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NOVELA Final inesperado

Imagen de ilustración

Han asesinado a un hombre en la calle Juncal y el autor va mostrando los distintos hilos que conducirán al autor del crimen


La novela "Asesinato en Santiago" empieza con la muerte de un hombre en una vieja casona de la calle Juncal por la que usted ha pasado muchas veces, pero nunca la miró con atención porque su frene no dice nada, es parecido al de sus vecinos. Han matado a un viejo millonario, solterón, sin hijos a la vista, que vivía la única compañía de un perrito faldero y al que visitaba una vez a la semana, una chica que iba a limpiar los pisos, ordenar las habitaciones, regar las plantas, lavar los cacharros de la cocina, planchar la ropa.
Cuando lo hallan, tirado en la cocina, tiene un cuchillo de cocina hundido hasta el mango, en el medio del pecho, la ropa está intacta y al parecer no se ha defendido, no hay signos de lucha ni nada desacomodado. Se lo clavaron una sola vez, limpiamente y no tiene heridas en otras partes del cuerpo.
La policía averigua a los vecinos, pero coinciden en que ese día no observaron nada raro en la casa ni en las cercanías. Meten presa a la chica que limpiaba, Haydée, dijo que se llamaba. Siempre elijen a la empleada doméstica como primera sospechosa, como que cae de cajón, en las novelas inglesas es el mayordomo, aquí siempre es la chica que limpia la culpable. Luego de un interrogatorio eficaz, comprueban que nada tuvo que ver y la dejan en libertad. Dijo que no sabía que había muerto su patrón, se mostró sorprendida y en ningún momento los policías observaron los típicos gestos que denuncian a los que mienten o los hábiles declarantes, que suelen enfrentar.
Mientras, los sobrinos del occiso, únicos herederos de una fortuna “un poco más que modesta”, según dijo una crónica del diario, se reúnen, y de la conversación, surge que ha sido uno de ellos. Son cuatro primos entre sí y cada uno desconfía del que tiene al lado o enfrente. Todos han tenido quizás sobrados motivos para matarlo. Uno fue criado por el muerto y sometido, quien lo sometió a un régimen de semi esclavitud durante su niñez. Otra, supuesta hija de un hermano, tiene fundadas sospechas para pensar que en realidad es hija del muerto, pero por amor a la madre fallecida no se hará el examen necesario para averiguarlo ni aún ahora, cuando podría obtener beneficios económicos. Otro más, el tarambana de la familia siempre codició su riqueza y tiene comprometido con prestamistas hasta el perdónanos nuestras deudas. El restante tiene más dinero que el finado y los otros tres juntos; una gran pelea por motivos que sólo ellos conocían lo había enfrentado con el muerto hacía varios años.
Luego de una discusión acalorada y al observar que la policía cerrará el caso como tantos otros que se le escaparon como arena entre las manos, deciden contratar un detective para resolver el caso. Si uno de ellos es el culpable, los otros recibirán un cuarto más de la herencia.
El detective recorre la casa, a la que el autor de la novela llama “el lugar de los hechos”. Sus observaciones lo llevan a reconstruir la vida del viejo. Tomaba pastillas para el colesterol, y comía frugalmente con poca carne roja en el menú. Vivía de una jubilación de privilegio, obtenida luego de ser concejal de la ciudad y media docena de propiedades distribuidas en la ciudad, le daban una renta considerable. Además, se rumoreaba que había ganado la lotería hacía varios años, por lo que se dedicaba a la lectura, alguno que otro viaje al exterior y las reuniones diarias con un grupo de amigos en un bar de la plaza Libertad.
Ciertas anotaciones en una libretita negra llevan al “Sherlock Holmes” de este caso, a deducir que, de vez en cuando, era visitado por cierta señorita, vecina de la calle Juncal, una mujer de las que no se espera fidelidad ni apego. Cuando la entrevista, ella se hace la de no conocerlo más que de vista. Pero le muestra una anotación en el cuadernito y una fotografía de ambos, melosos y en una playa, posiblemente Mar del Plata y termina por aceptar que sí, que a veces “salían juntos”. Pero ese día estuvo en La Banda, en la casa de una amiga que luego corrobora punto por punto su historia.
Los sobrinos discuten acerca de viejas peleas y chismes que saben de oídas. Hay rencores viejos y sin resolver en esa familia, disputas sobre unos terrenos en el barrio Libertad, acusaciones de pirateos de casas que fueron de los abuelos y que los padres se disputaron con uñas, dientes y abogados matreros que se terminaron quedando con más de la mitad de sus bienes. Todos son casi de la misma edad y también tienen malos recuerdos de sus encuentros, durante las fiestas de fin de año, cuando eran niños y se habían burla o jugaban más que bruscamente entre ellos.

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A esas desavenencias se suma ahora el tío muerto y la constatación de que, en cierta manera todos estuvieron esperando que muriera para heredarlo. Se nota como que ensayaron muchas veces el discurso para cuando estuvieran reunidos, luego del funeral, con el rostro triste y el corazón alegre porque, por fin, algunos de sus problemas económicos tendrían solución.
Sin embargo, aguardaban que el desenlace fuera más adelante porque el finado no era tan veterano, de 59 años y, por lo que sabían, con una salud de fierro, pero ya que estaban, no lo lamentarían mucho, agarrarían lo que pudieran y lo olvidarían más rápido que piña de loco.
Si bien los herederos son primos, ahora se observan como quien mira a un desconocido, el enfrentamiento por la muerte del pariente ha ido aumentando el odio que se profesan mutuamente.
Mientras, el detective los espía sin que se den cuenta: observó qué hizo cada uno el día que murió el viejo, cómo vivía. Le han dicho clarito: si descubre que uno de ellos tuvo que ver con la muerte del pariente no debe dudar en denunciarlo, el resto se lo agradecerá con una parte de las ganancias.
Son hondos los vericuetos del alma humana, hay desconocidos laberintos con los que cualquiera podría identificarse. Hay muertes que entristecen, otras que quizás dejan indiferente a sus parientes y conocidos, pero algunas, aunque no se crea, alegran a muchos porque ese terrible acontecimiento puede llegar a ser la solución de sus problemas.
La novela se lee rápido, no tiene demasiado ripio ni florituras, se nota que va derecho al final, cuando se descubrirá quién es el autor del crimen, me imagino.
Porque recién voy por la mitad.
©Juan Manuel Aragón
A 16 de octubre del 2023, en la San Martín y Canal. Buscando lombrices para challuar

 

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