la parentela guardé el arma en la espalda, como lo debía haber usado el abuelo. Cuentan que dio la voz: “¡Qué haces, maula!”, y con el susto que da el coraje, cuando el malandra encaró, peló el fierro y se lo clavó en el corazón. Como soy hombre de paz,...

ISRAEL ¿Qué pasa con el sexo durante la guerra?

El amor en los refugios Una pareja dejó de ir al refugio y empezó a tener relaciones sexuales, una mujer soltera siguió saliendo con hombres, pero quería ir directamente a la cama, hubo padres que entraron en los cuarteles militares con sus hijos y, en lugar de tocarse, encontraron una vía de escape en sus peleas, y más… Por Aspir Ayubov en el diario Mako “Llevamos cuatro años casados, un segundo capítulo para ambos, y la guerra ha despertado en nosotros pasiones increíblemente intensas”. Así describe Uri, un vecino del centro de unos 40 años, la sorprendente dinámica de pareja que surgió a raíz de la guerra con Irán. Para él y para ella, no extinguió la pasión, sino que se convirtió en un motor de intimidad y deseo, en el momento en que decidieron abandonar el espacio protegido. “En la segunda semana de la guerra, dejamos de bajar al refugio, y por esas mismas fechas nos dimos cuenta de que no podíamos dejar de tocarnos”, dice. “Es como si hubiéramos dejado de protegernos y hubiéramos...

CAMBIO Noticias viejas

Ilustración Un chico descubre que informarse antes era esperar y confiar en papel que llegaba tarde cada mañana El otro día le dije a mi chango, de 8 años, que en Santiago muchos estaban acostumbrados a dormir sobre colchones de lana, en catres de tiento. En algunas casas faltaba el agua corriente y había que lavarse la cara en palanganas. No había quien no supiera bailar un trompo. Y la mayoría se informaba sobre la provincia, el país y el mundo, leyendo el diario u oyendo la radio. Bueno. Todo eso terminó. Durante una semana me pasé explicándole que era un colchón de lana, un catre, una palangana y un trompo. ¿Tarea dura?, no, ¡qué va!! Lo jodido fue explicarle qué era un diario. —Las noticias venían escritas en una especie de libro, como los que uso yo. Sólo que tenía las hojas más grandes. —¿Del tamaño de las hojas de mi carpeta de dibujo? —No, más grande. —¿Cómo muchas hojas, como tus libros? —Llegaron a traer cien o más. —¿Y quién los escribía? —Los periodistas. —Pero, ¿cuándo? —...