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CUENTO ERÓTICO (LEVE) Dejame que te diga

Una mujer tuvo la culpa

Este cuento tiene varios años, lo publiqué en otro blog y lo  olvidé, ayer  lo encontré,   capaz que le gusta

Si alguien tiene la culpa de esto, somos los dos, mitad y mitad, y si no, acordate de cómo empezó todo. No, no me vengas con esos histeriqueos de "yo no quería y vos me obligaste", porque sabes bien que no es cierto. ¿O no fuiste vos la que se me acercó, la noche de Navidad, para coquetear delante de tu marido? ¿Yo? Yo nunca te había mirado de otra forma. Sí, ya sé que después te dije que desde siempre te venía observando, pero eso es parte del juego, ¿o no? El otro día, cuando inauguraron el boliche nuevo, ese de la Aguirre: "Si te viera tu madre", le han puesto, yo pensaba, "si se enterara mi mujer". Qué escándalo, ¿no? No, no quieres ni pensarlo. Yo tampoco. Haríamos pelota cuántas familias, si lo supiera tu gente y la mía. Mejor ni hablemos de eso.
¿Te acuerdas de la primera vez que nos rozamos? Era Navidad, y ya se sabe, los hombres van para un lado y las mujeres para el otro y vos y yo, aparte, coqueteando, como varias veces antes. Está bien, si vos lo dices, conversábamos, nada más. De repente se te cayó esa traba para el cabello que tenías entre las manos. Nos agachamos al mismo tiempo y no sé cómo, te juro que no sé, rocé tu mejilla con la mía. Te pusiste colorada. Sé que yo también. Vos miraste para donde estaba tu marido. Yo, hacia donde estaba mi mujer. Nadie se dio cuenta. Dijiste algo, nerviosa, y te fuiste. Los hombres hablaban de fútbol y política. Las mujeres de chicos y escuelas. En eso estaba, en lo mejor de la discusión (qué lejanas y estúpidas me parecen hoy esas conversaciones, qué tontas, qué fofas), cuando miré para el lado de las mujeres. Me observabas, había algo húmedo en tus ojos. Son, o eran, tan apresurados nuestros encuentros, tan fugaces, que nunca te he preguntado si fue casualidad que esa noche nos sentáramos juntos. Y que yo comenzara a buscar tu pierna. Primero la retiraste, pero estábamos de espaldas a la pared, así que nadie nos vería. ¡Tus piernas!, tan maravillosamente largas. Tiempo después las recorrí de punta a punta. Juro que nunca he sentido algo así. Después, lo reconozco, acerqué mi pierna izquierda a tu derecha, despacito, como quien no quiere la cosa, como de casualidad. Cuando no la retiraste, me animé a subirla y bajarla, lentamente, sin mirarte. En ese momento tu marido hablaba de las últimas elecciones, algo así. Él estaba del otro lado tuyo. Yo tenía que responderle, y vos, maldita, en ese instante, comenzaste a restregarte también. Un calor me recorría el cuerpo, de arriba a abajo, de abajo a arriba. Sé que estaba colorado. Vos sonreías. Ay, esa malicia que te invade cuando sonríes. Y antes de que terminara la cena, tu mano comenzó a deslizarse por mi pierna. Yo hervía. Tu mano se acercaba y se alejaba, buscando. Si la apartaba, te ponía en evidencia, si no la apartaba, también. Ahora hablaban de fútbol y yo tenía que opinar algo. Dije alguna tontería. El mundo entero era tu mano que me tocaba. Y yo, que de vez en cuando te miraba suplicante, implorándote que no continuaras. Y vos, que seguías y seguías. Esa noche tuve la certeza de que no faltaba mucho para que fueras mía.
