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Chito Martínez |
“Ahora que está vivo, aprovechemos que lo conocemos, que es amigo o pariente, y preguntémosle qué necesita, qué le anda pasado, cómo se siente”
Los homenajes son casi siempre para los muertos: el acto, la recordación, las sentidas palabras de los conocidos, de los amigos, de los parientes, de los que estudiaron su vida, de sus admiradores, las flores en su estatua y si no la tiene, en su monumento del cementerio. Si era importante le dedicarán una clase alusiva en las escuelas, si no era tan importante, quizás lo nombren en el acto a la hora de izar la bandera y si para la mayoría no significaba nada, en una de esas lo recuerden en el club, en una peña de amigos, en la familia o crepó hace tantos años que nadie le dedicará ni una breve remembranza.Así es la vida, amigos, somos polvo de olvido, del primero al último de todos nosotros, salvo que seamos Napoleón Bonaparte, José de San Martín, Albert Sabin. Pero sin guglear la respuesta, pocos saben qué día nació cada uno o cuántos años tenía cuando se murió. Es lógico, el tiempo va borrando nuestras evocaciones y cuando muramos nosotros ya no quedará quién recuerde esos pequeños detalles de la vida. En una de esas son los nuevos tiempos los que obligan a un acto de homenaje para no perder del todo la memoria de lo que fue el finado.Si algo ha hecho bien alguno en su vida, ya llegará el momento del merecido homenaje cuando esté muerto. Ahora que está vivo, aprovechemos que lo conocemos, que es amigo o pariente, y preguntémosle qué necesita, qué le anda pasado, cómo se siente. Capaz que necesita eso más que un momento de halagos aprendidos de memoria. En el acto varios estarán presentes más por los sanguches y el beberaje que se servirán gustosos al final del acto que por el homenajeado, su vida, obra y milagros.En sus últimos años, mi amigo, mentor y profesor de fotografía y de cosas de la vida, Jesús del Carmen Martínez, Chito, andaba mal económicamente, no tenía trabajo, vivía en una habitación casi sin puertas, al fondo de lo que todavía era su estudio fotográfico y comía salteado cuando los amigos lo invitábamos a una parrillada en el Vasco. Había sido el fotógrafo de varias generaciones de bandeños: tomó imágenes de una pareja casándose, en el bautismo de los hijos, en el cumpleaños de quince de la chica y cuando se casó ella también. En La Banda era más conocido que la Alhambra.
Entonces se me ocurrió gestionar ante las autoridades de la Municipalidad de La Banda, un homenaje sorpresa el día del Periodista. En un asado que se hizo en el club Olímpico, le entregaron un recordatorio y a los postres le indiqué que fuera a sentarse al lado del Intendente para que le tomen fotos y de paso le pegara el mangazo de un trabajo, por lo menos hasta salir de la mala racha.
De lejos observé que conversaba muy animado con el funcionario, iban y venían las sonrisas. Al rato largo se palmearon la espalda y volvió donde estábamos con otros amigos. A la salida le pregunté cómo le había ido. Estaba exultante: “Conoce cómo trabajo, está entusiasmado, dice que necesita gente como yo en toda la Municipalidad”. Le avisó, además, que lo esperaría en su despacho para ver qué le podía ofrecer. Un mes después, cuando se cansó de peregrinar al despacho porque “venga mañana”, “está en Santiago”, “no está”, “acaba de entrar a una reunión”, no fue más. Entonces me percaté de la inutilidad de los homenajes en vida.
Dicen que, en sus últimos tiempos, cuando a Carlos Carabajal, el gran músico bandeño, lo invitaban a un homenaje, aunque no se negaba, a los amigos y conocidos les decía: “Me van a dar otro papelito”. Para peor le pedían que fuera con la guitarra. Cuando a Atahualpa lo invitaban a cenar y le pedían que fuera con la guitarra, avisaba: “Pero ella no come asado”.
Al vivo, si es músico, contrátenlo para tocar, al escritor el mejor homenaje es comprarle el libro, no hacerle un acto, entregarle un papel, a veces sin enmarcar, porque sale caro, sacarse la foto y olvidarlo hasta el próximo año. Y pichulear el precio de las empanadas, comprar un vino así nomás y gaseosas de segunda marca.
Otra cosa más que tiene el homenaje en vida es que le están diciendo al que todavía no finó, algo así como: “Estás viejo, uno de estos días te vas a morir y como no queremos sentir culpa, mejor te hacemos un acto ahora y nos vamos desocupando”. Ese es, en definitiva, el sentido del agasajo. Es decir, una total y absoluta falta de respeto, amigos.
Por eso, digo, los homenajes son para los muertos, total ya no están, no saben si uno los recuerda o se olvidó de ellos más rápido que inmediatamente. Si quieren a uno, consideran que hizo mucho bien a la humanidad, a la Argentina, a la provincia, al barrio, al club de bochas, no lo homenajeen, más bien preguntenlén qué anda precisando y traten de darle el gusto. Ninguno va a decir que le hace falta un reconocimiento público por su abnegada labor en favor de nada.
Posta.
©Juan Manuel Aragón
La pandemia nos hizo reinventar al periodismo, especialmente en el deporte. Hice muchas notas y hay gente olvidada. Es bueno resaltar lo que hicieron y me encontré con muchas sorpresas y sobre todo, con mucha historia.
ResponderEliminarConsideró que los reconocimientos hay que hacerlos en vida, porque después sufre la familia.
Mi humilde opinión.
Asi es Juan, lo demás es puro cuent
ResponderEliminarMuy buen artículo, Juan. Del análisis, y del comentario del lector, concluyo que hay situaciones en las que es válido homenajear en vida a la gente que entregó su vida a una profesión con visión de servicio a la sociedad, y otras en las que también es válido hacerlo de manera póstuma, si las circunstancias así lo determinan.
ResponderEliminarHe sido testigo de varios homenajes que recibió mi padre en vida, y puedo decir que ese reconocimiento lo hizo muy feliz cada vez, y nos llenó de orgullo e inspiración a todos en su entorno.
Dicho esto, considero que el mayor homenaje y reconocimiento a figuras destacadas es el de la imitación por parte de todos los que han sido alcanzados por los beneficios de su entrega, y todos los que de alguna manera tuvieron conocimiento de ello. La imitación de buenos actos, por encima de la reverenciación no es práctica frecuente en nuestra sociedad. Por lo general tendemos a asignarnos el mérito de tener gente destacada (tuvimos a Borges, a Favaloro, a Maradona, a Fangio, a Monzón y a otros), en distintas circunstancias de nuestra historia, y siempre nos alcanza con vanagloriarnos de su pertenencia y sus logros, a los que hacemos nuestros por caracter transitivo. Pero dejamos de lado el aspecto más importante que hizo notables a esos personajes, que es el esfuerzo, la dedicación y la búsqueda permanente de excelencia aplicada a lo largo de su vida para lograr ser lo que fueron.
Pienso que a toda esa gente es preferible imitarla, más que homenajearla, para tener una Argentina mejor.
Sí estoy a favor del reconocimiento de logros, para categorizar las profesiones y oficios y a quienes las ejercen en beneficio de la sociedad. En ese sentodo he enviado cartas a colegios profesionales y a entidades civiles sugiriendo que se instituya un reconocimiento anual a un maestro, abogado, médico, ingeniero, plomero, cartero, etc. que se hubiera destacado en su medio. Hasta ahora no he tenido respuesta, así que por ahora habrá que seguir homenajeando a veteranos vivos y a respetables muertos.