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Tumba del bandido en el cementerio del Norte |
En 1923 la policía bajó a balazos a un peligroso delincuente que, después de muerto se convertiría en santo popular
El 13 de enero de 1923 murió Andrés Bazán Frías, en Tucumán. Fue un bandido abatido a balazos por la policía. Con el tiempo se convirtió en un mito popular en el santo popular quizás más importante de la provincia, “el Robin Hood tucumano”. Nació y vivió en “Los siete lotes”, barrio pobre de San Miguel de Tucumán. Era hijo de Juan Bazán, policía, y de Aurora Frías, que le inculcó el catolicismo. Trabajó como yesero y después como mozo en la confitería Petit Pensión, frecuentada por artistas de un teatro cercano. Se afilió al sindicato y dicen que ahí se hizo anarquista.Su primera entrada a la policía fue el 24 de diciembre de 1915. Unos dicen que peleó durante un festejo con un vecino, Toribio Estrada, y después apuñaló a otro. Otros sostienen que defendió a un cliente atacado a trompadas por varias personas, mientras estaba trabajando en la confitería. Pero hay quienes afirman que mató a un cochero instigado por una mujer.En 1919 su nombre apareció en el periódico El Orden: lo detuvo la policía por molestar a una mujer, por lo cual fue condenado a tres años de cárcel. En el juicio fue defendido por el abogado Alberto Aybar Augier, que era en ese momento presidente de la Cámara de Senadores provincial. Dos años después fue indultado. Para entonces ya era el principal colaborador de Martín Leiva, a quien se acusaba de haber matado el 15 de marzo de 1921 en Concepción al político Estanislao Uraga.
Según Carlos Páez de la Torre, en 1921 mató al oficial de policía Segundo Pascual Figueroa, delito que apareció en los diarios sin individualización de autores, si bien figura en el prontuario de Leiva, que fue detenido igual que Bazán.
Estuvo preso en la cárcel de Sarmiento y 25 de Mayo de Tucumán, y el 29 de septiembre de 1922 escaparon con Leiva, armados de revólveres con los que abrieron fuego contra los guardias, matando al oficial del cuerpo de bomberos Ramón Saldaño de un balazo. Leiva fue atrapado. El periódico El Orden atribuyó el homicidio a Bazán, y La Gaceta dijo que había sido Leiva.
El 13 de enero de 1923, mientras estaba escondido con otros dos maleantes en una pequeña casa cerca de Mate de Luna y Alem, fueron rodeados por la policía. Bazán abrió la puerta bruscamente y salió corriendo por el parque Avellaneda, seguido de cerca por sus perseguidores a caballo. Mientras intentaba trepar al paredón que rodea el Cementerio del Oeste, recibió varios disparos que lo mataron. En sus bolsillos llevaba un crucifijo, una medalla y un escapulario (era devoto del Sagrado Corazón de Jesús), 50 centavos, una copia de su orden de captura y varias ganzúas.
Fue velado en el Cementerio del Norte por su padre, que puso velas alrededor del cuerpo. Dice la leyenda que no saltó el paredón cuando escapaba porque vio en el cementerio el alma del policía que había matado.
De a poco la imaginación popular cambió el recuerdo de su vida hasta convertirlo en un hombre bueno que se volvió delincuente perseguido por la "mala policía" de aquel tiempo. Su prontuario no se conserva, pues estaba entre los que el jefe de policía Mario Alberto Mazza colocó junto a los de notables delincuentes de su época en una fogata, y fue así que se transformó en el santo popular más importante de Tucumán.
Su tumba tiene en la cabecera un monolito con una cruz de hierro, lo cubren placas, flores, fotos de los promesantes, rosarios, cintas, imágenes de santos y crucifijos, entre otros objetos.
En 1958 Álvaro Gutiérrez escribió el radioteatro Bazán Frías, que pasó LV12 hasta que fue interrumpido por considerarse que hacía apología del delito.
Tomás Eloy Martínez escribió un guion sobre su vida que luego se transformó en un mediometraje de 30 minutos, e hizo un cuento que se publicó en La Gaceta en el 2006.Mary Guardia escribió la novela De fornicarios, bandoleros y figuras, publicada en el 2007, en la que recrea su vida y su relación con Elena en base a historias transmitidas oralmente.
En el 2019 se estrenó la película Bazán Frías, elogio del crimen, dirigida por Lucas García Melo y Juan Mascaró. Los organizadores de la cinta armaron un taller de actuación en el viejo comedor del penal, y grabaron algunas escenas: para otras usaban las locaciones previstas. La relación fue buena con los internos y desde el inicio les gustó la idea de participar en la película, por lo que tuvieron mucha participación y entrega.
Mascaró contó que tres internos que participaron en la película murieron antes de su estreno. Moisés Amaya salió de la cárcel y un año después lo mataron a tiros en la puerta de su casa; otro interno, David, murió quemado en el penal, y un tercero, Matías Pereyra, que hizo de Leiva, después de denunciar la preparación de un motín por las redes sociales fue quemado en su celda; estuvo tres meses en coma y un año después se suicidó.
©Juan Manel Aragón
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