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POESÍA María Adela Agudo

Luna en el río Dulce, de Rodolfo Soria

El siguiente texto fue extraído de la Antología de poetas santiagueños y parte del estudio que justifica la selección de esta autora

Por Alfonso Nassif
“¿De dónde viene esta tristeza grandiosa que traspone lo épico y lo trágico, puesto que ya no protesta ni maldice, ni se desespera, ni renuncia, ni se queja, sino que canta y canta?”
Así saludó María Adela Agudo al libro de poemas de Cristóforo Juárez Relejos del salitral, con un profundo interrogante que venía para ella desde la “napa hondísima de los mitos” hasta el alma del hombre de su tierra y se convertía en canto.
Su pregunta estaba destinada a todo el pasado y Cristóforo Juárez respondía a ese pasado con su autenticidad, con algo íntimo que tenía el estremecimiento de la verdad que se resistía a morir irremediablemente en las sombras.
No era fácil descifrar el pasado, pero estaba presente su esencia vívida a través de la copla, raíz y flecha, en un viaje mensajero con el espíritu del ancestro. Había que captar en algún relámpago su mirada esclarecedora.
María Adela Agudo ya venía buscando la senda por donde divisar entre las tinieblas remotas y se fue apoderando de ella la idea de buscar lo auténtico y ajustarlo a un ritmo que respondiendo a su esencia, constituyan sus poemas.
Otros poetas estaban en la misma búsqueda; admiró en Cristóforo Juárez la autenticidad, en Héctor Argañarás el ritmo y en Luis S. Manzione la profundidad de los rasgos y así en otros, pues sabía que cada poeta siempre está, al menos, próximo a su verdad.
El ritmo poético se amalgamaba a la danza y María Adela Agudo admiraba los bailes regionales y seguía con avidez el movimiento de los pies en cada paso, el donaire y la alegría. Y escribió:
Zamba:
palomar de seda
sus dos palomas claras
en el aire vuelan.
La zamba tiembla
tal las noches pulidas
de las estepas
cuando se duermen finas
las polvaredas.

Ninguno de estos ritmos desecharía después cuando el arte la llevó a crear sus poemas mayores; incluso en el “Canto a Sigfrido” se sostiene el ritmo que juega entre la danza y la fuga de su propio espíritu.
Trompeta de fuertes rumores, música ensimismada,
Sigfrido, nombre de hielo, hermoso y muerto.

La distribución silábica y los acentos aseguran un ritmo fluido que podemos encontrarlo en nuestra música.
Situó la mayoría de sus poemas iniciales en el paisaje agreste; fueron sus primeros personajes poéticos los instrumentos musicales: la caja, la guitarra y nuestras danzas: el malambo, la zamba, la vidala, temas rítmicos que ya habían intentado otros autores anteriormente. Estos personajes cobran vida como si fueran seres que pueblan nuestra tierra y para todos, un ritmo ajustado a su expresión anímica, forjando nuevas figuras poéticas para expresar su pensamiento.
En el poema “La caja”:
La ternura del cielo
los golpes cala
y el terrón doliente de los parches
se resquebraja.

Nótese el tiempo del ritmo y la figura que le acompaña. Pueden cantarse con música de vidala las dos primeras estrofas, no así las otras dos que le siguen, es que ella no quería hacer una vidala, no era únicamente lo folclórico, sino descubrir a través del folclore la esencia y trasvasar su napa hondísima al misterio de la creación, sin explicar ni alterar nada, solamente expresar, responder con su mensaje, porque la creación de María Adela Agudo es la respuesta a un mensaje que viene y también es la voz que grita para que el mensaje continúe.
La música, la danza, la copla el paisaje –en fin- el pasado en su auténtica vigencia debían ser vigorizados ante la presencia poética del máximo personaje de la tierra: el hombre. María Adela Agudo para nombrar al hombre de su tierra sale de todos los cánones poéticos anteriores y va camino hacia la glorificación del poema.
En “Canto al hombre del bosque” define al hombre como un “árbol nómade” que escucha de la tierra:
Anuncios y revelaciones
mientras que bejucos y helechos de leyendas
os unían las manos y los sueños.

El rezo, el misterio ante esos anuncios y revelaciones, para ella el ahora y el después.
Había hundido las raíces
hasta tocar la napa hondísima de los mitos.

No le faltó videncia, ni la búsqueda poética por lo metafísico, siempre resplandece una audaz metamorfosis de dioses y hombres que juegan a la eternidad desde su palabra imperceptiblemente religiosa.
La tradición secular santiagueña sustentada en su religiosidad no ha influido en los poetas que escaparon de una poesía mística y cuando llegaron a los umbrales de las creencias han sido más bien semi paganas sin sondear en la muerte.
Por un extraño designio María Adela Agudo no tuvo presente vital ni especuló con el futuro para su obra.
No vivió el presente, su verbo es el pasado aún en un potencial imposible del final del “Canto a Sigfrido”.
Si resucitaras entre rocas construiríamos torres
y no irías de pieles ni de combates vestido.

