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PENSAMIENTOS Misteriosa aurora

Imagen clásica

“Si estoy sentado mucho tiempo me canso, cuando estoy parado también, lo mismo si miro la pantalla de esta computadora en que tecleo ideas”


El insomnio va a ser el último culpable de que la Huesuda uno de estos días me halle en vela, escribiendo las tonterías todos los días. Algunas largas madrugadas me asaltan las noticias anticipadas del día en que daré el último suspiro para mandarme a mudar para siempre.
Estas noches lúgubres pienso en cosas de antes y termino sacando mil cuentas, entre ellas la resta fatal: lo que me queda en el carretel es menos de lo que ya largué. Hay lugares a los que no volveré nunca más, no por mí sino por ellos mismos, porque han dejado de existir, como esa huella que llevaba a San Miguel, en medio del monte, que fue borrada por un viento de olvido y desolación, un cruce de caminos que llamábamos la “Tuna Huajcha”, la casa de Andrés Melián, de la que ni los horcones quedan en pie.
Otros sitios siguen estando, pero faltan quienes les daban vida. Como la casa de la Marciana (Marciana Inés Melián se llamaba, casada con Ambrosio Bracamonte, gente buena que me honró con su amistad y su cariño), a quien, cuando fui a visitar la anteúltima vez, me anoticiaron —baldazo de agua helada— que se había muerto no sabían muy bien cuándo y tampoco estaban muy bien enterados de quién había sido.
Entonces me acuerdo de que yo tampoco soy el que era, ni trazas tengo: las bisagras me hacen ruido al levantarme, al enfocar los faroles cada vez distingo menos las letras, en medio de un mar de pescaditos que dan vueltas por la vista, ando cada día con el vértigo de que quizás sea el último y los pelos de la cabeza se han puesto blancos como alpargata i´pintor. Entonces llego a la conclusión obvia, ¿no?: son los años, que nos empiezan a dejar solos y mal avenidos con lo que va quedando.
Y el cansancio que trae cada jornada. Eso que por recomendación del médico camino a paso de marcha ligera una hora por día, salvo cuando hay fiestas de guardar y hago gimnasia en unos aparatos que han instalado en el parque. Si estoy sentado mucho tiempo me canso, cuando estoy parado también, lo mismo si miro la pantalla de esta computadora en que tecleo ideas.
Cuando la noche me halla durmiendo de un lado, tengo que cambiar para el otro porque duelen los aplastados huesos, unos contra el resto y muchas veces, en la vigilia de los ojos cerrados sueño con mundos que no han de volver.
Celoso de la luz que he encendido en la salita en que escribo, el gallo del vecino empieza a cantar desesperado, confundiendo al resto de la cuadra sobre la hora que es. Miro el reloj, las cuatro de la madrugada han dado y sereno. Hace algo de frío también, aunque no tanto como el que le corresponde a junio (ya ni eso tenemos, carajo).
Dentro de un rato he de bañarme para salir rumbo al centro a buscar un café que me haga tener la vela otro día más pasado de largo. La aurora corre por la vereda, misteriosa como sólo ella sabe andar. Y yo escribiendo, condena de siempre.
©Juan Manuel Aragón

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