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CUENTO Mientras pasa el otoño

Gilda Roldán

Que narra lo que sucedió una vez cuando estaba visitando a Gilda Roldán en la librería Dimensión

La emoción recorre mis recuerdos cuando rememoro aquella tarde en que una mujer eligió mi libro entre cientos de otros textos de la recordada librería Dimensión, de Gilda Roldán. Como había hecho muchas veces en mi vida, esa tarde visité a Gilda, dueña de la librería más antigua de Santiago, no solamente por ella, por compartir un café, sino porque allí solían caer también, algunos de los más grandes intelectuales y literatos de la ciudad, para conversar un rato, hablar de cosas de la vida, preguntarles por la familia, en fin.
Esa tarde estaba sola. Era el tiempo en que la librería quedaba en el Tabycast, entrando por la Independencia, a mano derecha, al final, enfrente de uno que vendía ropa interior para mujeres y según creo recordar, era un baboso atroz.
En eso estábamos, en plena charla, cuando llegó una mujer que llevaba de la mano a un niño de unos 10 años más o menos. Preguntó si la dejaban ver los libros y se puso a revisar los estantes. Distraído, no miré más a la mujer. Hasta que Gilda me hizo señas con los ojos para que la observara.
La señora aquella estaba hojeando mi obra. ¡Tenía en sus manos el único libro que había publicado hasta entonces, “Platita”, cuya venta, obviamente y como corresponde, fue un total fracaso editorial!
Miré en qué página andaba y calculé qué cuento estaría leyendo. Observaba embelesado su rostro, a ver si notaba alguna reacción, si se le despertaba algún sentimiento. Experimenté en ese momento la agradable, dulce y extraordinaria sensación de saberme un escritor, no solamente con obra impresa sino también leído y apreciado. Qué maravilla.
Me ilusioné pensando en que quizás aquella mujer quisiera comprar mi libro, en una de esas preguntaría sobre su autor y Gilda le diría que casualmente era yo. En una de esas hasta me pediría una dedicatoria, que aceptaría escribir gustoso. Hasta pensé en una: “Para Fulana de Tal, con estima” y mi firma. Después pensé que no era para nada original, entonces pensé en agregarle: “Mientras pasa el otoño de 1997”, poético, seguro de mí mismo, un Mario Vargas Llosa cualquiera. No oía lo que decía Gilda, que seguía conversando conmigo, sin percatarse en la multitud de sentimientos que se habían producido en mi alma en ese instante. Es que ella estaba acostumbrada tal vez a que esas casualidades se dieran en su negocio.
Ah, qué momento mágico.
De repente, el niño que estaba con la señora dijo: “Mamá, vamos, ha dejado de llover”. La mujer entonces tiró el libro sobre el mostrador y, sin despedirse, marchó con el niño siguiéndola por detrás.
Tengo el momento grabado a fuego en mi corazón. Está bien, usted dirá que la historia no terminó bien. Pero, una vez una lectora ocasional pasó sus ojos por el fragmento de un cuento que redacté.
Piense lo que quiera, amigo, pero nadie nunca me quitará lo bailado.
Juan Manuel Aragón
A 31 de mayo del 2024, en El Zanjón. Tironeando un chúcaro.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Más allá de tú rica y bienvenida historia, hoy, haces pie en una emblemáticaa mujer. Gilda, extraordinaria amiga y solidaria de todo aquello qué cura el alma; marcó a muchos con su atención, me cuento entré ellos y siempre estuve agradecido.

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  2. Buen día. Soy Pilpinto Santos y quiero sentir esa sensación que ud lo vivió, es por eso que respondo a sus escrituras pensando quizás que algún ínclito de sus lectores o ud mismo pueda algún día responder . La verdad no se si leerán mis torpezas o macanas , pero no se olviden que todos estamos creados por macanas . Ud sabe lo que sería para mi que un docto de sus lectores me lo leyera y me responda algo ? Estoy seguro que no se arrepentiría.

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  3. Entiendo lo del torbellino en el alma. Eso es común como en el señor Pilpinto. En mis tiempos jóvenes quise escribir también. No me aprobaron los mayores. Luego aburrí a los hijos y luego a los nietos. Imagínese si hubiera escrito un libro don Juan. Le saludo con afecto

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