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CATITA Pica, pica tu caballito moro

Catita

Qué pasó el día que le enseñamos a una catita a recitar un sencillo poema y al escaparse se lo enseñó al resto de la nidada

Le enseñamos a recitar “pica, pica, tu caballito moro, que no te cornie el toro”, el mismo verso que enseñaba la finada tía Sara a Lorenzo. Al principio, cuando era chiquita creímos que no aprendería. Al tiempo gritaba “¡mamá!”, con la voz de Jorgito, que era a quien sentía durante el día. Pero igual, cuando volvíamos de la escuela le insistíamos. Tanto, que un día se lo aprendió. A veces se equivocaba y decía “pica, pica tu ¡mamá! caballito moro”, pero después ya lo sabía completo.
Empezamos a planear su libertad para que todas las catitas del pago dijeran lo mismo. Imaginábamos las bandadas poblando la siesta, en los eucaliptos del patio de casa, en vez de andar chillando tonterías, recitar el Pica-pica, como le llamábamos a aquella poesía. Imaginábamos el susto de mamá, cuando la llamaran del algarrobo al eucalipto, no sabría para dónde agarrar.
Si teníamos suerte, al cabo de unos años, todas dirían el versito mientras revoloteaban sobre campos sembrados de maíz o anidaban en las altas ramas de los quebrachos altos. Dicen que también hay en los Estados Unidos, ¿se imaginan la sorpresa de los gringos cuando oyeran a las catitas recitando en español? Quizás lo hicieran al unísono, una bandada o muchas o todas, diciendo la misma estrofa.
Ese verano le hablamos sobre el proyecto al abuelo. Se lamentó porque no se le había ocurrido a él, pero en vez de ese poema, prefería que supieran algo más más hermoso, más musical, como la famosa Sonatina de Rubén Darío. Nos hizo dudar. Empezamos a enseñarle “La princesa está triste”, cuando advertimos que sería trabajo arduo porque cada dos por tres se trabucaba, en cambio ya se sabía de memoria el Pica-pica.
Creímos que, si desde el principio nos hubieran avisado que había que enseñarle versos más largos, quizás hubiéramos encarado con el Martín Fierro. Llegamos a considerar la posibilidad de que la de casa dijeran la parte del Negro en la payada y la del vecino respondiera con la del Martín Fierro. Hasta se hablaría de una nueva especie, las catitas gauchescas. Ya las veíamos vestidas de botas, bombachas, pañuelo al cuello, sombrero aludo, guitarra en mano, largándose con: “Aquí me pongo a cantar”, y terminar cinco horas después.
Nuestro universo se comenzó a derrumbar una tarde que alguien dejó abierta la puerta de la jaulita de alambre, quizás fuera mi mamá, harta de que, de lo único que hablábamos era del poema aquel.
Al principio creíamos que les debía estar enseñando a las hermanas el versito que se sabía de memoria. Uno día de estos iban a salir del nido a llevar el mensaje por todos lados. Sabíamos que lo que lanzamos era una especie de barrilete al viento del barrio. Era posible que el mensaje se expandiera por la provincia, por la Argentina y luego, quién sabe, ¿no?

Terminado el verano no oímos a ninguna recitando, seguían en lo suyo, como siempre. Pero entre la gritería de la nidada, estábamos seguros de que había una que se sabía cierta poesía, simple pero muy eufónica, quizás hasta nos recordaba con cariño, porque para hacerla aprender más rápido le dimos pan embebido en vino, como nos habían indicado. Nos consolamos pensando en que tal vez había intentado enseñarles a sus hermanas y que en una de esas la hubieran aprendido de memoria. Quizás el Pica-pica sigue pasando de boca en boca (de pico en pico en realidad), como un secreto de cierta familia, que recuerda los tiempos del cautiverio de un antepasado lejano.
Pero por el momento las malditas prefieren seguir hablando en prosa.
Que no es poca cosa.
Juan Manuel Aragón
A 30 de marzo del 2024, en el parque Aguirre, sector Cheto´s. Comiendo un lomito.
©Ramírez de Velasco

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