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ANTIGUALLAS La Isla de los Guayacanes

Quimil en flor

No queríamos perder el atardecer poniéndose detrás del algarrobo ni el silbo de la perdiz ni la algarabía de las catitas


Algún día contaré a mis hijos que he caminado debajo de un bosque que le llamábamos la Isla de los Guayacanes y que a su leve sombra descubrí una frescura diferente durante el verano. Recordaré también que anduve por picadas de viejos carros que venían traqueteando, trayendo leña, una carga de postes y a veces hasta una familia entera, con camas, espejos, abuelos, nietos y hasta perros, cuando había que mudarse a Tucumán para el invierno.
—Hijos, ¿ven todo ese sembrado, con hileras parejitas y aburridas de soja? Bueno, antes era un bosque desordenado pero auténtico. Lo que ahora siembra el hombre, hasta hace unos años nomás lo hacían los pájaros, las vacas, el viento, el agua, la propia naturaleza. Esa desolación color verde dólar durante algún tiempo fue la casa de tu madre, de tus abuelos, los padres de tus abuelos y sus padres también.
En los tiempos de antes, la selva santiagueña era un manual, a cielo abierto, de equilibrio de fuerzas contrarias y creadoras. Las plantas daban de comer a las abejas, que a su vez polinizaban las flores haciendo que el ciclo de la vida nunca se acabara. A veces los hombres sacábamos la miel de palo o de la bala, sólo para comerla y convidarle a los vecinos. La corzuela crecía sin alambrados que la atajen y si a veces le apagábamos un tiro era porque escaseaba la carne o la plata para comprarla.
Los mismos o parecidos defoliantes que se experimentaron en alguna guerra no muy lejana para dejar sin árboles el bosque y ver a los enemigos que se escondían a su sombra, hoy se usan en la Argentina para evitar que cualquier yuyo vaya a dañar lo que será forraje para los chanchos de la China, la India, no sé, del otro lado del mundo.
También les explicaré:
—Los mosquitos han venido a la ciudad porque ya no tienen dónde vivir, igual que esa langosta gigante que una vez entró en la cocina o el ataja camino que apareció en el patio. No vaya a ser cosa, hijos, que uno de estos días, nos fumiguen con glifosato sin avisarnos siquiera, como hacen ahora con el pájaro carpintero, el chancho del monte, el algarrobo, el crespín, la charata, el palo azul, el quimil, el hualu, la torcaza o lo que se les pone adelante.
Les contaré que las topadoras, los tractores, los enormes arados, las fabulosas rastras, la luz eléctrica, la televisión, el gas en garrafa eran parte de un progreso interminable que venía para quedarse y ser parte de nosotros. No queríamos perder el atardecer poniéndose detrás del algarrobo ni el silbo de la perdiz ni la algarabía de las catitas, pero nos dijeron que se veían mejor en pantalla gigante, pagando un módico abono mensual para ver cocodrilos, elefantes, leones, delfines, y nos dejamos convencer.
No hijos, no extraño la pobreza, ni las patas en el suelo ni a la abuela acarreando agua ni el guiso de fideo ayer, hoy, mañana, pasado y traspasado mañana también. Pero tampoco es que teníamos una razón de ser de lo que valían las cositas que hacíamos, las colchas de la abuela, el queso de cabra, el cabo de rebenque, el torzal de los terneros, el poste labrado, la trampa de palomas, la honda, la sopa de amchi. Nos dijeron que eran cosas de antes, no las necesitaríamos en la casa del barrio, en el pueblo. Aquello era la civilización, nos instruían, y les creímos.
No nos cambiaron solamente el lugar, nos suprimieron el rumbo anterior, ya no valía la pena trabajar por la chacra, criar gallinas, buscar los huevos, encerrar las cabras, dar agua a la mula o sacar leche a las vacas, porque todo había en el almacén. Ahora, al fin seríamos productivos, decían, dejaríamos atrás la gris dejadez de los criollos, nos avisaban, tendríamos más oportunidades, nos anunciaban.
Bueno, todo eso les voy a contar un día de estos, cuando se les descomponga el celular o se corte la luz y no tengan cómo ver televisión o se sienten a la mesa alguna hora del día a comer en familia, como era enantes, cuando la palabra progreso era desconocida por aquí y éramos infelices con un charquito de poco, no nadando en la abundancia ajena, como viven ahora.
Báh, digo. Pero capaz que usté tiene otra idea.
©Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. Todavía hay un montón de lugares en las provincias donde se puede tener esa vida. El que prefiera puede dejar la ciudad y trasladarse a esos lugares, para disfrutar de la labor manual criando animales y cultivando su parcela para la subsistencia diaria, desde las 5:00 AM hasta la oración.
    De paso disfrutará de mandar a los hijos a una escuelita de campo y hacerse atender en una salita de primeros auxilios los días que llega el médico desde la ciudad,
    No parece ser muy atractiva la opción para quienes viven en el campo en esa condición, porque ni el quesillo, ni la miel de chilalo, ni arrear las cabras, ordeñar las vacas, y alimentar los chanchos les resulta tan atractivo como para no venirse a la ciudad.

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  2. Hace unos años ,asistí a la tesis de mi ahijada en la U.N.T sobre el rifosato y todos los sustitutos naturales que se pueden utilizar.Con esa tesis se recibía de biotecnologa.Todavía pienso ,cuantas investigaciones duermen en espacios muertos de nuestras universidades...

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