Una vez tuve dos novias al mismo tiempo. Fueron dos semanas en las que me sentí un infeliz porque sabía que debía decidirme antes de que me descubrieran y creía quererlas a las dos. Esto es distinto. No es amor, no. No te equivoques. Por lo menos lo mío no es amor, y espero que para vos tampoco. Es solamente deseo. Son tus caderas quizás. O esa sonrisa maliciosa que siempre me regalas cuando, al fin, estamos solos. O tu larguísimo cabello negro. O la forma que tienes de desprenderte el corpiño o de entregarte, tan libre, tan desprejuiciada, tan confiada en mí. No hay más que deseo, si no, ¿por qué te pones ligueros? ¿Por qué esas bombachas negras, transparentes? ¿Por qué te pasas horas mirando nuestros cuerpos desnudos en los múltiples espejos de estos hoteles hechos solamente para el amor? Algunas veces he llegado a pensar que ya te habías olvidado de mí. Antes de la última vez pasaron dos meses sin que nos viéramos. Vos siempre sos la que telefoneas. Si estoy, me hablas, si no, cortas, ya lo sé. Yo nunca. Primero porque no tengo para qué llamar a tu casa, ni por qué. Segundo por ese maldito orgullo que me impide ser el que dé el primer paso, lo reconozco.
¿Por qué te enojaste la última vez? Ah, ya recuerdo.
-Yo no te voy a telefonear. Hacelo vos, si quieres- te dije. Y vos te largaste a llorar.
-¿Crees que soy una perra, que solamente me acuerdo de vos cuando quiero esto?, ¿te piensas que para mí el amor pasa solamente por una cama, por un rato de placer?- me preguntaste.
No dije nada, pero para mí, era obvio que sí. Eso es lo que siempre he sentido. Y lo dejé bien en claro después de la primera vez que estuvimos juntos, esto no es amor, es otra cosa. Mirá la estupidez que voy a decir, siempre hubo una primera vez con las mujeres con las que después hubo otras veces, pero la primera noche con vos, fue maravillosa. Bueno, noche, lo que se dice noche, no hubo, porque nunca tuvimos una noche íntegra para nosotros.
De todas maneras ¿te acuerdas?
No digas que no. Temblabas como una gota de agua en un vaso. Dejame que haga memoria, ahora que estamos seguros de que esta es la última vez. Temblabas cuando fui acercando mis labios, despacito, a los tuyos. Creí que estabas nerviosa, y era pasión lo que sentías. Igual que yo. Estabas hermosa. No supuse jamás que alguna vez sucedería esto, qué quieres que te diga. Sabes que lo nuestro, fuera de esta u otra cama, es imposible. Primero por mi mujer y tu marido, después por tus hijos y los míos, por tus padres, por los míos. El mundo sería un infierno, lo sabes. No llores, mi amor. No hagas esto más difícil de lo que es. Ya sé que desperté en vos, sentimientos que estaban dormidos, como me dices siempre, que tu vida nunca volverá a ser la de antes. Pero, ¿vos crees que te voy a olvidar fácilmente? Ese temblor es lo que más me gusta de vos. Siempre tiemblas cuando al fin nos encontramos para desatar las ansias de estar juntos. Tal vez el amor sea esto, un respirar entrecortado, un suspiro contenido, conversaciones de imposibles. fugas que no podrían ser nunca, confesiones a las que nunca nos animaremos. Esa primera vez fue como si tu cuerpo resplandeciera, cuando nos enredamos en una confusión de besos, sudor, lágrimas y esas sábanas que guardaron, en un revoltijo imposible, las huellas digitales -la historia quizás- de nuestra primera gloriosa vez.
Por eso, los dos tenemos partes iguales de culpa. Vos, por ser quién sos, no debieras haber permitido que me acercara. Yo, por ser quién soy, no tendría que haber permitido que pasara lo que pasó. Ahora voy a besar por última vez esos pechos, esas manos, voy a hundirme de nuevo en tu cabello, voy a explorar tu boca, voy a amarte como la primera vez, nuestros cuerpos se van a volver deseo a punto de explotar, a punto de llegar a otro mundo, a otra galaxia, al Cielo, a cualquier parte. ¿Sabes lo que dicen de las mellizas? Que a una siempre le sobra lo que a la otra le falta. Mi sueño, aunque no lo creas, sería tenerlas a las dos en esta cama, al mismo tiempo, obviamente. No me reproches los que vos llamas mis sucios pensamientos.
Y dejame que te diga, ¿por qué no me habré fijado en vos, antes de casarme con tu hermana?
©Juan Manuel Aragón

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