La soledad fundó los claros túneles de su idioma poético y su poesía se vuelve así existencial con sórdido dinamismo de imposible movilidad por estar situado en el pasado. Es extraño, que casi sin elementos, la poesía pueda revelarse con tanta lucidez y dulzura intensa.
No hay crítica directa a la sociedad, no existen conceptos altisonantes, no tienta una explicación, y esta creación, es una época del hombre y corresponde a una manera de vivir, no es respuesta ni interrogante, es sólo poesía que se acomoda en lo estrecho de la sociedad y cala bien hondo en la existencia.
María Adela Agudo no tuvo otra ayuda que su propia vida; para escribir sus últimos poemas no quiso ni acudir al mundo, es como si los hubiera escrito dentro de sí y que por una extraña refracción han visto la luz y se han situado a pleno mediodía. Tenía su propio diccionario del encantamiento, es porque ella vivía a pleno martirio la magia dolida del poema. Su transmutación es un milagro, su voz quiere perderse y se recobra a sí misma en el aire y gime.
Me dejas delirando siemprevivas”.
“Como están llenos de lumbre
y júbilo tus brazos.

No nombraba, ni enfatizaba en gritos sonoros, era parte del encantamiento la sangre de su existencia poética que salía a raudales en su inclemencia. Descubrió su manera de vivir en el papel y se retrataba en cada palabra que perforaba su piel para volver de nuevo a asumir su existencia. Ése era su destino, su religión, su filosofía: vivir y morir de poesía. Lo demás es una desventura existencial, de aturdimiento y tránsito.
Ningún ser fantástico puebla su poesía, ninguna orgullosa dedicatoria, nada más que humildad y espera, espera del amor que atisba en su mundo. Solamente ahí creó un símbolo: “El nido”, en él estaba reunida la existencia, la pareja, los pichones, los trinos, la rama en flor, toda una felicidad, por eso nombra al nido en casi todos sus poemas mayores, en “Dolor” exclama:
Al marchar te llevaste con el ramo florido
el plumón, el gorjeo, la pareja y el nido.

La realidad existencial es tangible desde el estremecimiento hasta la alucinación. Todo está tocado por la obsesión creadora hasta un clímax de vértigo. La realidad es la vertebración máxima de su poética: la síntesis la posibilita y la suaviza enmarcándola en una depuración estilística.
Su poética no está exenta de sentencias, de axiomas:
Qué breve es el bullicio
la sonrisa que llena el ditirambo.

Indudablemente, es mucho cuanto se puede decir de María Adela Agudo en demostración de que su poética es auténticamente santiagueña y que en realidad Santiago tiene rasgos poéticos que lo definen.
Pero podríamos preguntarnos si realmente puede existir una poesía santiagueña. Se puede reconocer a un autor aún sin su firma, por el estilo, el lenguaje, el ritmo, pero no se podría decir esta es una poesía santiagueña, salvo por la temática regionalista, sin embargo hay infinidad de poetas que han escrito sobre Santiago.
No obstante, con la lectura de algunos poemas de poetas anteriores, reconocemos como María Adela Agudo buscó una poesía santiagueña que hoy nos permite avizorar direcciones que tal vez nos hubiera sido difícil interpretar.
Compárese los “Malambos” de Abregú Virreyra y Cristóforo Juárez con el poema “Malambo” de María Adela Agudo. Ocurre lo mismo con “Zamba”, de Héctor D. Argañarás.
Se puede continuar el estudio comparativo con otros poetas para demostrar este entrañable buceo en busca de una forma y un lenguaje apropiado a nuestra lírica, pero sería una innecesaria acumulación de poemas, todos ellos de corte tradicional y temática regionalista.

Así escribía
María Adela Agudo
Zamba
Zamba:
palomar de seda,
sus dos palomas claras
en el aire vuelan.

Zamba:
arca de estrellas
guardadas en las arpas
y en las guitarras viejas.

Surtidor que nos falta
el de tus flores frescas:
el jazminero canta
trina la madreselva.

Ronda de la media vuelta
ronda de la vuelta entera
una alameda blanca
y una blanca arboleda.

La zamba tiembla
tal las noches pulidas
de las estepas
cuando se duermen finas
las polvaredas.

Mañana lenta.
Ala de plata.
Señorona y bella
la danza danza.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Qué envidia poder escribir así, con ese dominio del vocabulario y con las figuras literarias exactas para expresar el sentimiento del autor y ayudar a armar la imagen de lo expresado al lector.
    Me queda el pobre consuelo de suponer que
    María Adela Agudo no sabía diseñar puentes.
    "A chacun son métier".
    Me impactó el verso con que inicia la nota. Es como si nos pintara al detalle a los santiagueños.

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